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Festival
de reflexiones
Los
III. Encuentros Profesionales del Teatro Vasco, celebrados los pasados
5 y 6 de noviembre en el marco del Festival Internacional de Teatro
de Santurtzi, reunieron en el Serantes Kultur Aretoa a los actores
del hecho escénico para debatir en torno a los festivales,
sobre el cómo se ha llegado a la situación actual,
sus retos de futuro, pero también sobre su validez. Ricardo
Bilbao, exdirector de Difusión Cultural del Gobierno Vasco,
y uno de los interlocutores válidos según
el moderador Carlos Gil, justificó estos encuentros con el
anuncio de la creación de concertaciones con compañías
para el 2002, tema que se trató el pasado año.
Borja
Relaño
Del
título, Un país de festivales o un festival de país,
todos los asistentes a estas terceras jornadas, tanto los invitados
a las diferentes mesas de debate como los profesionales que asistieron,
dieron un sí a la primera parte del enunciado, recalcando
la necesidad de mantener y consolidar ese tipo de encuentros entre
las artes escénicas y los públicos. No obstante, supeditaron
su apoyo al cumplimiento de unos objetivos que les den sentido,
entre los que coincidió casi unánimemente el de ser
un complemento de una programación anual estable, no su sustituto.
Modelos del exterior
Desde lo general hacia lo concreto, las jornadas estuvieron divididas
en tres mesas que comenzaron con las visiones aportadas desde otros
marcos geográficos. Los encargados de dar perspectiva al
debate fueron Pepe Bablé, Director del Festival Iberoamericano
de Teatro de Cádiz, Rubén García, Director
del Festival de Ribadavia, Joan Ollé, Director del Festival
de Sitges hasta su última edición y el crítico
y profesor de la UPV Pedro Barea.
Bablé se mostró en defensa de la especificidad de
los festivales y de la función de corolario de la programación
anual, aunque también aseguró que los mejores se dan
en los polos opuestos: en los lugares donde hay mucha programación
estable y en los que hay poca. Asimismo, destacó la función
social de los festivales, y puso como ejemplo el que considerá
el mejor del mundo, el de Bogotá, ya que durante su mes de
duración la delincuencia en la ciudad baja en un 70%. En
su opinión, hay que adobar los festivales con otras actividades
en lo que llamó la dinámica de guerrillas,
una dinamización del entorno que ofrece algo más que
lo artístico.
Joan Ollé, director dimisionario por falta de presupuesto
del Festival de Sitges, se manifestó en favor de la adaptación
al paisaje, labor que Sitges ha tenido que acometer en varias ocasiones,
porque un festival nunca se suicida. Entre las obligaciones de los
festivales, Ollé situó la de dar oportunidades al
creador, el deber de contar con espectáculos en los
que su programador no confíe e incluso, aborrezca.
Un pesimista Rubén García explicó de forma
escueta la historia del Festival de Teatro de Ribadavia, una cita
anual que nació como punto de encuentro del teatro gallego
y que ha pasado a convertirse en un mero escaparate del teatro
internacional, por lo que abogó por una vuelta a los
orígenes, a la muestra nacional de teatro y con formato de
festival. Por su parte, Pedro Barea se limitó al teatro universitario,
aseverando que los eventos organizados en ese marco han sido tradicionalmente
endogámicos aunque actualmente existe una tendencia
a colaborar con los organizados por las ciudades.
Circuitos festivaleros
A sugerencia de Carlos Gil, moderador de las mesas, el debate se
centró en lo que llamaron espectáculos festivaleros
y público festivalero, momento en que surgieron diferentes
opiniones. Mientras que los organizadores negaron la existencia
de producciones creadas para circuitar por festivales, e incluso
Julio Perugorria, como productor, tachó de peligroso el poner
apellidos al teatro, varios de elos admitieron que la utilización
de espectáculos comerciales puede ser beneficiosa para los
festivales y recalcaron la necesidad de una programación
equilibrada. En cuanto al público festivalero, reconocieron
su existencia, si bien lo consideraron como un potencial que se
puede fidelizar.
La segunda de las mesas se centró en los modelos existentes
en el panorama vasco, para lo que se acudió a los ejemplos
más particulares. Félix Petite, Director del Festival
Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz, expuso las razones de
la falta de concentración de espectáculos en su festival,
que atribuyó a la necesidad de dar la oportunidad al público
de la ciudad a asistir a todo lo programado, y aunque reconoció
que la temporada invierno-primavera de la capital alavesa es de
mayor calidad, justificó la denominación de festival
por la repercusión mediática que la palabra tiene.
Concha de la Casa, desde el Festival de Títeres de Bilbao,
se centró en los beneficios que el evento que organiza anualmente
la asociación Pantzerki ha aportado tanto a la ciudad como
a la plano artístico, y es que en su opinión, el festival
ha contribuído en la formación de futuros espectadores,
así como en la creación de la profesión.
