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Revista de las Artes Escénicas
Artez 129. enero 2008
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    A L'OMBRA DE ROBRENYO


    Odio a los putos mejicanos

    Ricard Salvat

    Entre el 16 y el 24 de Noviembre del 2007 tuvo lugar en la bellísima ciudad de Zacatecas, considerada patrimonio cultural de la Humanidad, la XXVIII Muestra Nacional de Teatro. Este encuentro consiguió un nivel de calidad artística muy elevado y nos mostró que el actual teatro mexicano se encuentra en un momento de gran madurez, admirable valentía política y alta efectividad moral. Dicho en otras palabras, el joven teatro mexicano que acabamos de conocer tiene la clara voluntad de arraigarse en la historia y la sociedad de su país. Los teatros llenos, los comentarios que oíamos de los espectadores, los encuentros entre las gentes de teatro para comentar los espectáculos del día anterior, vinieron a demostrarnos que estábamos enfrentados a un teatro empapado de la historia del país. Un teatro político en el más puro sentido del término. Pensamos en Erwin Piscator.
    La programación de la Muestra que nos ocupa vino a enseñarnos que se está produciendo una admirable ruptura generacional. Algo parecido a lo que en pintura sucedió en la Exposición Universal de Osaka, Japón (1970). Da la casualidad que algunos de los cuadros de esta exposición histórica se encuentran precisamente en el bellísimo Museo Abstracto de Zacateas. A nuestro entender ha surgido una nueva promoción de autores, directores y actores llenos de sentido del riesgo, altamente divertidos y muy políticamente incorrectos. Dispuestos siempre a plantearse cuál es el teatro que conviene a las clases populares y qué temas pueden interesar a la juventud.
    Los autores constituyeron para nosotros un verdadero descubrimiento: Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio, Agustín Morgan, Edgar Chías, Mauricio Jiménez (autor adaptador), Concepción León, Alejandro Román, Luna Avante, Enrique Olmos... Aunque su obra no fue elegida y por esta razón los jurados del comité seleccionador fueron ampliamente criticados, estuvo presente Martín Zapata, un dramaturgo de gran interés. También siguió los actos del Festival Jaime Chabaud, director de la revista Paso de Gato. Al regresar y pasar por México D.F pudimos ver su admirable obra Rashid 9/11. Podríamos añadir algunos de los autores que descubrimos gracias a los Cuadernos de Dramaturgia Mexicana, que edita precisamente la mencionada revista: Hugo Abraham Wirth, Carmina Narro, Rafael Enrique Martínez Guerrero, Jorge Celaya.
    Este grupo generacional se halla entre los 35 y 45 años (Román por ejemplo nació en 1975 y Chabaud en 1966). Da la impresión que no tienen demasiadas dependencias de los maestros anteriores, aunque alguno de ellos nos confesaba su admiración por Oscar Liera (1946-1990) o por Jesús González-Dávila (1940-2000), figuras que quedaron un poco laterales en relación a la generación anterior. Nos referimos a la que capitanearon Emilio Carballido y Vicente Leñero. También tuvimos la impresión de que las enseñanzas de Víctor Hugo Rascón Banda estuvieron muy presentes en la Muestra de Zacatecas. Su brutalidad narrativa, su tono denunciatorio de la realidad, sus características de teatro-documento, su referirse continuamente a realidades olvidadas como son la vida de los indios aborígenes, eran un referente para la mayoría de los autores que conocimos.
    De todos los dramaturgos presentes en la Muestra destacó Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio. Este creador es desmesurado en todo. Como puede verse tiene dos nombres y tres apellidos. Todo el mundo acaba llamándole Legom, o sea que usan las letras iniciales de su largísimo nombre. Legom además tuvo un trato de favor porque presentó dos espectáculos: ‘Las chicas del 3 ½ floppies’ y ‘Odio a los putos mexicanos’. La primera es una obra que ha tenido un gran éxito internacional y que ya lleva varios años en cartelera. En este texto se nos habla del mundo de la droga y de la prostitución y se nos presenta a dos viejas prostitutas medio yonquies, algo subnormales con tendencias lésbicas que vienen a mostrarnos un mundo absolutamente falta de sentido, un mundo que prácticamente habría que conducir al suicidio si no tuvieran una y otra protagonista una especie de cariño mutuo y un extraño sentido de la esperanza en un futuro mejor, que posiblemente no llegará nunca.
    Odio a los putos mexicanos constituyó la gran aportación de la Muestra. En ella se denuncia el terrible trato que reciben los inmigrantes mexicanos en los Estados Unidos. Sobre este particular habíamos leído algunas noticias en los periódicos pero el planteamiento de Legom consigue que tengas que enfrentarte a una realidad terrible y sobre la que se te da información que sorprende por la brutalidad, crueldad y desesperación que comporta. Por lo visto, los pobres sudamericanos y, muy concretamente los mexicanos, no sólo tienen que enfrentarse al odio de los blancos (los WASP) sino muy especialmente al de los afroamericanos. El desprecio de que son objeto se va repetidamente diciendo con frases que machaconamente socavan la seguridad del público. El continuo repetir “odio a los putos nigerianos” sinónimo de “afroamericano” y sobretodo “odio a los putos mexicanos” acaba produciendo un efecto cómico para unos, inaguantable para otros y en el fondo absolutamente catártico para todos. Legom es un gran creador verbal, posee a veces aquel salvaje sentido del idioma que tenía casi siempre Valle-Inclán. Su obra es casi una cantata con momentos de una belleza inesperada en donde el mejor Buñuel, el de la época mexicana, estaba siempre presente.
    Por lo que vimos, ‘Las chicas del 3 ½ floppies’ ha marcado época y nos dio la impresión que los otros autores presentes en Zacatecas insistían en la denuncia de la prostitución, de los crímenes indiscriminados, del mundo del narcotráfico. Alejandro Román llega a denunciar con nombres y apellidos a los grandes jefes del macro mercado de la droga y evoca cuatro terribles hechos reales. En Cielo rojo, sorprendió la brutalidad de la propuesta que hablaba de la famosa lucha entre narcotraficantes en donde una noche en un local nocturno se lanzaron cuatro cabezas cortadas sobre la pista de baile. Algo parecido presentó también Edgar Chías en ‘Crack, o de las cosas sin nombre’. En esta ocasión se denunciaba a los narcomenudistas ciudadanos.
    Se tratan temas de hoy, asuntos que quizás leemos en los periódicos y pasamos rápido sobre ellos... Pero ahí están y las obras que vimos en Zacatecas no los quieren olvidar. Pensamos que es una gran lección a seguir. Después del último gran cine mexicano, ¿habrá llegado la hora del teatro mexicano?

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