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Artez 121. mayo 2007
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    VIVIR PARA CONTARLO



    Cuestión de tiempo

    Virginia Imaz

     

    En la tradición oral hay fórmulas rituales para comenzar a narrar. Y también para ayudar a concluir el relato. Los familiares Érase o Había una vez ofician a modo de conjuro y en boca de un narrador o de una cuentera que no temen entregarse a la palabra y a sus encantamientos, constituyen una verdadera invocación para entrar en un tiempo detenido en otro tiempo. Con los Érase que se era y otros sortilegios parecidos, quien narra guiándonos hacia lo arcano, nos aleja del tiempo de lo cotidiano, ese que se organiza en rutinas contra el reloj cada minuto del día.
    Era, había… son formas del verbo que se conocen como pretérito imperfecto. Y sirven para expresar una acción que comenzó en el pasado, pero que no está acabada todavía. Es curioso, filológicamente una acción no acabada es imperfecta. Que el pasado sea o no perfecto no depende de lo felices que hayamos sido, sino de si ya fuimos o seguimos siendo lo que sea.
    Por mi parte, adoro todo lo imperfecto. Lo no acabado especialmente. Si yo digo que la princesa paseó por el bosque estoy diciendo que comenzó a pasear y que acabó de hacerlo en el pasado. Perfecto. Si digo que la princesa paseaba por el bosque, creo la impresión en quien escucha de que comenzó a pasear en el pasado y de que aún no ha acabado de hacerlo, que es posible que siga paseando todavía. El tiempo verbal de preferencia de los cuentos es el pretérito imperfecto o no acabado, ya que actualiza lo que fue o lo que pudo hacer sido, como si pudiera estar siendo de nuevo para quien escucha en cada momento.
    Uno de los síntomas contemporáneos de que aún no se denomina este oficio mágico-litúrgico de contar historias es el presentismo: Señoras y señores, con ustedes Caperucita Roja. Pasea por el bosque, canta, recoge flores… el lobo  feroz la ve, la está viendo. La tragedia va a ocurrir en breve, les mantendremos informados y ahora y ahora ¡y ahora mismo! unos minutos para la publicidad.
    El presentismo va en detrimento del rito porque, a la manera de la narración televisiva, considera que el tiempo es oro, en lugar de una ocasión para el trance. Derrocha actualidad pero no actualiza la catarsis a la que invita cada cuento. El trance sólo puede ocurrir en el aquí y en el ahora, cuando se está tan intensamente presente en el presente que el mundo exterior desaparece y una consigue desvincularse verdaderamente del tiempo como límite.
    Narrar es un ejercicio de profunda seducción y como todo cortejo requiere no sólo de palabras vivas, de un cuerpo habitado y de luz en la mirada. Es necesario que todo esto surja en el momento preciso. En el decir de Walter Benjamín: “mientras que se escucha no pensamos en tejer ni en hilar, ya que cuanto más nos olvidamos de nosotros mismos, más profundamente grabado nos quedará lo que escuchamos.”
    El cuento oral circula en el interior del tiempo afectivo. Nos instala en otra dimensión, en otra realidad temporal, el illo tempore o tiempo mítico de los latinos. En los cuentos de hadas, por ejemplo, según Bruno Bettelheim, toman cuerpo de forma simbólica los fenómenos psicológicos internos. Se necesita un tiempo para entregarse al imaginario, para recibir y descifrar la información y un tiempo de reposo para meditar.
    Contar y escuchar historias invita a un momento de recogimiento, de intimidad  colectiva y no siempre es fácil darse tiempo. Darse tiempo es darse espacio y dárselo a otras personas. Y no sirve cualquier espacio. La tradición nos pinta a la gente escuchando historias en círculo. En círculos familiares o tribales. Y es que el tiempo afectivo de los cuentos no es lineal sino circular. La disposición en círculo ayuda a que la historia sea sentida como una parte de cada una y a la vez de todas las personas congregadas.
    La vida se multiplica. Vivimos otras edades, otros tiempos, otras voces. No hay principio ni final en el círculo. El tiempo se dilata. Nos sumergirnos en el no-espacio y el no tiempo. Si hay algo que tememos en la actualidad es a perder el tiempo. Esto me recuerda al diálogo de dos personajes de un cuento. Uno representaba la rigidez de la adultez, la eficiencia y la disciplina y él otro nuestra instancia más primaria y juguetona. El primero decía: “Tengo muchas cosas que hacer para andar perdiendo el tiempo” y el segundo le replicaba “Pues yo tengo mucho tiempo que perder para andar haciendo cosas ”.
    Y es que para encontrarse una misma, a veces hace falta perderse. Y contar y escuchar cuentos es una de las mejores formas que conozco de perder el tiempo para perderse definitivamente del tiempo.

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