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Artez 123. julio 2007
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    VIVIR PARA CONTARLO



    Cuentos de todos los colores

    Virginia Imaz

    Los cuentos están sujetos en la actualidad a innumerables servidumbres pedagógicas y/o terapéuticas. A quienes narramos nos piden que lo que contamos “anime” a leer, que enseñe idiomas, que cure o que ayude a formar ciudadanía más respetuosa del medio ambiente, de los y las iguales y de los y las diferentes. Como si las historias no contuvieran en sí mismas instrucciones preciosas y precisas para la vida, incluso aunque no figuren en el currículum escolar. Nos piden cuentos para el Día del Árbol, para erradicar la violencia de género o para “trabajar” la interculturalidad. Pedirle al arte que “diga” algo siempre entraña riesgos, entre cosas, porque lo propio del arte es siempre “decir”.
    Podemos encontrarnos entonces con que el panfleto o la moralina asfixian la expresión artística. O también caer en confusiones cuando el cuento dice por su cuenta algo de lo que quizás yo no me he enterado y yo digo por mi parte lo que considero políticamente correcto en cada caso. Dicho esto, lo cierto es que si me gusta contar es porque me gusta “decir” cosas. Y supongo que, parte del hecho artístico es hallar ese camino personal para expresar lo que llevamos dentro. Expresar: liberar lo que está preso. Y también creo que los cuentos enseñan y curan si no les estorbas demasiado.
    Empeñarse en educar con cuentos es como empujar un río para que fluya ya que los cuentos son a mi manera de ver, estrategias populares y comunitarias de respuesta a incertidumbres de la propia existencia. Siempre educan. Y muy especialmente en diversidad. Los cuentos se inscriben dentro de la concepción del mundo de un determinado grupo humano en cuestión y de las señas de identidad que asume como propias. Mediante los mitos y las historias, la comunidad recupera distintos aspectos de sí misma y de su concepción de la realidad, reafirmando su vigencia a través de las transformaciones e incluso a través de referentes, a menudo, contradictorios.
    Yo cuento para contarme y es inevitable contarme en un contexto cultural que afecta tanto a la producción como a la recepción de lo que digo. En lo que cuento, se expresan o mantienen implícitas actitudes y valores que animan tanto a quien narra como a quien escucha. En este sentido, hablar de cuentos que transmiten valores es una redundancia. Como la educación.
    Toda la educación es en valores. Hasta el adoctrinamiento nazi. Otra cuestión es que estemos más o menos de acuerdo con unos u otros valores. Pero contar no es sólo contarse. Es sobre todo contarle a alguien. El relato adquiere entonces significaciones diversas que van transformándolo y confiriéndole una vida impensable sin el contexto. El cuento contado se convierte en una creación social distinta en cada “tribu” en la que se cuenta. No existen los cuentos “neutros”, asépticos, sin valores. A partir de que son dichos, “dicen” irremediablemente. A veces demasiado. A veces algo que ni siquiera sospechábamos. A veces a nuestro pesar. Creo que en este oficio es particularmente importante “pescarse”, “caer en la cuenta” de lo que estamos diciendo. Es fundamental escucharse y hacerlo en cada contexto. Las palabras están cargadas. Contar es como disparar imaginarios. No se debe hacer con los ojos cerrados. Puede ser que no se tenga buena puntería al principio, que falte oficio, pero es importante mirar si le hemos dado a alguien y dónde y de qué modo.
    Hace once años inició sus pasos en el marco de la Associació de Mestres Rosa Sensat, un proyecto sobre diversidad y oralidad dirigido a la infancia y a la adolescencia que se denominó ‘Cuentos de todos los colores’, y que en la actualidad Tantágora Serveis Culturals desarrolla en las escuelas y bibliotecas de Catalunya. En palabras de Roser Ros y Martha Escudero, en este proyecto se escuchan por boca de diferentes narradores, cuentos que dan a conocer las respuestas que comunidades culturales y lingüísticas han generado ante las incógnitas del universo, desde las más grandes hasta las más pequeñas…
    Cuando un cuento penetra en el oído, sus elementos hacen resonar los referentes  culturales depositados en la memoria. Con su recepción la emoción se multiplica, la autoafirmación crece, y con ella la sensación de pertenencia a un grupo cultural, el orgullo de la diferencia.
    Como a la hora de contar también cuenta nuestro cuerpo, el tono de nuestra piel, nuestro acento tanto o más que la propia historia, considero que en este oficio particularmente “la extranjeridad” es un valor añadido. Muchas de las personas que conozco que narran profesionalmente en este país provienen de una cultura diferente: han llegado de México, Colombia, Chile, Perú, Uruguay, Argentina, Cuba, Haití, Camerún, Senegal, Marruecos, Francia, Bélgica, Italia, Portugal, Japón… Pero también de Galicia, Euskal Herria, Cataluña o Canarias o de la comunidad gitana…
    Históricamente parece que narraba el hechicero de la tribu, aquél que era capaz de ponerse en otro lugar para contar. Pero también narraba la persona extranjera, forastera, que conocía los caminos y que iba llevando de una comunidad a otra las historias que inventaba o de las que iba teniendo noticia.
    También es extranjera, extraña, extrañada, la heroína del cuento. O el héroe. De hecho, en el relato oral, protagonista es quién  se mueve, quien realiza un viaje, sea este físico, geográfico, afectivo, onírico, simbólico, etc… Es quien cambia. Y sólo cambia quien es capaz de ponerse en otro lugar: en el lugar del otro o de la otra y vivir como propia, la siempre amenazante y enriquecedora diversidad.

     

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