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Artez 61. Mayo de 2002
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    “Atxaga me decía que yo era capaz de hacer teatro con la lista de teléfonos”

    Apenas ha tenido tiempo de disfrutar del galardón que le concedió el pasado día 19 de marzo la Asociación de Espectadores 'Txema Zubia' y que no pudo recoger personalmente porque estaba en Almería rodando una película de Álex de la Iglesia. Pero Ramón Barea pudo celebrar el Día Mundial del Teatro poniendo su voz en la lectura del manifiesto redactado por Girish Karnad, dentro de los actos conmemorativos organizados en Bilbao. La charla que ARTEZ mantuvo con Barea poco antes de comenzar esos actos muestran a un artista con 35 años de experiencia, que desarrolla su actividad "en casi todas las facetas del teatro y del cine. No soy un anti-televisión” –asegura– “pero los proyectos en este medio son demasiado largos".

    Joseba Gorostiza

    Hoy es el Día Mundial del Teatro y te han designado para leer el Mensaje que ha escrito Girish Karnad. Apenas te queda tiempo para disfrutar del galardón Txema Zubia.
    Yo me encuentro en mi salsa cuando afronto este tipo de momentos que a un ciudadano normal pueden agobiarle. Me he formado aquí y es un motivo de satisfacción que hayan contado conmigo. El premio Zubia me aporta una ración de mimos que en un momento determinado te vienen muy bien. Es una carantoña que agradezco.

    Karnad habla sobre el caos ocasionado por los diablos que impiden a los actores hablar y moverse y que les paralizan la memoria. Si eso ocurriera sería el final del teatro ¿no te parece?
    Esa es la parte terrible del teatro; lo que conocemos como 'miedo escénico'. Es decir, el temor a salir al escenario y pensar que se te va a olvidar el texto, te vas a confundir... Lo peor que le puede pasar a un actor es padecer esos temores, que además son los más enraizados. En mi caso, hacía muchísimo tiempo que no afrontaba esa sensación y la he recuperado durante la puesta en escena del monólogo Sobre los perjuicios que causa el tabaco. Al trabajar solo, cosa que no había hecho nunca, he recuperado esos temores, porque se añade el riesgo de que no hay quien te tape.

    Aunque Girish Karnad recuerda que 'para que exista el teatro no hace falta más que un actor y un espectador, mal futuro tendría con tan poco público.
    Él hace una metáfora sobre una relación que es muy directa en torno a alguien que actúa y a alguien que mira. Si hubiera un sólo espectador sería verdaderamente triste, aunque lo peor es que entre el actor y el espectador intervienen políticos, concejales de cultura y gente así. A mi, curiosamente, al acto de hoy (el de celebración del Día Mundial del Teatro) me ha invitado el Concejal de Cultura. Y no lo entiendo porque, en todo caso, seríamos los actores quienes tendríamos que invitarle a él. Cuando aparecen esos 'intermediarios' entre el que está en el escenario y el que está abajo, son los que nublan la comunicación y los que confunden.

    Comenzaste en el teatro en 1967 con Akelarre en Luces de Bohemia, bajo la dirección de Luis Iturri. ¿Como fue tu proceso de formación?
    Yo soy autodidacta. Cuando entré en Akelarre tenía 17 años y para entonces ya hacía teatro como aficionado. Con 19 años entré en Cómicos de la Legua. Ahora que me veo en la distancia y veo el plan de vida que tienen mis hijos, me percato de mi precocidad y de lo claro que tenía el querer ser actor. De hecho, la decisión de convertirme en actor profesional la tomé estando en Cómicos de la Legua, con 23 años.

    Al margen de los textos, tienen algo que ver las producciones de entonces y las actuales.
    Las diferencias son muy grandes porque, en el caso de Akelarre, se trataba de una asociación de espectadores que pagaban una cuota por ver teatro y sólo se hacía una función de cada obra. Había dificultades de censura y había una legislación que hablaba del teatro como si se tratase de una 'cámara de ensayo' que no permitía hacer funciones comerciales. Sólo se podían hacer una o dos funciones, como fue el caso del primer trabajo con Akelarre. Hasta el año setenta y tantos la obra no se mostró en circuitos. Akelarre, aunque no fue pionero del teatro independiente, impulsó lo que se definió como sociedad de espectadores.

