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Artez 121. mayo 2007
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    luz negra



    Viejoloco contra Pachino

    Josu Montero

     

    En una esquina del cuadrilátero, con 50 años, complexión musculosa y atlética pero sin embargo derrotado ya por los avatares de la vida, tranquilo, y con hablar pausado y lento como consecuencia tal vez de los golpes recibidos; en una esquina del cuadrilátero decíamos: ¡Viejoloco! Con 25 años, aspecto más bien débil pero lleno de decisión y de energía, puro nervio, que se traduce en un modo de hablar rápido, rítmico, hiperkinético, como un látigo; en la otra esquina del cuadrilátero: ¡Pachino!
    Viejoloco fue en sus tiempos un buen boxeador; consiguió ver a los grandes e imitar su estilo. Pero ahora viste un traje de hule muy ajustado al cuerpo al modo de un superhéroe de tebeo, sostiene a veces incluso sobre su cabeza una gran pelota del mundo a modo de un coloso; y es que trabaja atrayendo clientela, como reclamo humano, en un taller de reparación de vehículos. Es el patético Superhéroe de Superauto Americano. Pero le van a despedir ya que va a ser sustituido por un gigante superhéroe de cartón.
    Pachino viste al estilo de los cantantes de música urbana, de los raperos; e incluso en ocasiones habla en verso, en ripio, rimando, rapeando, como una ametralladora de palabras. Calza unas deportivas de marca, y con demasiada frecuencia esgrime una gran navaja que a buen seguro ya ha usado y que a buen seguro volverá a usar antes de que la función termine.
    ¡Ah, lo más importante!: Viejoloco y Pachino son padre e hijo. Y esta obra se titula “Antropofagia”. El padre de los Dioses Olímpicos, Cronos, devoraba a sus hijos, se los comía. Goya tiene una imagen escalofriante en una de sus Pinturas Negras. Hasta que uno de sus hijos reaccionó a tiempo y se lo quitó de en medio. Le mató. Los padres suelen devorar a sus hijos, los anulan, se los comen; más tarde son los hijos los que ajustan cuentas, de forma más o menos virulenta, con los padres. Aquí hay sólo dos personajes, padre e hijo, frente a frente, en esquinas opuestas del cuadrilátero, dando y recibiendo en un combate terminal, al límite, a vida o muerte. Devorándose.
    El ring es la sala de una favela, de un rancho, de una casa de láminas de zinc y con piso de tierra, en un cerro, en las laderas laberínticas alrededor de una cualquiera de esas grandes y caóticas urbes latinoamericanas. Sofá, sillas y butaca más que desvencijados. Y en medio una caja de cartón o de madera a modo de mesa de centro. La acción se desarrolla en una larga noche, bueno, más bien la noche y la madrugada, que conforman las dos escenas de la obra.
    “Mi abuela decía, de la cuna hasta la tumba, somos la misma basura inmunda”, afirma Viejoloco, cuyo lema en la vida parece haber sido –y Pachino se lo reprocha acremente- : “No es tan fácil, no es tan fácil”. De hecho le repite a su hijo: “Tranquilo, pana, que no se puede nada. No se puede nada, no se puede nada”. Sin embargo Pachino afirma rotundo y retador: “Hasta para soñar hace falta cojones. Las cosas hay que desearlas, ¿sabes? Imagínate usándolas, y se te dan”. Y añade: “Quien agarra con miedo no aprieta”. “Fracasado”, le lanza Pachino a Viejoloco; “Y padre de un fracasado”, le devuelve el golpe Viejoloco con agilidad antes de que ambos se enfrasquen una vez más en el ritual del boxeo, de las fintas y los golpes, justo en ese punto donde el juego está a punto de dejar de serlo.
    Viejoloco cree a pesar de todo en el trabajo, “con trabajo uno sale”, afirma. Pachino sin embargo está seguro de que no es trabajo lo que uno necesita para salir a flote, sino dinero; y además: “Para hacer dinero lo que hace falta es dinero”. Y aunque él esgrime un buen fajo de billetes de oscura procedencia, ha vuelto a la casa del padre “a por lo suyo”. Parece que acaba de estar preso y necesita dinero para arrancar, para grabar un disco que ponga en marcha su carrera; “Y no vas a ser tú el que se me va a poner en medio”, le espeta a Viejoloco. El plan de Pachino consiste en convencer a su padre para que le enseñe a boxear y ganar algo de dinero rápido en unas peleas, pero Viejoloco no está por la labor. Aunque tal vez este plan sea para Pachino sólo una tapadera que encubra sus verdaderas intenciones.
    La atmósfera se va calentando. Pachino está sin duda “colocado”, y ambos beben ron desde el principio. Tras el tanteo y el tomarse las distancias inicial, es el momento de los reproches, de echarse a la cara una memoria de desolación. “¿A qué volviste, Pachino?”, “A recordarme”, responde éste. A recordar las afrentas del pasado. “Bueno para nada. Sí, eso es lo que me encojona, que te dejas joder por todo el mundo, y a mí, a nosotros, a mamá y a mí, el único que nos jodías y nos jodes, eres tú”, le lanza Pachino a Viejoloco. Y él, claro, ha aprendido a no dejarse joder por nadie, a dar él si puede ser el primer golpe. En una última y desesperada apelación a su padre, antes de que sea demasiado tarde y la tragedia se consume, Pachino le suplica: “Estoy en emergencia”; “Todos lo estamos”, le responde Viejoloco.
    También está ahí la presencia/ausencia de la madre, quizá al otro lado de la única puerta de la favela, quizá… Porque cuando Viejoloco llega a la casa al inicio de la obra, Pachino ya está en ella, sudando, boxeando con su sombra y narrando al mismo tiempo como una metralleta su versión del combate Frazer - Mohamed Alí. En el arranque de la segunda escena, mientras Pachino ha salido navaja en ristre para “pedir” algo de comer a un pizzero que se ha aventurado por las favelas, Viejoloco, recién despertado de un breve sueño, nos cuenta la delirante historia de su fulminante despido al sucumbir a los arrumacos de una mujer y empalmarse ostensiblemente embutido en su estrecho traje de superhéroe.
    Al final, oscuridad, sólo las titilantes luces de los coches policiales que brincan por las paredes del cuchitril. Y unos segundos antes, las últimas palabras de Viejoloco: “Hijo, estás muerto, como yo, bien muerto, y eres tan pendejo que no te has dado cuenta”. Y unos segundos antes de ellas, el combate final. “Pao pao. Si haces esto te pasa esto”.
    El venezolano Domingo Palma (Caracas, 1961) obtuvo hace unos meses con esta obra el VII Premio de Teatro Serantes. Palma es autor de otros diez dramas, algunos de ellos llevados a escena por el grupo venezolano Textoteatro: “Margaritas para los cerdos”, “Saco de gatas”…Es significativamente el segundo año consecutivo que un autor latinoamericano gana el Serantes; la pasada edición fueron los argentinos Patricia Suarez y Leonel Giacometto quienes lo obtuvieron con “Herr Klement”, una obra escrita, además, a cuatro manos.

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