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El alucinado e ilustre resucitado
L
avapiés es ese barrio lleno de cuestas antaño castizo,
chulapón y corralero y hoy multirracial y bohemio tirando
a cutre, con casas viejísimas -muchas apuntaladas- y lleno
de intentos de vivir de otra manera: allí han tomado vida
las diversas encarnaciones del El Laboratorio, una de las experiencias
de ocupación más ambiciosas y activas, o esa biblioteca
popular que fue La Biblio o sin ir más lejos unas cuantas
salas alternativas de teatro. En el centro de Madrid, Lavapiés
es hoy un jugoso bocado para la especulación inmobiliaria
como lo ha sido el Ravall barcelonés o como lo está
siendo aquí mismo Bilbao la Vieja y San Francisco en pleno
cogollito del nuevo y selecto Bocho.
Con esta mercantilista transformación del Ravall como trasfondo
recordamos pelis como En construcción o De
nens, o piezas dramáticas como toda una trilogía
de Benet i Jornet cuya última obra -Olores- se
cierra con las máquinas derruyendo las viejas casas que estuvieron
tan llenas de vidas y de dramas. A la Micaela de la obra que aquí
nos ocupa, el ayuntamiento le ha ofrecido un pisito en la localidad
de Rivas-VaciaMadrid -¡tela con el nombrecito!-, un pisito
amplio, nuevo, luminoso y con vistas a un parque, pero qué
coño va a hacer ella allí si lleva más de cincuenta
años en su casa de Lavapiés -Jaula nueva, pájaro
muerto, dice el refrán-, así que ha emplazado
a los funcionarios a que se metan el desahucio por el culo. Y allí
se queda. Y allí se muere por no dar su brazo a torcer justo
cuando los policías van a proceder al desalojo. Siempre ha
sido así, no es nuevo; el poder, los poderes -el económico
al fin y a la postre- arrasan cuando necesitan hacerlo, las vidas
de los seres humanos no cuentan demasiado. Aquí estamos hartos
de verlo en los últimos tiempos: arrasan el pasado, la memoria
puede ser peligrosa; desarraigar las vidas para que así seamos
todos manipulables, más satisfechos de la pomposa desnudez
del emperador. Parece que este es el drama, que por aquí
quieren ir los tiros de esta obra con la que el profesor y pedagogo
madrileño del 63 César López Llera obtuvo el
prestigioso Premio Serantes del pasado año. Así que
ni corto ni perezoso el dramaturgo decide resucitar al mismísimo
Ramón María del Valle Inclán -El chivo
en la obra- para convertirlo en testigo de cargo de la mentira,
y lo coloca en plena plaza de Lavapiés al alba de un domingo,
hurgando entre los restos del naufragio y bebiéndose todas
las sobras que encuentra y fumando hierba en su pipa. Allí
se encuentra con Pablo Gato, un joven yonki a punto de espicharla
-la obra arranca con el pico que se está metiendo- al que
ayuda a recuperar el alma. Se topa también con una pareja
mixta de policías que entre una cosa y otra acaba haciéndose
asidua; con la señora Micaela, una supersticiosa curandera
de armas tomar pero que resulta ser toda una filántropa;
con Chusito, un joven y arrojado cura homosexual que necesita ocultarse
porque acaba de salir del armario; con un fontanero estoico; con
dos inmigrantes sin papeles redimidas de la prostitución
forzada; y con otros colgados varios.
La pieza se divide en tres trancas y un epílogo;
de la plaza al alba de resaca sabatina de la primera, pasamos al
ático semiruinoso de Pablo en las dos siguientes trancas,
y vuelta a la plaza para el trágico y breve epílogo.
Se acaba como se empezó, pero peor. Con estos mimbres López
Llera parece oscilar entre el esperpento afiladísimo y alucinado
por una parte y la comedia costumbrista y sainetera, tipo Bajarse
al moro para entendernos, por la otra. López Llera
llena la obra de tipos marginales con existencias desgraciadas -a
veces se le va un poco la mano acercándose al culebrón-
pero a nada que se rasque resultan unos pedazos de pan. Quizá
peque de esquemático y condescendiente con sus personajes,
lo que dificulta que la obra levante el vuelo como esperpento, donde
lo que más debe brillar es la cara miserable, deforme, de
los personajes; aquí son todos demasiado buenos, y hasta
la cólera intempestiva y la palabra grandísona y siempre
áspera de ese agitador alucinado que es Valle pierde fuelle
y suena en ocasiones demasiado artificial e impostada. Así
sucede por ejemplo, y es una pena, en la conversación sobre
los males del teatro actual que mantiene con Pablo; o en esa reivindicación
de sí mismo: Si, muerto ilustre, pero se me lee poco
y se me representa menos, o en esa arenga colectiva sobre
la ocupación antes del desalojo. Más creíble
resulta la discusión que mantiene Chivo con el cura gay sobre
la naturaleza del arte: el Chivo defiende la vinculación
entre el pecado, que nos humaniza, y el arte, y cuando el cura reclama
otro arte más positivo lejos del malditismo romántico,
Valle zanja: Para este arte haría falta otro mundo.
Los artistas estamos obligados a reflejar la perversa realidad.
También preferimos ese Valle que tras recordar las dos estatuas
que le han puesto, la de Recoletos y la de Santiago, concluye: A
las dos las cagan con abundancia las palomas; por eso se me reconoce
como clásico de las Letras. O cuando la señora
Micaela se refiere a él: Él sí que es
un esperpento.
Salvo en momentos puntuales en que el dramaturgo se pone impostadamente
trascendente y su prosa queda un tanto rígida, el lenguaje
de López Llera vuela alto, es de una riqueza expresiva enorme,
muy plástica y musical en esa verbosidad excesiva pero sutil
a un tiempo característica de este empeño expresionista
del esperpento. Y lo es tanto en los diálogos como en esas
acotaciones tan prolijas y poéticas, necesarias para crear
los ambientes entre hiperrealistas y alucinados, y los abundantes
contrapuntos visuales y sonoros a la acción. Destaca aquí
por sus posibilidades escénicas ese recurso de la Pecadora
Compaña, una extraña tropa casi siempre silenciosa
que entrará y saldrá de escena y peregrinará
por ella al albur de las alucinaciones de cada representación.
Se trata de lo que flipen sin molestar.
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