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Revista de las Artes Escénicas
Artez 71. Marzo 2003
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    EL GRAFÓGRAFO

    Globalización, cultura y conflicto en América Latina

    OCTAVIO ARBELÁEZ TOBÓN

     

    Parecía una broma macabra, un poco en la clave de H.G.Wells, las llamas abrasaban el icono, el mundo asistía a la representación, los medios nos asombraban con sus mediaciones, el miedo comenzaba a devorar el alma de occidente...
    El suceso tantas veces mencionado, genera visiones y re-visiones en el corazón de un imperio desconcertado, pero también en quienes, como nosotros, debemos pensar en el grado en que la actual coyuntura puede alterar las nociones mas generalizadas sobre la globalización y su incidencia en el arte y la cultura latinoamericanas, en vísperas de lo que pareciera construirse como un escenario bélico
    Siguiendo a Michael Mann la globalización hace referencia a la expansión de las relaciones sociales por todo el planeta, en un hecho que va mas allá de lo meramente singular para insertarse en la multiplicidad y la fragmentación.
    El orden mundial (que algunos prefieren llamar “el nuevo desorden”), la emergencia de una cultura universal, o la convergencia en un estado predominando sobre los otros, determinan una lectura pesimista en torno a los caminos que el arte y la cultura deberán seguir recorriendo en el siglo que comenzamos a habitar. Para la mayor parte de nuestros creadores, la globalización implicaría el uso de lenguajes “internacionales” que no son otra cosa que los paradigmas de la cultura occidental como elemento articulador del mundo contemporáneo, si es que quieren insertarse en los mercados.
    Hasta hace muy poco la “políticamente correcta“ alteridad, la presión del multiculturalismo hacia la pluralidad, y esa mirada hacia el exotismo, generaron la aparición de una tolerancia paternalista, cuya cumbre pudo verse en la, Documenta de Kassel en la que la periferia fue el centro. Como señala Gerardo Mosquera “…la nueva atracción de los centros hacia esa alteridad permitió una mayor circulación y legitimación del arte de las periferias, sobre todo delimitadas dentro de circuitos específicos…” en los cuales nos insertamos cuando queremos mirar con detalle el momento y las tendencias predominantes en la última década del siglo pasado, las que a su vez se ligaban con el predominio de la teoría de las interdependencias preconizado por el presidente Clinton, que generaron un espacio vital para el surgimiento y desarrollo de redes y mecanismos de distribución articuladas a éstas que permitieron procesos de creación desde la “pluralidad, multiplicidad y diversidad”.
    A esto se suma la inclusión del Caribe en esta América como la incorporación de estas “zonas silenciosas” del Caribe insular que se conecta muy poco entre sí o de manera indirecta a través de las metrópolis, al Caribe continental y a una América Latina sin duda más próxima.
    Es este el momento en que la globalización aparece como un elemento dinamizador, especialmente en el área de las comunicaciones, y como un detonador de la circulación de bienes y espectáculos culturales, no obstante sigue los modelos de reproducción de las estructuras de poder de los países centrales, especialmente en lo que toca con esa “cierta mirada” neo-exótica con que son apropiados los productos artísticos de la periferia en las diversas formas de representación de las artes escénicas.
    Aparece entonces el fuego en el cielo mediático y los sucesos del 11-S . Sostenemos que la mirada post-evento, verdadero inicio del presente siglo y símbolo de su nacimiento, asume como su rol emblemático una especie de yo globalizador, que se ubica en la cabeza de un Estado en claro predominio sobre los otros en todos los planos en que se puede leer el poder: político, militar, económico y cultural. Este último, objeto de nuestro interés prioritario, nos hace retroceder en el tiempo hacia formas de pensamiento en que la temida homogeneización parece ser retomada y nuevamente los recelos de caminar hacia una radicalización del discurso de una “cultura internacional” con paradigmas dictados desde y por los estados centrales nos inserta en una lógica cuyas señales parecen comenzar a darse a partir del cierre de las fronteras, el recorte de los apoyos financieros por la vía de la cooperación internacional estatal o fundacional, la limitación de las posibilidades de intercambios artísticos (en forma de disminución temporal a las entradas en territorio de la unión americana por ejemplo) y el predominio del interés por el discurso propio en desmedro del discurso de “los otros”.
    Es la cultura el nuevo escenario en que se articulan las luchas de poder, incluida la perspectiva del conflicto armado en ciernes y mas allá de la simplificadora visión de guerra del petróleo, pues subyace también el gravísimo conflicto cultural generado por las potencias de occidente. Por ello no debemos permanecer ajenos a la construcción consciente de un nuevo discurso que involucre a la cultura como un espacio crucial para la acción de los sectores periféricos, o marginados del orden global.
    Latinoamérica y el Caribe contribuyen a la pluralidad cultural del mundo, permean a través de sus procesos migratorios internos y externos a las metrópolis proponiéndole nuevos paradigmas multiculturales y nuevas heterogeneidades en el corazón de las ciudades-estado. De ahí que su voz deba trascender la cortina de humo generada a partir de la visión heterogénea de un “patio trasero” que sigue dócilmente los dictados del imperio, expresar sus discursos críticos y sus perspectivas para un orden mundial en que sean incluidas las polifonías.

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