Capacidad
de adaptación
El organizador de las Jornadas de Teatro de Getxo, Iñaki
Saitua indicó que durante las casi veinte ediciones celebradas,
esta cita habitual en el mes de octubre ha pasado por varias fases.
Nació como culminación a la temporada en la que participaban
compañías vascas, aunque pronto se combinó
con trabajos de formaciones de otro origen, como Atalaya, o Silvia
Munt. Durante dos años hubo un foro de debate tras las representaciones
aunque la propuesta se dejó de lado por falta de afluencia.
Desde 1989 las Jornadas de Getxo se limitan al teatro vasco con
lo que según Saitua se ofrece un apoyo que el teatro vasco
necesita, y al mismo tiempo, se ofrecen espectáculos para
todos los públicos, desde el infantil hasta el adulto, a
precios asequibles, con lo que se generan nuevos espectadores.
La intervención de Imanol Agirre, Director del Festival Internacional
de Teatro de Calle de Lekeitio estuvo protagonizada por la lectura
de una carta a un destinatario llamado Patxi, mediante la cual,
Agirre desgranó los objetivos que a su modo de ver, tiene
que cumplir un festival, y que se resumen en cuatro puntos: la búsqueda
de la identidad cultural; el convertirse en acontecimiento para
el lugar mediante la originalidad, el riesgo y la participación;
y que las diferentes tendencias que aglutine sirvan para crear escuela.
Del de Lekeitio remarcó su visión nacional, de encuentro
del país de los vascos, presente con la participación
de compañías de Lapurdi, Zuberoa y Nafarroa. Agirre
se mostró tajante ante las ferias, asegurando que no le agradan,
que son poco dignas dada la falta de riesgo.
La última de las ponencias corrió a cargo de Fernando
Pérez, del Bilbao Antzerkia Dantza, quien en alusión
a la presentación que realizó el moderador Carlos
Gil, quien más tarde la tachó de desafortunada, aseguró
que ningún festival es inútil. En cuanto al BAD, encuentro
que nació con vocación de buscar nuevos públicos,
remarcó los avances de la tercera y última edición
celebrada, en la que externalizaron empresas especializadas los
ámbitos de trabajo, desde la comunicación hasta la
producción.
El debate que sucedió a esta mesa hizo frente a la falta
de estructura a la que aludía la segunda parte del título,
...o un festival de país, quedando clara la necesidad de
crear un mapa de festivales para facilitar sinergias y un proyecto
de marketing que consideraron fundamental. Del mismo modo, hubo
propuestas para consolidar dos o tres eventos de gran magnitud que
actuarían como motor de las artes escénicas en Euskal
Herria, y mantener el resto calificados como jornadas o muestras.
Sectores implicados
La tercera mesa, que tuvo que dividirse en dos por la gran cantidad
de participantes, tenía como objetivo dibujar una visión
de futuro y la acción conjunta de las partes implicadas.
En representación de éstas últimas asistieron
Toño Pinto de la asociación de productoras Eskena,
la distribuidora Elisabet Albisua, el programador de las Jornadas
de Teatro de Eibar Juan Ortega y Mikel Aspiazu, de la Asociación
de Amigos del Teatro Txema Zubia. Los que están directamente
implicados en la producción, Pinto y Albisua, expusieron
la igualdad de condiciones que se dan entre los contratos para participar
en los festivales vascos y los que se atienen a una programación
habitual.
Juan Ortega apostó por los festivales que arriesgan en su
programación, pero involucró en ello a todas las partes,
pidiendo a las administraciones, distibuidoras y compañías
la asunción de esos riesgos al considerar a los festivales
como eventos de exhibición que también potencian la
contratación de los participantes.
Mikel Aspiazu, quien actuó como delegado de los espectadores,
recordó que el verdadero objetivo del teatro es el público,
y que por ello hay que acercar el teatro al espectador. Manifestó
su preferencia por la utilización del dinero que se dedica
a estos eventos especiales en mejorar la programación estable,
ya que también al público se le exige un esfuerzo
y que arriesgue durante la celebración de los festivales.
Posteriormente subieron a la mesa los representantes de las administraciones.
Ricardo Bilbao exdirector de Difusión Cultural del Gobierno
Vasco se mostró de acuerdo con la creación de un mapa,
un Proyecto Nacional de Festivales que requeriría una mayor
implicación institucional que la actual, pero no sólo
monetaria, sino de coordinación de la difusión. Los
representantes de las tres diputaciones, Frantsis López de
la de Gipuzkoa, Pedro Sancristóval de la de Araba y Mikel
Etxebarria por la de Bizkaia hicieron publicos los datos de los
festivales que se dan en cada territorio y dieron el visto bueno
al la colaboración mediante la creación de una estrategia
mientras ésta no limite. A continuación se retomó
el debate del día anterior, analizando la posibilidad de
consolidar un Festival Nacional con extensiones, idea que aplaudieron
varios asistentes.
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