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Revista de las Artes Escénicas
Artez 71. Marzo 2003
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    opinión
    LUZ NEGRA

    La sutil brutalidad de Pinter

    JOSU MONTERO

     

    “POLVO ERES”, “LUZ DE LUNA”, “TIEMPO DE
    FIESTA”, “EL LENGUAJE DE LA MONTAÑA”. HAROLD PINTER. HIRU, 2003.

    Harold Pinter no se muerde la lengua en sus frecuentes intervenciones públicas; es más, le gusta ser un provocador. En 1999 definió la política exterior de los EEUU como: “Bésame el culo o te parto la cara”; ha calificado también a su país, Inglaterra, como una “dictadura electiva”, ya que los gobernantes “nos quieren hacer creer que vivimos en una democracia sólo porque se celebran elecciones”. El recorte progresivo de las libertades; el cínico apoyo occidental a gobiernos dictatoriales amigos; las manipulaciones de los medios y su control por las grandes corporaciones, que son las que definen conceptos como “Democracia” y “Liber-tad”; el silencioso advenimiento del fascismo… Pinter se ha mostrado tan vehemente y contundente en sus opiniones públicas como sutil en su teatro político, dicho sea, por supuesto, en su honor, porque él sabe muy bien que la potencia política de sus obras radica antes que nada en su brillantez poética. Sin duda es un autor honesto quien a pesar de la radicalidad de sus opiniones políticas afirma: “Conocer el final de la obra antes de escribir el principio es una gran trampa en la escritura de obras políticas propiamente dichas”. El dramaturgo inglés –y nos recuerda la postura que defiende aquí Sastre– estima que hay que dejar que los personajes vivan, y que su única responsabilidad como autor es con el propio texto. Son bien conocidas las opiniones de Pinter acerca de que es el autor el que ha de seguir a sus personajes, y no a la inversa; nada más lejano del “sermón” que las obras de Pinter, ni las anteriores a su “etapa política”, ni las que escribe a partir de los 80. Sus obras siguen siendo sutiles, misteriosas, evasivas, como todo lo que no se deja apresar en categorias establecidas, lo que obliga a una implicación más activa del lector.
    Acabo de referirme a una hipotética “etapa política” en la obra de Pinter a partir de los 80, pero me parece obvio que no hay sino una evolución natural de los presupuestos de su primer teatro. En sus textos anteriores a los 80 –“El montacargas”, “La habitación”, “Retorno al hogar”, “Viejos tiempos”, “El amante”, “Traición”…– nos presenta Pinter en primer término la lucha de los individuos por el poder, nos muestra las sutiles, pero no menos brutales, relaciones de poder que se establecen en pequeños universos cerrados en los que el lector experimenta una violencia latente tan etérea como insoportable. Lo único que hace Pinter a partir de los 80 es dar el paso de esos ámbitos privados a ámbitos públicos, y por tanto políticos. Por otra parte, como buen discípulo de Beckett, Pinter siempre ha abordado el lenguaje como un problema; la mayor parte de las veces los individuos utilizamos el lenguaje para ocultarnos, protegernos, mentir, ocultar nuestra realidad, conseguir poder; entre lo que se dice y lo que se piensa media un abismo. Y si esto sucede entre las personas, ¿qué no pasará entre éstas y el poder? Este es el paso decisivo dado por Pinter: ocuparse del uso que el poder hace del lenguaje con la intención de disfrazar y ocultar acciones y mecanismos inconfesables, “incluso los más espantosos crímenes”. Pinter es un maestro de las pausas, de los silencios y de las medias palabras, casi siempre más expresivas que las propias palabras. Otra de las constantes de su teatro que Pinter desplaza de lo privado a lo público es la relación de los personajes con el pasado y la memoria, siempre tan subjetiva en sus dramas; plantea ahora la necesidad de adquirir la memoria colectiva de un pasado histórico que sigue actuando en el presente.
    Las cuatro piezas que Hiru nos ofrece se mueven en estas coordenadas de poesía, sutileza y denuncia de la brutalidad: tortura, crímenes de estado, represión… “Ashes to ashes” (1996) –aquí traducido como “Polvo eres”– es un estremecedor diálogo entre dos personajes, prodigio de silencios y palabras no dichas; Pinter ha aclarado que si bien se puede interpretar el texto bajo la clave del nazismo, él habla de nosotros, de cómo el pasado nos afecta en el presente. “Luz de luna” (1993) muestra por dentro el asfixiante ambiente de una poderosa familia vinculada a la represión; está cargada además de un demoledor humor. En “Tiempo de fiesta” (1991) asistimos a un baile de la alta sociedad bienpensante mientras poco a poco atisbamos en sus medias palabras que algo terrible está pasando ahí afuera. En estos textos siempre hay algo que se nos oculta, siempre se “enfoca” a otro sitio, no hay casi nada explícito; nunca nos facilita Pinter un asidero seguro desde el que interpretar lo que sucede. Como en la vida misma. “El lenguaje de la montaña” (1988) es sin duda la pieza más directa; en ella aborda la represión y la prohibición de la lengua en el conflicto entre los kurdos y el estado turco. También aborda este conflicto con toda su crudeza en “La penúltima copa” (1984), pieza que junto a “Una Alasca particular”(1982), “Estación Victoria” (1982) y “Celebración”–reunión de constructores, especuladores y políticos– está actualmente representando la compañía valenciana Moma Teatre. Así mismo se ha reestrenado el mes pasado en Barcelona su clásico “Traición”. Pinter está pues presente en los escenarios, pero buena prueba de lo miserable de la edición dramática en el estado español es que hasta la publicación de este libro –y nunca agradeceremos bastante a Hiru su labor– no había nada disponible en las librerías de uno de los dramaturgos vivos más grandes. Y no sólo de Pinter, tampoco de los principales autores británicos: Tom Sttoppard, David Hare… Sólo un par de peros a la edición de Hiru: la ausencia de dato alguno sobre el dramaturgo y los americanismos de la traducción que a veces dificultan la comprensión.

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