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El
grafógrafo
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La número cien
Asistimos,
con asombro, al milagro de una publicación periódica
que llega a su número cien, y si al número mágico
se suma el que es una revista dedicada a la cultura, y a su vez
especializada en Artes Escénicas, ya podrían pensarse
en nuevas formas de la fe.
Son las revistas uno de los últimos reductos de la prensa
en los que puede generarse al mismo tiempo pensamiento y periodismo
integral. Antonio Gramsci lo definía como un periodismo que
no sólo trata de satisfacer las necesidades de su público,
sino que se esfuerza por crear y desarrollar esas necesidades y
estimular, en un cierto sentido, a sus lectores, y aumentar su número
progresivamente. Para ello, debe existir como punto de partida un
núcleo cultural con un discurso común, vinculados
a la pasión por la creación. Sobre esa agrupación
una revista puede apoyarse para construir un edificio cultural completo
que, en el caso de Artez, pueda afrontar toda suerte de situaciones
y mantenerse coherentemente en su andadura.
Vivimos en el territorio del vértigo, en que lo científico
y lo tecnológico, se ha convertido en un referente fundamental,
hasta el punto de asistir a más innovaciones tecnológicas
que en toda la historia precedente. Por ello, la apropiación
de los nuevos medios y su vinculación a esos espacios para
la imaginación, la creación, el placer estético,
la reflexión, la crítica y la memoria, siempre han
tenido como protagonista al ser humano.
Las revistas, aparte de posibilitar la transmisión y circulación
de ideas estéticas, de ser vehículos de promoción
y consolidación de grupos culturales, de exploración,
innovación y trasgresión, han concretizado la acción
de quienes creen en la movilidad de estos, un logro-desarrollo compartido.
En la actualidad, a las revistas culturales, no sólo se les
pide ser espacios de libre expresión, también se les
reclama ser punto de encuentro que brinde una permanente lectura-reflexión-crítica,
frente a una sociedad pragmática, hedonista y utilitaria,
cuyos valores de vida sólo son: competir, producir, consumir,
acumular.
La Artes Escénicas además de ser expresión
humana, cumplen "funciones" dentro de nuestra cultura.
La función ideológica, la pedagógica, la poética
y la social, implican una permanente reconceptualización
de las formas de ver y conocer la vida. De aquí que las revistas
comprometidas con su tiempo deban procurar ser un instrumento de
crítica, ser el vehículo coyuntural entre el intelectual
y sus lectores, ser un medio de comunicación de conciencia,
ser un cuestionador de determinismos y un propositor de identidad.
Así, las revistas abren caminos y tienden puentes para la
verdad, son sitios que concilian la amplitud de criterios, la apertura
a distintas corrientes ideológicas, como medios de conocimiento,
análisis y degustación literaria de y para la sociedad.
"El crítico -dice Tayne- debe desconfiar de los nombres
célebres, de las grandes palabras, del entusiasmo; no debe
tomar las aspiraciones y las exigencias de nuestra sensibilidad
como pruebas y certidumbres, debe descomponer las leyes de la óptica
moral, debe estar muy prevenido contra las ilusiones de la palabra,
contra los dogmas de la opinión, contra los delirios de la
admiración, contra los compromisos del partido; debe investigar
y marcar los puntos débiles en una época, en una nación,
en un hombre, en sí mismo."
El esfuerzo de una revista independiente, por sobrevivir en este
momento y en el pasado, es en verdad titánico, el gran reto,
de no dejarse disolver en la dura escalada de mantener la periodicidad,
es una proeza de recurrencia permanente.
Durar, o tal vez vivir, con la vida propia y autónoma que
adquiere la letra impresa. Yo diría que alcanzar este destino
es la aspiración más grande de todas las revistas
que existen en el mundo, tanto las que se hacen para las peluquerías,
como las que se hacen para los intelectuales engominados o contraculturales:
durar más que un periódico, lograr que la gente no
las bote a la basura al día siguiente. Decir cosas importantes
o más divertidas o más emocionantes que los otros
medios que atiborran las estanterías de los kioscos con sus
ofertas de gafas y chanclas para el verano, es un reto cotidiano.
Por eso, mientras tarareo bajito un antiguo bolero cubano que habla
de la numero cien, pienso en este medio que generosamente ha querido
incluir estas disgresiones desde la otra orilla que han querido
dar cuenta de algunos trazos limitados del quehacer escénico
de este continente de siete colores, y agradezco que exista, que
la tozudez de un equipo que cierra filas alrededor de un proyecto
tan vital como este permita su continuidad en el tiempo y en el
espacio rebasando cualquier escollo y que circule por América
Latina incorporando visiones de la vida inteligente de nuestros
artistas y creadores.
Desde este rincón de la revista, estos grafos levantan su
copa y dicen salud, por la número cien!!
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