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Atxaga
me decía que yo era capaz de hacer teatro con la lista de
teléfonos
Apenas
ha tenido tiempo de disfrutar del galardón que le concedió
el pasado día 19 de marzo la Asociación de Espectadores
'Txema Zubia' y que no pudo recoger personalmente porque estaba
en Almería rodando una película de Álex de
la Iglesia. Pero Ramón Barea pudo celebrar el Día
Mundial del Teatro poniendo su voz en la lectura del manifiesto
redactado por Girish Karnad, dentro de los actos conmemorativos
organizados en Bilbao. La charla que ARTEZ mantuvo con Barea poco
antes de comenzar esos actos muestran a un artista con 35 años
de experiencia, que desarrolla su actividad "en casi todas
las facetas del teatro y del cine. No soy un anti-televisión
asegura pero los proyectos en este medio son demasiado
largos".
Joseba
Gorostiza
Hoy
es el Día Mundial del Teatro y te han designado para leer
el Mensaje que ha escrito Girish Karnad. Apenas te queda tiempo
para disfrutar del galardón Txema Zubia.
Yo me encuentro en mi salsa cuando afronto este tipo de momentos
que a un ciudadano normal pueden agobiarle. Me he formado aquí
y es un motivo de satisfacción que hayan contado conmigo.
El premio Zubia me aporta una ración de mimos que en un momento
determinado te vienen muy bien. Es una carantoña que agradezco.
Karnad habla sobre el caos ocasionado por los diablos que impiden
a los actores hablar y moverse y que les paralizan la memoria. Si
eso ocurriera sería el final del teatro ¿no te parece?
Esa es la parte terrible del teatro; lo que conocemos como 'miedo
escénico'. Es decir, el temor a salir al escenario y pensar
que se te va a olvidar el texto, te vas a confundir... Lo peor que
le puede pasar a un actor es padecer esos temores, que además
son los más enraizados. En mi caso, hacía muchísimo
tiempo que no afrontaba esa sensación y la he recuperado
durante la puesta en escena del monólogo Sobre los perjuicios
que causa el tabaco. Al trabajar solo, cosa que no había
hecho nunca, he recuperado esos temores, porque se añade
el riesgo de que no hay quien te tape.
Aunque Girish Karnad recuerda que 'para que exista el teatro
no hace falta más que un actor y un espectador, mal futuro
tendría con tan poco público.
Él hace una metáfora sobre una relación que
es muy directa en torno a alguien que actúa y a alguien que
mira. Si hubiera un sólo espectador sería verdaderamente
triste, aunque lo peor es que entre el actor y el espectador intervienen
políticos, concejales de cultura y gente así. A mi,
curiosamente, al acto de hoy (el de celebración del Día
Mundial del Teatro) me ha invitado el Concejal de Cultura. Y no
lo entiendo porque, en todo caso, seríamos los actores quienes
tendríamos que invitarle a él. Cuando aparecen esos
'intermediarios' entre el que está en el escenario y el que
está abajo, son los que nublan la comunicación y los
que confunden.
Comenzaste en el teatro en 1967 con Akelarre en Luces de Bohemia,
bajo la dirección de Luis Iturri. ¿Como fue tu proceso
de formación?
Yo soy autodidacta. Cuando entré en Akelarre tenía
17 años y para entonces ya hacía teatro como aficionado.
Con 19 años entré en Cómicos de la Legua. Ahora
que me veo en la distancia y veo el plan de vida que tienen mis
hijos, me percato de mi precocidad y de lo claro que tenía
el querer ser actor. De hecho, la decisión de convertirme
en actor profesional la tomé estando en Cómicos de
la Legua, con 23 años.
Al margen de los textos, tienen algo que ver las producciones
de entonces y las actuales.
Las diferencias son muy grandes porque, en el caso de Akelarre,
se trataba de una asociación de espectadores que pagaban
una cuota por ver teatro y sólo se hacía una función
de cada obra. Había dificultades de censura y había
una legislación que hablaba del teatro como si se tratase
de una 'cámara de ensayo' que no permitía hacer funciones
comerciales. Sólo se podían hacer una o dos funciones,
como fue el caso del primer trabajo con Akelarre. Hasta el año
setenta y tantos la obra no se mostró en circuitos. Akelarre,
aunque no fue pionero del teatro independiente, impulsó lo
que se definió como sociedad de espectadores.
