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Luz negra
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Una bella alma desolada
En la madrugada del 1 de julio de 1904, el doctor Schwörer llamó a la recepción del hotel Sommer y pidió que le subieran una botella de champán. El doctor había sido llamado con urgencia para atender a una persona que se encontraba en grave estado. “Me muero. Todo es inútil”, le dijo sereno el moribundo antes de pedirle la botella de champán. Tras vaciar su copa se acostó de lado y murió. El fallecido era un médico y escritor ruso de 44 años que desde su juventud había arrastrado una terrible tuberculosis: Antón Chéjov. Había llegado días antes a Badenweiler, pequeña ciudad alemana acompañado sólo por su mujer, la actriz Olga Knipper, con quien se había casado tres años antes. “Tres rosas amarillas” es el título de un bello relato del norteamericano Raymond Carver que narra estas últimas horas de la vida de Chéjov. Con este episodio termina la peculiar y escueta y hermosa biografía del dramaturgo ruso escrita por Natalia Ginzburg.
Refiriéndose al autor ruso, afirma: “A los rasgos que provocaban sonrisas, Chéjov les sumaba la emoción, la melancolía, la piedad y el dolor. Y si el lector derramaba alguna lágrima, el escritor tenía siempre los ojos secos. Los personajes opinaban y comentaban, pero el escritor no ofrecía comentario alguno. No daba la razón a nadie ni se la quitaba. Chéjov era un escritor que nunca hacía comentarios”. Y ese es el milagro de esta biografía, Ginzburg consigue ese mismo tono que el escritor ruso dominaba de forma tan magistral; retrata a Chéjov a la manera de Chéjov: sin comentarios, sin énfasis, desapareciendo, dejando que hablen los personajes.
Y esto mismo es lo que provocaba que Tolstoi detestara el teatro de Chéjov, que lo consideraba blando, poco consistente, amoral, ya que no ofrecía nunca ninguna solución a los más graves problemas de la existencia. “Como ya sabrá –llegó a decirle en una ocasión- detesto a Shakespeare, pero las comedias que usted escribe son todavía peores”. Sin embargo adoraba sus cuentos. Esta fraterna relación entre los dos grandes escritores rusos, a los que más tarde se uniría Gorki, es una de las líneas calientes de este sutil librito. De Tolstoi llegó a decir Chéjov: “Es un ser extraordinario, un ser casi perfecto. Nunca he querido tanto a nadie como a él. Yo no soy creyente, pero de todos los credos, el suyo es el que siento más cercano”.
Por eso mismo también sus obras no resultaban sencillas de dirigir. Un poco a contrapelo de lo que siempre se ha afirmado, Ginzburg incide en la falta de sintonía entre el autor y Stanislavski. En agosto de 1897 pasó Chéjov 15 días en Biarritz; de vuelta a Rusia su viejo amigo Danchenko le informó de la creación del Teatro del Arte de Moscú y le pidió permiso para representar “La gaviota” que había sido estrenada el año anterior en San Petesburgo cosechando un estruendoso fracaso. Chéjov se fue al final del II acto: “Comió sólo en un restaurante. Luego caminó por las calles cubiertas de nieve”, escribe Ginzburg. No acudió al hotel donde le aguardaban su hermana María y Lika Mizinova, en la que el dramaturgo se había inspirado directamente para construir el personaje de Nina. El recuerdo era pues amargo, pero tanto le insistió Danchenko que aceptó. Al año siguiente “La gaviota” fue un éxito apoteósico. Pero esta vez Chéjov estaba lejos, en su casa de Yalta, de donde el médico le había prohibido salir. Algunos aspectos de la dirección de Stanislavski le parecían a Chéjov absurdos, como esa costumbre de introducir sonidos reales de relojes, timbres, grillos o ladridos de perros auténticos para dar sensación de realidad: “Es como si en la cara de una persona pintada en un cuadro se aplicara una nariz auténtica”.
Escribió sus cuatro grandes dramas en los últimos ocho años de su vida; antes había escrito dos obras iniciales: “Platonov” e “Ivanov”, y unas cuantas piezas cómicas breves. Pero eso sí, escribió relatos desde su juventud. Solía decir que la medicina era su legítima esposa, y la literatura, su amante, y que no tardaría en abandonar a esa amante; su enfermedad dictaminaría precisamente lo contrario.
Ginzburg nos presenta a un Chéjov siempre reacio al matrimonio. Conoció a Olga Knipper -actriz rusa de origen alemán- sobre el escenario, en 1897, a los 28 años de ella, en el estreno de un drama de Tolstoi. Tres años duró el matrimonio, y dados los continuos viajes de Olga y la precaria salud del escritor, apenas estuvieron juntos. “Nadie tiene la culpa si el diablo te ha metido dentro la pasión por el teatro y a mí, los bacilos de la tuberculosis”, le escribió a una Olga que se sentía culpable.
Sus relaciones con los editores, su estancia como periodista en la terrible colonia penitenciaria siberiana de Sajalín, sus desvelos por conseguir fondos con que levantar escuelas y hospitales para gente sin recursos…Todo está en estas diáfanas 83 páginas.
Un crítico dijo que el suyo no era teatro, que en él no sucedía nada, que no significaba nada. Otro escribió: “Predica un pesimismo optimista y un optimismo pesimista. No se sabe qué es”, pero se equivocaba a la mayor porque lo importante del teatro de Chéjov es precisamente que no predica nada. Otro, por fin, afirmó tras ver “Las tres hermanas”: “Ahí hay un alma desolada. Pero ese alma ha escrito una obra que hace que la vida sea bella”. Curiosamente Chéjov firmaba sus relatos con seudónimo y el teatro con su verdadero nombre. “En fin, la vida se vuelve cada vez más complicada y avanza por su cuenta quién sabe hacia dónde, y la gente se vuelve más y más tonta, se aparta cada vez más y se coloca en los márgenes de la vida”, escribió. El público amó siempre su teatro.
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