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Abierta
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En
la mitad del mundo
carlos
gil
El
aeropuerto es un cicatriz a tiralíneas en el corazón
de Quito. Viajamos con los sentidos activados para recibir algunos
signos de una realidad teatral ecuatoriana que conocemos fragmentariamente.
Vamos con destino al Sur de Quito. Estamos convocados a las II Jornadas
Internacionales de Artes Escénicas - Teatro en el Sur. La
primera paradoja es que al llegar vamos hacia el Norte de Quito,
muy al Norte, hasta Carapungo, allá justo al punto opuesto
de la convocatoria.
El Sur de Quito son varios barrios muy poblados que parecen pertenecer
a otro municipio. Como dicen allí, la Virgen de Legarda que
corona el monte Panecillo está de espaldas al Sur, mira al
Quito antiguo y señorial, al centro y al norte, que es donde
está la vida administrativa, burocrática, de ocio
y negocio y donde están las mejores dotaciones culturales.
En el Sur, en ese Sur que tardaremos unas horas en conocer, solamente
las iglesias de todas las evocaciones, algún centro comercial
realmente mastodóntico y los mercados, dotan a los barrios
de una cierta vida. El resto es dormitorio. O así lo parece.
Y no hay dotaciones culturales, ni mucho menos un teatro, una sala.
La hubo, pero surgieron problemas políticos y de allí
queda lo que se llama Centro Cultural del Sur, una de las entidades
convocantes. Una asociación cultural civil, de gentes con
buena voluntad que esperan dotar al Sur de un lugar donde poder
expresar la belleza y la creación. Hay alguna promesa: se
piensa en construir una Casa de Cultura en el Sur. Anida el escepticismo.
Alternativas
Hemos viajado animados por encontrar alternativas de producción
y de relación con los públicos. Un barrio deprimido
que recibe inyecciones de arte. Pero la realidad nos coloca ante
una nueva paradoja, esta vez indescifrable.
El coorganizador de estas Jornadas es Teatro de la Guaba, y aquí
se nos rompen los esquemas. Se trata de un lugar, de una supuesta
sala, pero está en el interior de una casa habitada, y es
un cobertizo, algo que a duras penas serviría para almacén
de un grupo europeo, pero que allí se llama Teatro donde
realizan actuaciones.
Por lo tanto, estamos ante unas Jornadas en donde los espacios que
visitamos no son aptos para una buena actuación, pero puede
más la voluntad. El auditorio, es un local anejo
a la Iglesia de la Magdalena, de unos trescientos metros cuadrados
diáfanos, donde hallamos futbolines y mesas de ping pong.
En estos dos espacios se celebran las representaciones, pero. hay
una serie de actuaciones programadas en el Teatro de la Universidad
Central, un local ampuloso, con una dotación técnica
mínima, pero suficiente. Allí, en el Centro, empiezan
las actuaciones de los grupos internacionales, pero como todo es
relativo, el primero es de la propia Escuela de Teatro de la Universidad
que nos llena de lenguajes escénicos superpuestos y un mal
sabor. Allí vemos al grupo Ensueños, unos titiriteros
argentinos que están recorriendo América con sus trabajos
y que colaboran en la organización. Su trabajo, Fantasías
de un niño grande apunta capacidades. Una historia melancólica
de dos viejos tanguistas como personajes centrales. Parece un trabajo
en proceso de creación.
En este escenario vemos a los colombianos de Teatro de Cali, con
Generación X, un trabajo de interpretación de tres
jóvenes actores que nos retratan una parte de la sociedad
colombiana. Se improvisa una escenografía, una iluminación,
quedan el actor y las dos actrices frente al público con
su gesto y su palabra.
Bajo el árbol
Habíamos
presenciado dos actos previos, en el Teatro de la Guaba. En el patio,
en un espacio natural bajo el gran árbol de la guaba. La
escuela de Teatro del Cronopio nos ofrece un trabajo muy dinámico,
con mucha energía, pero con amontonamiento de conceptos.
En el mismo espacio vemos a Susana Reyes interpretar Amakuma, un
trabajo que funde las raíces andinas con las técnicas
del Butho. Resalta la presencia magnética de la bailarina.
Las noches quiteñas son frías y al aire libre incomoda
la temperatura pese a las hogueras que enmarcan las actuaciones.
El Auditorio es incómodo para actuar y para presenciar, pero
allí se van sucediendo los trabajos de grupos ecuatorianos.
Vemos Tempranas nostalgias de Patricio Guzmán. Disfrutamos
de un excelente trabajo de Malayerba, Jardín de pulpos, un
bello texto de Arístides Vargas, con una puesta en escena
realmente importante y unas actuaciones que logran superar en la
representación presenciada todos los inconvenientes técnicos.
El teatro hecho verdad. Patricio Vallejo, ofrece un unipersonal
escrito, dirigido e interpretado por él mismo, una especie
de repaso a una vida teatral, que parece se queda a punto del filón
comunicativo, que nunca parece llegar.
Todo ello lo hemos ido viendo en un ambiente enrarecido, ya que
no se nota la presencia del público de ese Sur añorado.
En las actuaciones apenas hay vecinos, la mayoría son profesionales
o participantes. Y aquí se abre una polémica que excede
a estas jornadas. ¿Cómo intervenir eficazmente en
la vida cotidiana con la herramienta del teatro? Si no hay una base
social amplia, las iniciativas oportunistas no parecen calar, se
quedan en un ejercicio facial, en un empecinamiento, en muchas frustraciones.
Y es que Quito, la larga Quito, tiene una vida teatral estable,
habitual, coordinada. Y tienen en el centro sus salas y teatros.
Esta es la realidad de hoy.
Y pudimos visitar la Casa de la Cultura, un edifico con un espacio
denominado ágora con más de seis mil localidades para
actos multitudinarios, un Teatro Nacional para más de dos
mil localidades, y una serie de espacios cedidos a grupos y compañías
donde tienen sus oficinas, sus salas de ensayos, sus escuelas y
sus Salas de exhibición con programación continuada.
En un complejo cultural activo, el centro neurálgico de la
vida cultural de la ciudad mientras sus dos teatros más convencionales
y burgueses, el Sucre y el Bolivar, están esperando la rehabilitación.
Además está la Casa Malayerba, sede del conocido grupo
que en estos días ofrecía unas funciones especiales
de su celebrada Nuestra Señora de las Nubes y la Sala de
Comedias que ofrecía La Marujita se ha muerto de leucemia,
uno de los mayores éxitos populares del joven teatro ecuatoriano.
Tuvimos una reunión con varios de los autores dramáticos
contemporáneos ecuatorianos y salimos con el compromiso de
publicar varias obras que presentaremos en Cádiz.
Reflexionamos sobre la desconocida realidad del teatro ecuatoriano
que deseamos ir conociendo con más profundidad y de la necesidad
de más seriedad en cierto tipo de convocatorias, con una
idea que regresa, lo importante, hoy, en todas las circunstancias,
es hacer el teatro de la mejor manera posible. Y así el teatro
estará en la Mitad del Mundo.
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