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Artez 123. julio 2007
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    LUZ NEGRA



    Bernhard se caga en el teatro

    Josu Montero

    Publicar en castellano el teatro de Thomas Bernhard es algo de lo que Eva Forest se sentía especialmente orgullosa. Ocho son los volúmenes que Hiru ha editado de la obra dramática del autor austriaco; ocho libros que reúnen 18 dramas y comedias y 10 obras breves o dramolette; traducidos además todos por el que a buen seguro es el mayor conocedor de Bernhard en el estado español: Miguel Sáenz. A unas pocas semanas del fallecimiento de Eva Forest es necesario recordar la impagable labor que ha realizado como editora a través de Hiru; labor miserablemente silenciada por la inmensa mayoría de la crítica, la prensa y la “inteligencia” cultural hispana. La aportación de Hiru a la edición teatral en el estado español en los últimos tiempos ha sido decisiva, valiente y generosa; basta echar un vistazo a su catálogo. Y deseamos que, a pesar de la ausencia de Eva, lo siga siendo.
    El dramolette es un género teatral cuyos rasgos definitorios son: brevedad, espontaneidad, carácter satírico y actualidad. Bernhard no fue su inventor pero sí renovó el género y creó escuela. En uno de los volúmenes editados por Hiru, y bajo el título “Comida alemana”, se recogen siete de estos dramolette, y tres más en este libro del que hoy nos ocupamos. Son tres piezas con un denominador común: Claus Peymann, el reputado director y amigo de Bernhard, es convertido en personaje central. Hace unos días, a finales de junio, la actriz Rosa María Sardá, en producción del teatro Romea, ha estrenado un peculiar montaje de estos “Tres dramolette”, en el que ella se transmuta en Peymann.
    Rodrigo García ha afirmado alguna vez que son más interesantes para la escena las novelas de Bernhard que su obra dramática. Pero sin duda García ha bebido de las fuentes del maestro austriaco para sus ácidas y feroces piezas breves. Un ritmo verbal arrollador basado en las repeticiones -el texto es como una partitura sin puntuación y dispuesta en forma de verso; crítica ácida y disolvente basada en la exageración y en el exceso; humor negro; actualidad… son características comunes a ambos autores.
    Al ser el director Claus Peymann el personaje central, es evidente que el tema de estas piezas es el propio teatro. Con el arma de la sátira más sangrante, Bernhard aprovecha para soltar sus habituales diatribas contra su país y sus compatriotas; y se despacha también aquí a gusto con el teatro y con el Burgtheater, el gran teatro vienés del que Peymann es nombrado director. “Claus Peymann deja Bochum y se va a Viena de director de Burgtheater” es el título del primer dramolette. En las tres es Peymann el protagonista absoluto, habla y habla sin freno, y en cada uno tiene un interlocutor que interviene más o menos. En el primero, Peymann y su secretaria, señorita Schneider, montan una buena haciendo las maletas en Bochum -donde Peymann ha dirigido el Schauspielhaus- metiendo y sacando junto a los calcetines y las camisas a dramaturgos y a actores: “Esa es la desgracia / que siempre necesitamos un actor al menos / al menos un dramaturgo”. En el segundo acto –“de una cloaca a otra”- deshacen el equipaje ya en Viena y descubren que algunos actores se han asfixiado y varios dramaturgos han enmohecido: “No hay nada que hacer / el teatro es precisamente un proceso mortal”, afirma tajante. Y sobre los actores del Burgtheater que le aguardan: “Primero tenemos que hacer de todas esas ovejas seres humanos / para poder hacer de ellos actores”; y propone también enviar a la mitad de ellos al Hogar para Artistas de Inutilidad Pública.
    “Claus Peymann se compra unos pantalones y luego nos vamos a comer” es el segundo dramolette, y aquí el interlocutor de Peymann es ¡el propio Berhhard! Mientras se prueban pantalones sueltan cosas del tipo: “Unos pantalones que nos sientan tan bien Bernhard / tenemos la misma sensación de felicidad / que cuando hemos realizado / un Shakespeare que nos queda bien” o “Tenemos que reconocer / que probarse pantalones agota más / que un ensayo teatral”. Aprovecha Bernhard su conversión en personaje para lanzar una furiosa diatriba contra el teatro, que en el fondo encierra también un profundo amor: “Todo lo que tiene que ver con el teatro / lo odio más que cualquier otra cosa / odio el escenario / odio a los actores en el escenario / odio el mundo del teatro”. Peymann es un hombre de teatro, pero Bernhard no lo es: “Nada me resulta más repulsivo / pero precisamente por eso estoy en manos del teatro / Usted está en sus manos por amor / Yo estoy en sus manos por odio”. Y luego, mientras comen y ponen de fascistas e imbéciles para arriba a todos los ministros, el director le pide al autor: “Como director de Burgtheater tengo verdaderamente la obligación / de reírme de la gente en sus narices / Escriba una obra Bernhard / en la que se ría de toda la gente en sus narices / una verdadera comedia grande y destructora / de reírse de la gente en sus narices / lleve alguna vez a la escena toda su desconsideración / todo su asco del mundo”.
    “Claus Peymann y Hermann Beil en la Sulzwiese” es el tercero. Sentados bajo un tilo y comiéndose un escalope frío, con Viena al fondo, Peymann y su codirector Beil se despachan sobre su experiencia de un año al frente del Burgtheater, sus terribles pesadillas, sus temores, sus neuras. “Lo que más me gustaría sería escenificar a la vez todas las obras de Shakespeare / y representarlas en una sola velada / comprimirlas todas en una sola”, afirma compulsivo el director. Y cuenta también la pesadilla en la que ve su propio entierro al que asiste solamente el Presidente, a caballo y con uniforme nazi, y los críticos, disfrazados de sepultureros. “Realmente un director es una aberración / en general el teatro es la cumbre de la insensatez”.
    “No es una comedia” es el aviso que coloca Bernhard bajo el título de la obra que completa este volumen, “Isabel II”. Herrenstein, un gran industrial de 87 años, inválido, enfermo y cascarrabias se aferra a la vida y a sus rutinas; tirano y a la vez patéticamente dependiente de un secretario que ni siquiera le es fiel. La obra es prácticamente un monólogo de Herrenstein que cuenta con la replica casi muda del secretario. Y por si fuera poco, y debido a una visita a Viena de la reina de Inglaterra, la casa se le llena inesperadamente a este recalcitrante misántropo.

     

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