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En
Valladolid hay playa
Carlos
Gil, Valladolid
Polonia
era el país elegido para mostrar sus dramaturgias callejeras
en el tercer Festival Internacional de Teatro de calle de Valladolid.
Hubo campo teórico y exposición de sus producciones.
Quizás la estructuración teórica no acabe de
corresponderse con el discurso escénico, y siendo trabajos
donde se ve la tradición y la norma, se convierten, finalmente
en retóricos, quizás como una suerte de fidelidad
a unos principios que parecen superados por las circunstancias y
la rapidez con la que se avanza en la propuestas callejeras.
Valladolid consolida su Festival, va logrando unas programaciones
que abarquen todos lo géneros, categorías y disposiciones.
Se nota que el festival es asumido de forma progresiva y de un manera
orgánica y congraciada por la ciudadanía, y la selección
de sus programaciones logra concitar el interés de los públicos
de aluvión, los casuales y de los profesionales.
Se ha hecho un hueco en las agendas y en el calendario europeo de
las actividades de calle, tanto por la disponibilidad presupuestaria,
siempre incidente, como por la concepción del evento, su
distribución urbana y la categoría de los espectáculos
que se ofrecen al alcance de todos, en su inmensa mayoría
de manera gratuita.
Hemos visto trabajos de pequeño formato, trabajos unipersonales
que se mostraban en las vías neurálgicas de la ciudad
para regocijo de propios y extraños, trabajos donde lo unipersonal
era el espectador, entrando de uno en uno en Monsters de Le Serial
Théâtre de Francia, o de docena en docena, como en
Extrañezas de los andaluces de Producciones Imperdibles,
frente a macro espectáculos que podían concitar mayorías
diluyendo su mensaje en las lejanías.
De las propuestas polacas, apenas señalar su buena distribución
espacial, cuidadas coreografías, pero siempre con un retrogusto
religioso, místico, que nos deja ante una duda razonable,
pero, que a la vez, nos introduce en unas propuestas espacialmente
grandilocuentes, con buenas estructuras dramáticas expresadas
con estéticas desfasadas.
Algunos trabajos los veremos en los próximos meses por las
calles y plazas vascas, y uno que, de momento, parece que no llegará
al alcance de todos, y se trata de la ópera de calle Carmen
realizada por la francesa Compañía Off que puso a
todos de acuerdo, se trata de una magnífica idea, perfectamente
realizada y que logra la inquietud, el contacto palpable con el
riesgo físico, pero con la belleza del ordenamiento de más
de una veintena de artistas que perfectamente dotados para hacer
una ópera grotesca con precisión sinfónica,
y unos actores, acróbatas que además se expresan cantando
con calidad lírica de primer orden y de una manera impecable.
Un gran montaje, sugerente, imprescindible, que convierte ese espacio
cerrado que evoca a una plaza de toros portátil en un coso
de experimentaciones en donde la plástica, la música,
y la interpretación van creando un delirante y agradecido
mundo expresivo.
Hay muchos datos que apuntan a nuevos tiempos en el teatro de calle
que Valladolid sabe adelantar.
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