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Festival en auge
Si algo queda claro del tercer Festival de las Artes de Castilla y León que se celebró en Salamanca del 1 al 16 de junio es que se trata de un Festival que está despegando, que ha superado algunas de las cotas que en buena lógica deberían haberse cumplido en años venideros, pero que todavía no ha alcanzado, ni mucho menos, su altura de crucero, por lo que el crecimiento cuantitativo y cualitativo debe mantenerse hasta llegar a conseguir los objetivos que se persiguen y que se intuyen.
Obviamente un festival se sustancia en sus propuestas, en sus programaciones. Este de Salamanca toca muchas ramas, la música pop, la electrónica, el graffiti, la música de proximidad, la danza y el teatro, tanto de interior como de calle. Esta advertencia, no por obvia, debe olvidarse, porque, además, existe una extensión por los barrios de la ciudad lo que le confiere una intención globalizadora que le dota de una mayor enjundia, al igual que todos los encuentros y cursos de y para profesionales que se organizan durante los días del festival.
Por las razones que tantas veces exponemos en nuestras crónicas, no pudimos asistir a todas sus representaciones, por lo que nos limitaremos a expresar nuestra opinión de lo presenciado y, limitando todavía más, a lo referente a teatro y danza de los días comprendidos entre el 5 y 9, es decir, una parte en la que no están incluidos algunos de los espectáculos más esperados y de mayor relieve de los programados.
Desde la desazón
Nuestro primer contacto fue con un viejo conocido, Charles Gonzales que presentó la última parte de su trilogía sobre mujeres singulares, la que empezó con Camille Claudel, siguió con Teresa de Ávila y termina con la dramaturga inglesa Sarah Kane. Trabajo unipersonal, en este caso recopilatorio porque hace mención a los anteriores, explicando el momento en que decidió convertirse en un Onagata, que son los actores japoneses que interpretan a mujeres. El texto sobre la vida, con retazos de su obra, sobre Kane impresiona. Es algo auténticamente espeluznante, su relación con la locura, su lucidez, sus propios textos autobiográficos. Se trata de un trabajo muy narrativo, muy lineal en cuanto a la no existencia de picos, pero que propone una comunicación muy racional, casi mental, lo que ayuda a provocar el estremecimiento y logra que esa mujer joven que vio su vida cortada bruscamente se nos aparezca como un ser que nos legó su angustia convertida en arte.
Teatro y danza colocados en un ámbito de contemplación, es la sensación que produce Helium, la propuesta de la compañía belga Mossoux-Bonte, en donde el dispositivo escenográfico nos parcela la visión, nos aleja para que sea un acto en donde no solamente la emoción accione los resortes participativos del espectador, sino que debe ir descodificando las imágenes, las relaciones, los movimientos, los propios juegos del aparato escénico que es casi un personaje. Un trabajo a nuestro entender muy colocado en lo conceptual, como algo distante, pero proporcionando momentos de gran belleza formal.
Manantial teatral
Absolutamente entregados a una realidad escénica magmática, exuberante, teatralizada hasta el límite, con un lenguaje de nuestro tiempo, un excelente trabajo en donde descubrimos, además, las fuentes de otros creadores. Estamos hablando de El sueño de una noche de verano que presentó la Schaubühne de Berlín con dirección de Thomas Ostermeier.
Desde que el publico entra por el propio escenario, es decir ultrajando el altar, desacralizando voluntariamente el tálamo creativo, hasta el último compás de la música en directo, asistimos a un auténtico festín, a un desbordamiento de lo teatral, en donde texto, acción, música, movimiento, interpretación y comunicación con el espectador forman un algo inconmesurable, una auténtica orgía de los sentidos artísticos. Descaro, provocación, aparente caos, pero un orden sagrado, una dirección invisible, una creación compartida por la dirección, la coreografía, la música y los dioses únicos: los actores que pueden crear y descrear, relacionase, cantar, bailar, en pos de un espectáculo basado en Shakespeare pero con lenguajes adecuados a nuestros días y para el público de nuestros días. Inolvidable.
En otros parámetros, pero igualmente de fuerte raigambre teatral, es la propuesta de Pan.Optikum. Su Sueño de balón, un espectáculo de espacio abierto, delimitaba a los espectadores dentro de un campo de acción mecánico, pero en donde además de la movilidad de alguno de sus escenarios, el texto adquiría una considerable importancia.
Un texto que servía para ir colocando a los personajes dentro de un contexto muy identificable, y que la compañía alemana se esforzó en decir en castellano, muy bien trabajado para ser perfectamente entendible. Texto, acrobacias, música en directo, proyecciones de vídeo, pirotecnia, iluminación. La técnica al servicio de la creación, ya que los dispositivos tecnológicos eran importantes, pero nunca apoderándose del discurso estético.
Un trabajo sólido que denuncia la locura futbolística, la búsqueda del éxito a cualquier precio, lo que tiene de manipulación por su insistencia y uso político que provoca unas emociones identitarias populistas que para muchos ciudadanos son una alienación evidente.
Escrito en el tiempo
Theremin, de la compañía danesa Hotel Proforma nos pareció un trabajo tan delicioso en su perfección, estética, ritmo, coherencia interna y trabajo técnico, como frío y desconcertante en cuento a lo que se nos explicaba. Probablemente se trata de descifrar algunas claves que en ningún momento logramos aprehender. Pero queda en nuestro recuerdo este acercamiento al pionero de la música electrónica y de sus virtuosos.
Valiente en sus planteamientos nos pareció Plonter de la compañía Camerí Theatre of Tel Aviv, una creación colectiva con actores judíos y árabes, sobre la guerra que sufren en sus carnes. Mostrando la vida de dos familias de ambos grupos enfrentados, demuestran la existencia de otras pulsiones vitales además de la maldita guerra, pero sin obviar pasajes que muestran el fanatismo o la tortura, pero dejando claro que también hay, en ambos lados, quienes están a favor de la paz, que no todo es militarismo y muerte.
Por momentos parece una obra muy voluntariosa, teatralmente expresada en estética de urgencia, con una escenografía tan sencilla como eficaz al evocar el muro que se está construyendo y con momentos en donde, dentro de la tragedia, tienen cabida destellos humorísticos. Y, sobre todo, humanos.
Hip hop escenificado, con dramaturgia, con alarde técnico, muy bien estructurado es lo que presentó Franck II Lousie y su Drop it!!, en donde hay una lucha entre la masa y el individuo, entre el ser robotizado y el ser libre de corazas, fuera de la convención social, buscando su propia identidad. Un trabajo corto, pero muy intenso, con bailarines realmente espectaculares.
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