    Tanto en Cómicos de la Legua como en Karraka alternaste las facetas de actor, director, guionista, profesor...
    Bueno la faceta de dirigir y de escribir se generó de una manera totalmente natural, porque en aquella época entendíamos el teatro como eso que se definió como 'trabajo colectivo'. Tal vez por esa razón no firmé ninguna dirección. Era una época semi-romántica o semi-reivindicativa en la que todos integrábamos un mismo equipo. Como sucede en el teatro independiente no había ninguna 'estrella' porque pretendíamos reivindicar lo colectivo frente a esa especie de 'estrellato individual'.

    ¿Fueron épocas de mayor compromiso social, estético, artístico y político?
    Sí. En Cómicos de la Legua resultaba clarísimo. Las obras tenían a veces mayor atractivo político que estético. Conjugar lo ideológico con lo estético era un equilibrio muy complicado porque el espectador estaba más ávido por participar en espectáculos colectivos que reafirmaran su identidad política. Luego, en Karraka, ya en la democracia, ocurrió que a los viejos militantes-espectadores les dejó de interesar el mensaje y de repente entró la pasión por los clásicos. Fue un borrón y cuenta nueva un tanto extraño que a la gente nos desconcertó por el tipo de teatro que había que hacer y porque en el teatro comercial se hacían obras que se consideraban patrimonio del teatro independiente.

    El año pasado estrenaste el monólogo “Sobre los perjuicios que causa el tabaco”. ¿Parece que resultó toda una aventura?
    Bueno, aquello de que una becaria del Gobierno Vasco encontró el texto fue una bella mentira, porque el punto de partida era que Luque Tagua, tenía la intención de crear en La Fundición un espacio en el que se mostrasen trabajos planteados como puro ejercicio. El texto de Chéjov lo tenía en una carpeta a la que había dado muchas vueltas hasta que vi la oportunidad de hacerlo, en una versión muy fiel en el sentido de tirar de los propios hilos que propone en torno a la convivencia, los miedos,...

    También te enfrentaste al reto de adaptar y dirigir las aventuras de Banbulo, de Bernardo Atxaga.
    Desde los primeros trabajos que hicimos en Cómicos de la Legua, he tenido una relación muy especial con Atxaga. Algunas de ellas, como Tripontzi Jauna, Navarra 1500 y otras obras de marionetas, fueron las primeras intervenciones que Atxaga tuvo como autor teatral. Luego tuvimos un proyecto en torno a un drama de Eva Perón, pero nunca había hecho nada de él. Cuando surgió por parte de Txalo la posibilidad de hacer un espectáculo familiar me agradó la idea porque el texto es muy dialogado y porque, sin separarnos demasiado de la obra literaria, resultaba muy adaptable para el teatro.

    Por cierto el nominado a los premios Max ha sido Atxaga, a pesar de que él escribió un cuento. ¿Cómo es eso?
    En la época de Cómicos Atxaga me tomaba el pelo cuando me decía “¿Para qué quieres buscar en la literatura o en el teatro si eres capaz de hacer teatro con la lista de teléfonos?” Lo cierto es que éramos un poco vampiros de la literatura. Salvo ahora, en la época de Txalo, o antes, con Karraka, siempre he trabajado sobre textos robados a la literatura, como novelas, cuentos o ensayos. En este caso, aunque haya un trabajo fiel de adaptación, la creación del perro y también los diálogos son de Atxaga y es lógico que el nominado sea él.

    ¿Qué proyectos tienes para este año?
    Txalo me ha propuesto retomar dos espectáculos que creamos en la última época de Karraka, con parte del mismo equipo. Ello me permite resarcirme de dos frustraciones que yo tenía, porque Hoy última función se representó poco más de veinte veces y Palabrarismos sólo se escenificó en Bizkaia. En la primera actuaremos Itziar Lazkano y yo, que fuimos quienes representamos la obra al principio y en Palabrarismos, que está pensada para exhibirse en pequeñas salas, actuaré junto a Esther Velasco, Paco Sagarzazu y Jone Irazabal. Personalmente me va a permitir quitarme una espina que tenía clavada porque hay un montón de gente joven que nunca me había visto actuar en teatro.

