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EL
GRAFÓGRAFO
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Globalización,
cultura y conflicto en América Latina
Parecía
una broma macabra, un poco en la clave de H.G.Wells, las llamas
abrasaban el icono, el mundo asistía a la representación,
los medios nos asombraban con sus mediaciones, el miedo comenzaba
a devorar el alma de occidente...
El suceso tantas veces mencionado, genera visiones y re-visiones
en el corazón de un imperio desconcertado, pero también
en quienes, como nosotros, debemos pensar en el grado en que la
actual coyuntura puede alterar las nociones mas generalizadas sobre
la globalización y su incidencia en el arte y la cultura
latinoamericanas, en vísperas de lo que pareciera construirse
como un escenario bélico
Siguiendo a Michael Mann la globalización hace referencia
a la expansión de las relaciones sociales por todo el planeta,
en un hecho que va mas allá de lo meramente singular para
insertarse en la multiplicidad y la fragmentación.
El orden mundial (que algunos prefieren llamar el nuevo desorden),
la emergencia de una cultura universal, o la convergencia en un
estado predominando sobre los otros, determinan una lectura pesimista
en torno a los caminos que el arte y la cultura deberán seguir
recorriendo en el siglo que comenzamos a habitar. Para la mayor
parte de nuestros creadores, la globalización implicaría
el uso de lenguajes internacionales que no son otra
cosa que los paradigmas de la cultura occidental como elemento articulador
del mundo contemporáneo, si es que quieren insertarse en
los mercados.
Hasta hace muy poco la políticamente correcta
alteridad, la presión del multiculturalismo hacia la pluralidad,
y esa mirada hacia el exotismo, generaron la aparición de
una tolerancia paternalista, cuya cumbre pudo verse en la, Documenta
de Kassel en la que la periferia fue el centro. Como señala
Gerardo Mosquera
la nueva atracción de los centros
hacia esa alteridad permitió una mayor circulación
y legitimación del arte de las periferias, sobre todo delimitadas
dentro de circuitos específicos
en los cuales
nos insertamos cuando queremos mirar con detalle el momento y las
tendencias predominantes en la última década del siglo
pasado, las que a su vez se ligaban con el predominio de la teoría
de las interdependencias preconizado por el presidente Clinton,
que generaron un espacio vital para el surgimiento y desarrollo
de redes y mecanismos de distribución articuladas a éstas
que permitieron procesos de creación desde la pluralidad,
multiplicidad y diversidad.
A esto se suma la inclusión del Caribe en esta América
como la incorporación de estas zonas silenciosas
del Caribe insular que se conecta muy poco entre sí o de
manera indirecta a través de las metrópolis, al Caribe
continental y a una América Latina sin duda más próxima.
Es este el momento en que la globalización aparece como un
elemento dinamizador, especialmente en el área de las comunicaciones,
y como un detonador de la circulación de bienes y espectáculos
culturales, no obstante sigue los modelos de reproducción
de las estructuras de poder de los países centrales, especialmente
en lo que toca con esa cierta mirada neo-exótica
con que son apropiados los productos artísticos de la periferia
en las diversas formas de representación de las artes escénicas.
Aparece entonces el fuego en el cielo mediático y los sucesos
del 11-S . Sostenemos que la mirada post-evento, verdadero inicio
del presente siglo y símbolo de su nacimiento, asume como
su rol emblemático una especie de yo globalizador, que se
ubica en la cabeza de un Estado en claro predominio sobre los otros
en todos los planos en que se puede leer el poder: político,
militar, económico y cultural. Este último, objeto
de nuestro interés prioritario, nos hace retroceder en el
tiempo hacia formas de pensamiento en que la temida homogeneización
parece ser retomada y nuevamente los recelos de caminar hacia una
radicalización del discurso de una cultura internacional
con paradigmas dictados desde y por los estados centrales nos inserta
en una lógica cuyas señales parecen comenzar a darse
a partir del cierre de las fronteras, el recorte de los apoyos financieros
por la vía de la cooperación internacional estatal
o fundacional, la limitación de las posibilidades de intercambios
artísticos (en forma de disminución temporal a las
entradas en territorio de la unión americana por ejemplo)
y el predominio del interés por el discurso propio en desmedro
del discurso de los otros.
Es la cultura el nuevo escenario en que se articulan las luchas
de poder, incluida la perspectiva del conflicto armado en ciernes
y mas allá de la simplificadora visión de guerra del
petróleo, pues subyace también el gravísimo
conflicto cultural generado por las potencias de occidente. Por
ello no debemos permanecer ajenos a la construcción consciente
de un nuevo discurso que involucre a la cultura como un espacio
crucial para la acción de los sectores periféricos,
o marginados del orden global.
Latinoamérica y el Caribe contribuyen a la pluralidad cultural
del mundo, permean a través de sus procesos migratorios internos
y externos a las metrópolis proponiéndole nuevos paradigmas
multiculturales y nuevas heterogeneidades en el corazón de
las ciudades-estado. De ahí que su voz deba trascender la
cortina de humo generada a partir de la visión heterogénea
de un patio trasero que sigue dócilmente los
dictados del imperio, expresar sus discursos críticos y sus
perspectivas para un orden mundial en que sean incluidas las polifonías.
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