Tanto en Cómicos de la Legua como en Karraka alternaste
las facetas de actor, director, guionista, profesor...
Bueno la faceta de dirigir y de escribir se generó de una
manera totalmente natural, porque en aquella época entendíamos
el teatro como eso que se definió como 'trabajo colectivo'.
Tal vez por esa razón no firmé ninguna dirección.
Era una época semi-romántica o semi-reivindicativa
en la que todos integrábamos un mismo equipo. Como sucede
en el teatro independiente no había ninguna 'estrella' porque
pretendíamos reivindicar lo colectivo frente a esa especie
de 'estrellato individual'.
¿Fueron
épocas de mayor compromiso social, estético, artístico
y político?
Sí. En Cómicos de la Legua resultaba clarísimo.
Las obras tenían a veces mayor atractivo político
que estético. Conjugar lo ideológico con lo estético
era un equilibrio muy complicado porque el espectador estaba más
ávido por participar en espectáculos colectivos que
reafirmaran su identidad política. Luego, en Karraka, ya
en la democracia, ocurrió que a los viejos militantes-espectadores
les dejó de interesar el mensaje y de repente entró
la pasión por los clásicos. Fue un borrón y
cuenta nueva un tanto extraño que a la gente nos desconcertó
por el tipo de teatro que había que hacer y porque en el
teatro comercial se hacían obras que se consideraban patrimonio
del teatro independiente.
El año pasado estrenaste el monólogo Sobre
los perjuicios que causa el tabaco. ¿Parece que resultó
toda una aventura?
Bueno, aquello de que una becaria del Gobierno Vasco encontró
el texto fue una bella mentira, porque el punto de partida era que
Luque Tagua, tenía la intención de crear en La Fundición
un espacio en el que se mostrasen trabajos planteados como puro
ejercicio. El texto de Chéjov lo tenía en una carpeta
a la que había dado muchas vueltas hasta que vi la oportunidad
de hacerlo, en una versión muy fiel en el sentido de tirar
de los propios hilos que propone en torno a la convivencia, los
miedos,...
También te enfrentaste al reto de adaptar y dirigir las
aventuras de Banbulo, de Bernardo Atxaga.
Desde los primeros trabajos que hicimos en Cómicos de la
Legua, he tenido una relación muy especial con Atxaga. Algunas
de ellas, como Tripontzi Jauna, Navarra 1500 y otras obras de marionetas,
fueron las primeras intervenciones que Atxaga tuvo como autor teatral.
Luego tuvimos un proyecto en torno a un drama de Eva Perón,
pero nunca había hecho nada de él. Cuando surgió
por parte de Txalo la posibilidad de hacer un espectáculo
familiar me agradó la idea porque el texto es muy dialogado
y porque, sin separarnos demasiado de la obra literaria, resultaba
muy adaptable para el teatro.
Por cierto el nominado a los premios Max ha sido Atxaga, a pesar
de que él escribió un cuento. ¿Cómo
es eso?
En la época de Cómicos Atxaga me tomaba el pelo cuando
me decía ¿Para qué quieres buscar en
la literatura o en el teatro si eres capaz de hacer teatro con la
lista de teléfonos? Lo cierto es que éramos
un poco vampiros de la literatura. Salvo ahora, en la época
de Txalo, o antes, con Karraka, siempre he trabajado sobre textos
robados a la literatura, como novelas, cuentos o ensayos. En este
caso, aunque haya un trabajo fiel de adaptación, la creación
del perro y también los diálogos son de Atxaga y es
lógico que el nominado sea él.
¿Qué proyectos tienes para este año?
Txalo me ha propuesto retomar dos espectáculos que creamos
en la última época de Karraka, con parte del mismo
equipo. Ello me permite resarcirme de dos frustraciones que yo tenía,
porque Hoy última función se representó poco
más de veinte veces y Palabrarismos sólo se escenificó
en Bizkaia. En la primera actuaremos Itziar Lazkano y yo, que fuimos
quienes representamos la obra al principio y en Palabrarismos, que
está pensada para exhibirse en pequeñas salas, actuaré
junto a Esther Velasco, Paco Sagarzazu y Jone Irazabal. Personalmente
me va a permitir quitarme una espina que tenía clavada porque
hay un montón de gente joven que nunca me había visto
actuar en teatro.
