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Revista de las Artes Escénicas
Artez 100. Agosto 2005
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    El teatro andaluz se viste de clásico

     

    Carlos Gil

    Quizás sea una simplificación muy propia del cronista, pero de la edición de este 2005 de Palma del Río se puede sacar una sensación que, al menos estadísticamente, se sostiene argumentalmente: el teatro andaluz se entiende muy bien con los clásicos. Vean, dos obras de Valle Inclán, otra inspirada en García Lorca, una Medea, un Shakespeare, un Stevenson, Samuel Beckett, Lewis Carroll y Mozart. Esta es parte de la realidad, porque en la mayoría de las ocasiones hay una relectura, pero es un síntoma, frente a estas aproximaciones a los soportes de los clásicos, las creaciones puras, las que salen desde la idea hasta el montaje de los propios creadores andaluces con sus inspiraciones conscientes o subconscientes.

    Lorca y Valle

    La Cuadra de Sevilla vuelve a Lorca, lo hace con una versión de Yerma que Salvador Távora la subvierte convirtiéndola en una madre que pare nada menos que la Libertad. Yerma-Mater es un trabajo que recurre a las líneas más significativas de la trayectoria de esta compañía, con todos sus elementos, sus registros geométricos, sus aliteraciones, sus condensaciones de escenas en cantes, con el baile como expresión genuina, pero que no encontramos en la representación vista, esa rotundidad de imágenes y de emociones que le caracteriza, aunque mantiene siempre la calidad musical y vocal.
    Territorio de Nuevos Tiempos presentó un trabajo de dirección de Alfonso Zurro que parte de un espacio escénico deslumbrante en su primera visión pero que se va perdiendo en un juego excesivo de estilos que acaban confundiendo. Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte se desdibuja en unas interpretaciones confusas en su uso del estilo y lo que debería ser un trabajo expresionista se va perdiendo hasta convertirse en una farsa.
    Justo el punto que encuentra Juan Dolores Caballero con Histrión Teatro para que otro Valle menos arraigado, el de Farsa y licencia de la Reina castiza se convierta en un espléndido trabajo de dirección y de interpretación. Es brillante en su puesta en escena y deja la suerte en el equipo actoral que cumple perfectamente siguiendo la mano sabia de la dirección.

    Creación total

    Ángel Calvente y Emilio Goyanes presentaron sus últimos trabajos de creación. El espejo negro de Calvente vuelve por sus fueros, con Los perros flauta, un espectáculo de calle en donde los personajes son esos seres que encontramos en muchas esquinas que con sus flautas y sus perros nos recuerdan que en este mundo no es todo tan bonito como parece. Un trabajo realmente divertido y participativo, muy dinámico y con un endiablado ritmo.
    Laví e Bel presentó su Cabaret Nómada de Emilio Goyanes, una arriesgada propuesta que tiene en la calidad interpretativa, en su tono formal, en su propuesta estética su mayor activo. Es algo realmente impresionante, aunque después su contenido sea más difícil de asimilar. Pensamos que está en un punto de gran interés, técnicamente es de una precisión asombrosa, pero le falta algo más de acercamiento, se pasa demasiado tiempo en un territorio casi metafísico que lo deja suspendido en su capacidad comunicativa.
    Síndrome Clown hace un repaso muy especial a la Historia, desde su Clownquistadores, Práxedes Nieto y Víctor Carretero se ponen el rigor histórico por nariz y se basan en la lógica para hacernos entender que es una continua depredación de los fuertes a los más débiles. Un trabajo en un buen punto de madurez.
    Lo mismo que las Quijotadas de Digo-Digo Teatro, en donde no aparecen ni don Quijote, ni Sancho, sino sus cabalgaduras, en una metáfora escénica realmente atractiva en la que los dos actores, José María Peña y Juan Montilla hacen una magnífica creación, en una dramaturgia propia que tiene mucho del más activo Sanchis Sinisiterra, y que la dirección de José Luis García-Pérez consigue encauzar de una manera muy eficaz.
    También vimos la Alicia de Los Ulen, una versión bailada y cantada, colorista y aflamencada del clásico.

    Deliciosa y sensible joya escénica. Enrique Lanz hace un gran trabajo de conjunción entre la música de Claude Debussy y Camille Saint-Säens, y los títeres gigantes que conforman un magnífico espectáculo que presentó la compañía Etcétera en una coproducción con el Gran Teatro del Liceo de Barcelona bajo el título de Soñando el Carnaval de los animales. Realmente un sueño, una ilusión escénica y musical, una de esas joyas que deberían verse obligatoriamente para que nadie, nunca más, dijese que no entiende la música clásica. Muñecos y músicos, jóvenes y muy incardinados en la propuesta dramatúrgica, para conseguir uno de esos momentos soñados en el teatro, la ilusión de la belleza en esta ocasión sonora y visual, una magnífica armonía de sensibilidad y equilibrio entre las partes.
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