    ¿Cuál es la situación del teatro en Bilbao y Bizkaia?
    Tras la desaparición de productoras históricas como Geroa, Tarima o Karraka, se ha ‘reorganizado’ el panorama principal de producción y se ha trasladado hacia Gipuzkoa. Allí están Txalo, Tanttaka y otras compañías que realizan las producciones más potentes. A mi me da la impresión que si se crease un Centro Dramático Nacional vasco, debería estar en Bilbao porque si alguna provincia tiene capacidad para mantenerlo, esa es Bizkaia. Curiosamente, el Arriaga mantuvo una política en la que los grandes eventos se limitaban a la zarzuela y, muy al final, con producciones de teatro como Rómulo o la de Juan de Alzate con Marsillach. Pero en Euskadi ya debería de existir una compañía estable, bien municipal, un CDN o lo que sea. Aquí no se puede contestar al teatro oficial porque no existe. Las supuestas subvenciones que se conceden son mínimas si se tiene en cuenta el dinero que mueven en sus producciones compañías como Tanttaka, Txalo o Markeliñe. Son una ridiculez. El tanto por ciento del dinero que se concede es muy pequeño en comparación con las cantidades que invierten las compañías.

    ¿Qué opinión te merece la actual gestión y programación del Arriaga?
    El problema del Arriaga es que tiene que replantearse su futuro, porque no ha sabido crear un estilo ni un público. Me parece que los precios establecidos son carísimos y eso es quitarse a los jóvenes de un plumazo. Tampoco estoy de acuerdo con que la reducción del precio sea por las entradas de arriba. El Arriaga es una oportunidad perdida, porque como monumento arquitectónico es muy bonito, pero como sala de teatro resulta injusta para el espectador. Hay entradas baratas con las que o no se ve o no se escucha en óptimas condiciones.

    ¿En qué situación está el teatro en el Estado español?
    Cataluña me parece la vanguardia en muchos sentidos y en el teatro también. Además de compañías propias tienen la gran tradición de querer a la producción cultural. Aquí querían mostrar logros culturales rápidos y se conformaron con crear una Orquesta, una radio o una Televisión, pero no se atrevieron a crear un Centro Dramático Nacional, ni una Escuela o un Instituto Oficial de Teatro. El teatro de Madrid, por su parte, me resulta un poco chapucilla.

    ¿Más rancio quizás?
    Sí, y eso que el movimiento teatral independiente madrileño es más ácido, más irónico. En el resto de las Autonomías, mientras tanto, se están realizando producciones muy buenas, aunque la prensa considere que sólo existen Madrid y Barcelona y se minusvalora la ‘periferia’.
    Has participado como actor, director, guionista, adaptador, tanto en teatro como en cine o en televisión…

    ¿Te queda algo por hacer en la faceta artística?
    De lo que es mi profesión, con todas sus ramificaciones, no. Yo no pensaba ser director ni participar en el cine, pero es algo que me ha llegado con el tiempo. Mi trabajo y mis ganas de contar historias me han llevado a esos trabajos. Para el 2003 me gustaría recuperar un estilo de trabajo que ya desarrollé junto a Felipe Loza, cuando estábamos en La Galleta del Norte y con el que me sentía muy cómodo. Será un texto escrito por mi o junto con Felipe Loza.

    Pero ¿en qué oficio te gustaría estabilizarte?
    Lo que me complace es mantener todas esas facetas. Poder alternar teatro, con cine y con un poquito de televisión me da estabilidad económica y me permite continuar con mi forma de vida. Lo que no me apetece es centrarme en la televisión, porque te absorbe por un espacio de tiempo demasiado largo.

    Estás enfrascado en el rodaje de 800 balas, la última película de Álex de la Iglesia. ¿Cómo ha sido la experiencia?
    Es una película con eminente vocación comercial que se estrenará probablemente tras el verano. Tiene un guión muy bonito, con todos los ingredientes y tópicos de las películas de vaqueros pero de corte totalmente contemporáneo.

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