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Revista de las Artes Escénicas
Artez 101. Septiembre 2005
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    Luz negra



    El alucinado e ilustre resucitado

    Josu Montero

     

    L avapiés es ese barrio lleno de cuestas antaño castizo, chulapón y corralero y hoy multirracial y bohemio tirando a cutre, con casas viejísimas -muchas apuntaladas- y lleno de intentos de vivir de otra manera: allí han tomado vida las diversas encarnaciones del El Laboratorio, una de las experiencias de ocupación más ambiciosas y activas, o esa biblioteca popular que fue La Biblio o sin ir más lejos unas cuantas salas alternativas de teatro. En el centro de Madrid, Lavapiés es hoy un jugoso bocado para la especulación inmobiliaria como lo ha sido el Ravall barcelonés o como lo está siendo aquí mismo Bilbao la Vieja y San Francisco en pleno cogollito del nuevo y selecto Bocho.
    Con esta mercantilista transformación del Ravall como trasfondo recordamos pelis como “En construcción” o “De nens”, o piezas dramáticas como toda una trilogía de Benet i Jornet cuya última obra -“Olores”- se cierra con las máquinas derruyendo las viejas casas que estuvieron tan llenas de vidas y de dramas. A la Micaela de la obra que aquí nos ocupa, el ayuntamiento le ha ofrecido un pisito en la localidad de Rivas-VaciaMadrid -¡tela con el nombrecito!-, un pisito amplio, nuevo, luminoso y con vistas a un parque, pero qué coño va a hacer ella allí si lleva más de cincuenta años en su casa de Lavapiés -“Jaula nueva, pájaro muerto”, dice el refrán-, así que ha emplazado a los funcionarios a que se metan el desahucio por el culo. Y allí se queda. Y allí se muere por no dar su brazo a torcer justo cuando los policías van a proceder al desalojo. Siempre ha sido así, no es nuevo; el poder, los poderes -el económico al fin y a la postre- arrasan cuando necesitan hacerlo, las vidas de los seres humanos no cuentan demasiado. Aquí estamos hartos de verlo en los últimos tiempos: arrasan el pasado, la memoria puede ser peligrosa; desarraigar las vidas para que así seamos todos manipulables, más satisfechos de la pomposa desnudez del emperador. Parece que este es el drama, que por aquí quieren ir los tiros de esta obra con la que el profesor y pedagogo madrileño del 63 César López Llera obtuvo el prestigioso Premio Serantes del pasado año. Así que ni corto ni perezoso el dramaturgo decide resucitar al mismísimo Ramón María del Valle Inclán -“El chivo” en la obra- para convertirlo en testigo de cargo de la mentira, y lo coloca en plena plaza de Lavapiés al alba de un domingo, hurgando entre los restos del naufragio y bebiéndose todas las sobras que encuentra y fumando hierba en su pipa. Allí se encuentra con Pablo Gato, un joven yonki a punto de espicharla -la obra arranca con el pico que se está metiendo- al que ayuda a recuperar el alma. Se topa también con una pareja mixta de policías que entre una cosa y otra acaba haciéndose asidua; con la señora Micaela, una supersticiosa curandera de armas tomar pero que resulta ser toda una filántropa; con Chusito, un joven y arrojado cura homosexual que necesita ocultarse porque acaba de salir del armario; con un fontanero estoico; con dos inmigrantes sin papeles redimidas de la prostitución forzada; y con otros colgados varios.
    La pieza se divide en tres “trancas” y un epílogo; de la plaza al alba de resaca sabatina de la primera, pasamos al ático semiruinoso de Pablo en las dos siguientes trancas, y vuelta a la plaza para el trágico y breve epílogo. Se acaba como se empezó, pero peor. Con estos mimbres López Llera parece oscilar entre el esperpento afiladísimo y alucinado por una parte y la comedia costumbrista y sainetera, tipo “Bajarse al moro” para entendernos, por la otra. López Llera llena la obra de tipos marginales con existencias desgraciadas -a veces se le va un poco la mano acercándose al culebrón- pero a nada que se rasque resultan unos pedazos de pan. Quizá peque de esquemático y condescendiente con sus personajes, lo que dificulta que la obra levante el vuelo como esperpento, donde lo que más debe brillar es la cara miserable, deforme, de los personajes; aquí son todos demasiado buenos, y hasta la cólera intempestiva y la palabra grandísona y siempre áspera de ese agitador alucinado que es Valle pierde fuelle y suena en ocasiones demasiado artificial e impostada. Así sucede por ejemplo, y es una pena, en la conversación sobre los males del teatro actual que mantiene con Pablo; o en esa reivindicación de sí mismo: “Si, muerto ilustre, pero se me lee poco y se me representa menos”, o en esa arenga colectiva sobre la ocupación antes del desalojo. Más creíble resulta la discusión que mantiene Chivo con el cura gay sobre la naturaleza del arte: el Chivo defiende la vinculación entre el pecado, que nos humaniza, y el arte, y cuando el cura reclama otro arte más “positivo” lejos del malditismo romántico, Valle zanja: “Para este arte haría falta otro mundo. Los artistas estamos obligados a reflejar la perversa realidad”. También preferimos ese Valle que tras recordar las dos estatuas que le han puesto, la de Recoletos y la de Santiago, concluye: “A las dos las cagan con abundancia las palomas; por eso se me reconoce como clásico de las Letras”. O cuando la señora Micaela se refiere a él: “Él sí que es un esperpento”.
    Salvo en momentos puntuales en que el dramaturgo se pone impostadamente trascendente y su prosa queda un tanto rígida, el lenguaje de López Llera vuela alto, es de una riqueza expresiva enorme, muy plástica y musical en esa verbosidad excesiva pero sutil a un tiempo característica de este empeño expresionista del esperpento. Y lo es tanto en los diálogos como en esas acotaciones tan prolijas y poéticas, necesarias para crear los ambientes entre hiperrealistas y alucinados, y los abundantes contrapuntos visuales y sonoros a la acción. Destaca aquí por sus posibilidades escénicas ese recurso de la Pecadora Compaña, una extraña tropa casi siempre silenciosa que “entrará y saldrá de escena y peregrinará por ella al albur de las alucinaciones de cada representación. Se trata de lo que flipen sin molestar”.

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