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Revista de las Artes Escénicas
Artez 100. Agosto 2005
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    A l´ombra de robrenyo



    La 29 edición del Grec Festival

    Ricard Salvat

     

    Después de los fastos y todos los excesos del Fòrum de les Cultures 2004, en donde esta entidad acabó fagocitando el Festival Grec, había una gran expectación para saber qué pasaba este año. La programación se ha redimensionado y aunque la opinión general suele tender a afirmar que en esta edición del Grec se ha optado por una solución de puro trámite, pensamos que este evento ha acabado teniendo una coherencia y una entidad muy considerables.
    Es bueno, muy bueno, haber reducido el número de espectáculos. Al ser la oferta mucho menor que en otros años los ha hecho más accesibles. Este año, si uno tenía aguante ha podido ver todos los espectáculos de teatro y danza. Incluso se podía asistir a algún concierto.
    La elección de las propuestas ha sido sensata, equilibrada y acertada. Hemos podido ver dos espectáculos de una extraordinaria calidad que daban información sobre dos de los más grandes creadores europeos de este momento: Krystian Lupa y Christoph Marthaler. Dos directores de los que si no andamos equivocados sólo habíamos visto en Barcelona un trabajo de cada uno de ellos. Lupa presentó un espectáculo adulto, de una densidad admirable, con un ensemble —el del Stary de Cracovia— compacto, sin vedetismos de ningún tipo, con unos actores para los que el hecho de actuar es un acto absoluto de amor a su profesión, a la grandeza que su profesión puede alcanzar cuando personas como ellos la sirven. Actores que no tenían inconveniente ninguno en estar en un escenario nueve horas y media. Dos días daban la obra seguida y otros dos mitad y mitad. ¿Cuántos actores de nuestras latitudes estarían dispuestos a estar tantas horas encerrados en un teatro? Els germans Karamazov de Fyodor Dostojevski, sabiamente adaptado por Lupa, nos enfrentaba a lo que es la última esencia del teatro: la expresión de un pensamiento filosófico en segundo grado. En ningún momento la adaptación era una reducción (como dicen los italianos) de la novela, muy al contrario: mantenía en todo momento el alto nivel intelectual del original dostojevskiano.
    Marthaler nos presentaba una operación intelectual antitética. Partiendo de diez piezas de teatro popular, aquí las llamaríamos sainetes, de Raffaele Viviani, Marthaler conseguía crear la imagen por excelencia de la mediterraneidad, a través de ese universo que es la ciudad de Nápoles. Nápoles vista desde la óptica de un gran napolitano, Viviani, seguidor de Pasquale Altaviglia y contemporáneo de Eduardo de Filippo, pero también vista desde la imagen que los alemanes han creado de Italia desde Goethe, imagen falsa, claro está, pero que ha creado escuela, como es sabido. Los actores eran los de la Volksbühne am Rosa-Luxemburg-Platz, teatro mítico del periodo de entreguerras. Ahora ha vuelto a recuperar la grandeza de aquellos años. Los grandes comediantes poseían una preparación y una gran ductilidad. Cantaban, bailaban, tocaban varios instrumentos, eran actores casi totales. También su trabajo era un acto de amor a la profesión.
    Luego pudimos ver como se preparan los actores, estos sí totales, de la Escuela de Ópera de Pekín. Con este trabajo se continuaba el espíritu de diálogo con los teatros de más allá de los mares que el Fòrum abrió. Escasa presencia pero determinante, como también lo fue el trabajo Eraritjaritjaka del originalísimo creador Heiner Goebbels. Un prodigio de posibilidades técnicas de todo tipo puestas al servicio de una narrativa escénica muy renovadora. El juego con los espacios al que nos enfrentó Goebbels nos resultó fascinante.
    Entre los espectáculos catalanes cabe destacar Amor, Fe, Esperança de Ödön von Horváth en una arriesgada y muy lograda «lectura» de Carlota Subirós, sin duda alguna el mejor de sus trabajos. Se agradeció que Xicu Masó en el espectáculo de la inauguración nos diera un Shakespeare, Al vostre gust, en su totalidad, pero pensamos que no se debe reducir nunca el magnífico espacio del Grec al espacio de un teatro italiano habitual y de estrechas dimensiones. Celebració (Festen) presentado por la Cia. Teatre Romea nos pareció un espectáculo sucursalista, al repetir un trabajo que ha tenido éxito en Europa. Con todo se agradeció reencontrar el nivel de adultez que el film original de Thomas Vinterberg tiene y que la adaptación teatral mantiene con bastante fuerza.
    Importante, al menos para nosotros, La controversia de Valladolid, de Jean- Claude Carrière en donde se recupera la figura de Bartolomé de las Casas. Carles Alfaro ha hecho un trabajo vibrante y ha contado con actores de nivel.
    Y aun la agradable sorpresa de La pell un flames de Guillem Clua, excesivamente recortada, reducida en su gran riesgo narrativo y con final inaceptablemente cambiado por Carme Portaceli. No quisiéramos olvidar, asimismo, Animales nocturnos, de Juan Mayorga, interesante de planteamiento pero también con un final dudoso por parte de su directora que llevaba a que el texto perdiera su posible aliento trágico.
    Y aun habrá más propuestas, pero pensamos que el Grec 2005, con lo que llevamos visto, ha sido una muy interesante y acabada aportación a nuestro verano barcelonés.

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