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Teatro y manta
Carlos Gil Zamora
Podríamos señalar que las noches en Olite han hecho recuperar la manta como elemento de uso para poder presenciar las obras de una manera confortable. Forman parte de la idiosincrasia del Festival.
Una programación significativa la de este año, con alguna presencia de rango superlativo, como es el caso de Steven Berkoff que llegó acompañado de algunos de los personajes más taimados, más aborrecibles, de la amplia obra de William Shakespeare, traídos a una convocatoria pública por el gran actor, un excelente director, y un magnífico dramaturgo: Steven Berkoff. Villanos explícitos, villanos ocultos, villanos voluntariosos. Yago, Ricardo III, Coriolano o Hamlet, llegan a este oratorio de hombres crueles de la mano de un bufón. Llegan a una convocatoria divertida, no para resaltar sus maldades, sino, precisamente, para que nos demos cuenta de que todos esos villanos son humanos, como nosotros, y que sus acciones violentas, sus ambiciones, sus ansias de poder, responden a diferentes procesos sicológicos, a una suerte de maldad genética, o simplemente a un placer por ver sufrir a los demás. Incluso a quienes hacen sufrir y matan, casi sin pretenderlo, como es el caso de Hamlet, el personaje que puede provocar mayor sorpresa al ser colocado en esta galería del horror y la crueldad. Una experiencia para reconocer en Berkoff el gran hombre de teatro que es y que se enfrenta en solitario a esos personajes y a unas introducciones que lo colocan como gran bufón.
Lo importante es la forma en la que nos aproxima a cada obra, a cada personaje, su dicción, su mímica, su capacidad de transformación, el saber conjugar la dureza de los textos, con una suerte de farsa, de esperpento que hace que resalte por un lado el propio texto y por el otro se engrandece con la interpretación. Con esa presencia escénica realmente fascinante.
Ni come ni deja comer
Aristócratas enamoradizos, plebeyos con grandes pulsiones eróticas, tramas, juegos, triángulos, lúcidos criados que enredan cualquier situación, forman parte de la comedia italiana de Lope, El pero del hortelano de la Compañía Rakatá, que sustituyó a Sueño de Invierno que ha suspendido toda su gira. Envidias, celos, dislates, abusos de poder en un juego estructural circular y con un final tan inesperado y estrambótico como feliz.
Este montaje cuenta con la dirección de Laurence Boswell, un inglés especializado en el teatro áureo español, que consigue un buen ritmo escénico, pero parece menos acertado en la parte de dirección actoral en cuanto a las relaciones físicas entre los personajes, aunque mantiene siempre una jerarquía posicional clásica. El equipo actoral mantiene un buen tono de comedia, exacerban los tipos, algunos dicen el verso de manera trabada, pero en general consiguen que se les entienda perfectamente y le dan sentido a lo que dicen.
Con acento navarro
Desde que se estrenó en el parisino Palais-Royal en setiembre de 1668, El avaro de Molière ha sido una de esas obras frecuentadas por todos los amantes del teatro por su gran calidad cómica, por una estructura dramática que funciona a la perfección como soporte de las intrigas y de los vicios denunciados, y que ha trascendido al lenguaje común, por lo que revisitar la obra, como hace la compañía del Teatro Gayarre, partir de una traducción y versión del valenciano Juli Leal con dirección del británico Alexander Harold, que dentro de su amplío currículo, encontramos la dirección de una de esas comedias míticas: Por delante y por detrás,
nos coloca ante una lectura que debería aportarnos alguna novedad.
En este montaje encontramos una limpieza léxica, una posibilidad más evidente para descubrir la parte de denuncia de la avaricia como una obsesión, la desconfianza como método, la tiranía doméstica, incluso el egoísmo del burgués que se cree capaz de comprar todas las voluntades, incluso de comprar el amor. La peripecia de la obra nos lo castiga y el avaro Harpagón queda solo, sin amor, que triunfa con los jóvenes que rodean la trama, pero recuperando el cofre donde guarda sus monedas de oro. Una lección de Molière para su época que hoy es recibida con otras graduaciones y comprensiones.
En la función presenciada se nos quedaron los personajes en tipos, el espacio constriñendo los movimientos, la iluminación muy poco eficaz, las evoluciones escénicas más obvias muy marcadas, notándose excesivamente su esfuerzo y no la organicidad, y los desequilibrios del reparto se evidenciaban de manera palmaria. La escenografía muy referencial y de bajo perfil, lo mismo que el vestuario que recae en el estilismo de época.
Y además
Estas tres funciones fueron las que presenciamos en directo, arropados en nuestros jerseis, pero la programación fue mucho más amplia y cargada de interés, con obras que acabábamos de ver en otros festivales como El misterio del Cristo de los Gascones que Nao de Amores con dramaturgia de Ana Zamora parte de una imaginería religiosa, a partir de textos del siglo XV de varios autores, se realiza una versión libre sobre una estructura musical que mezcla la música litúrgica con la profana, con cancioneros de varios autores o fragmentos de misas, los actores, recitan, cantan, manipulan el títere que recuerda al original Cristo articulado de la Iglesia de San Justo de Segovia que acaba convirtiéndose en una muestra de lo que pudo ser un teatro antiguo, una revisión de los ancestros del teatro de inspiración cristiana, es decir de una corriente importante del teatro occidental. Un trabajo de gran estilo, de buena textura y de gran calidad.
También se vio el Cyrano de Teatro Meridional, diversos pasacalles de inspiración clásica, charlas y una exposición de fotografías sobre el propio festival bajo el título de Los Territorios del Teatro, de gran interés por ser puntos de vista diferentes de los procesos de montaje y preparación de las estructuras donde se desarrollan las actuaciones.
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