¿Cuál es la situación del teatro en Bilbao
y Bizkaia?
Tras la desaparición de productoras históricas como
Geroa, Tarima o Karraka, se ha reorganizado el panorama
principal de producción y se ha trasladado hacia Gipuzkoa.
Allí están Txalo, Tanttaka y otras compañías
que realizan las producciones más potentes. A mi me da la
impresión que si se crease un Centro Dramático Nacional
vasco, debería estar en Bilbao porque si alguna provincia
tiene capacidad para mantenerlo, esa es Bizkaia. Curiosamente, el
Arriaga mantuvo una política en la que los grandes eventos
se limitaban a la zarzuela y, muy al final, con producciones de
teatro como Rómulo o la de Juan de Alzate con Marsillach.
Pero en Euskadi ya debería de existir una compañía
estable, bien municipal, un CDN o lo que sea. Aquí no se
puede contestar al teatro oficial porque no existe. Las supuestas
subvenciones que se conceden son mínimas si se tiene en cuenta
el dinero que mueven en sus producciones compañías
como Tanttaka, Txalo o Markeliñe. Son una ridiculez. El tanto
por ciento del dinero que se concede es muy pequeño en comparación
con las cantidades que invierten las compañías.
¿Qué opinión te merece la actual gestión
y programación del Arriaga?
El problema del Arriaga es que tiene que replantearse su futuro,
porque no ha sabido crear un estilo ni un público. Me parece
que los precios establecidos son carísimos y eso es quitarse
a los jóvenes de un plumazo. Tampoco estoy de acuerdo con
que la reducción del precio sea por las entradas de arriba.
El Arriaga es una oportunidad perdida, porque como monumento arquitectónico
es muy bonito, pero como sala de teatro resulta injusta para el
espectador. Hay entradas baratas con las que o no se ve o no se
escucha en óptimas condiciones.
¿En
qué situación está el teatro en el Estado español?
Cataluña me parece la vanguardia en muchos sentidos y en
el teatro también. Además de compañías
propias tienen la gran tradición de querer a la producción
cultural. Aquí querían mostrar logros culturales rápidos
y se conformaron con crear una Orquesta, una radio o una Televisión,
pero no se atrevieron a crear un Centro Dramático Nacional,
ni una Escuela o un Instituto Oficial de Teatro. El teatro de Madrid,
por su parte, me resulta un poco chapucilla.
¿Más rancio quizás?
Sí, y eso que el movimiento teatral independiente madrileño
es más ácido, más irónico. En el resto
de las Autonomías, mientras tanto, se están realizando
producciones muy buenas, aunque la prensa considere que sólo
existen Madrid y Barcelona y se minusvalora la periferia.
Has participado como actor, director, guionista, adaptador, tanto
en teatro como en cine o en televisión
¿Te queda algo por hacer en la faceta artística?
De lo que es mi profesión, con todas sus ramificaciones,
no. Yo no pensaba ser director ni participar en el cine, pero es
algo que me ha llegado con el tiempo. Mi trabajo y mis ganas de
contar historias me han llevado a esos trabajos. Para el 2003 me
gustaría recuperar un estilo de trabajo que ya desarrollé
junto a Felipe Loza, cuando estábamos en La Galleta del Norte
y con el que me sentía muy cómodo. Será un
texto escrito por mi o junto con Felipe Loza.
Pero ¿en qué oficio te gustaría estabilizarte?
Lo que me complace es mantener todas esas facetas. Poder alternar
teatro, con cine y con un poquito de televisión me da estabilidad
económica y me permite continuar con mi forma de vida. Lo
que no me apetece es centrarme en la televisión, porque te
absorbe por un espacio de tiempo demasiado largo.
Estás enfrascado en el rodaje de 800 balas, la última
película de Álex de la Iglesia. ¿Cómo
ha sido la experiencia?
Es una película con eminente vocación comercial que
se estrenará probablemente tras el verano. Tiene un guión
muy bonito, con todos los ingredientes y tópicos de las películas
de vaqueros pero de corte totalmente contemporáneo.
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