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Revista de las Artes Escénicas
Artez 71. Marzo 2003
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    EL RINCÓN DEL NO

    Sí a un teatro para los niños, no a un teatro pueril

    ALFONSO SASTRE

     

    Dejemos a un lado, pues, el tema del teatro infantil propiamente dicho, actividad casi secreta e interesantísima que se desarrolla en algunas aulas o en asociaciones de barrios, muy desconocida y sobre la que habrá que insistir otro día; y lo que nos queda –el teatro para los niños– nos da para muchas reflexiones, así como invita a una práctica concreta, en ese sentido, a muchos actores, directores y escritores de teatro profesionales, que se muestran interesados por ese estadio de la vida –la infancia– y sus propios problemas. Es, en definitiva, una parcela muy atractiva del teatro profesional, pero también del amateur, en la que los niños, sin embargo, no suelen pasar de ser: 1º.- en el escenario, unos colaboradores al nivel de las marionetas –se los mueve de tal o cual manera y se los pone aquí o allá (modesto papel que, por otra parte, también suelen desempeñar los actores adultos, a pesar de lo que fue la "revolución de los actores", con Grotowsky y tutti quanti; y que ya fue teorizado por Gordon Craig en su tiempo, con aquella noción suya del "actor marioneta")–; y 2º.- en la sala, conformando la mayoría de un público que, en esos espectáculos para ellos, se compone de una mayoría de niños, acompañados por algunos parientes adultos.
    ¿Y qué hacer con unos niños (actores ocasionales) en el escenario y para otros (espectadores) en la sala cuando no se es niño? ¿Imaginar lo que los niños desean ver, y tratar de atender a esos supuestos deseos de un público del que tenemos un superficial conocimiento incluso como padres o maestros –¿qué piensan los niños? ¿qué quieren? ¿qué nos ocultan?–, lo que es evidente en el hecho de que ellos emplean un lenguaje en la casa, otro en la escuela y otro en la calle, de manera que la mayor relación con ellos consiste en haber sido nosotros mismo niños.
    ¿Y para qué hacer ese teatro? ¿Para que se diviertan así? ¿Para al mismo tiempo tratar de influir sobre su comportamiento (pedagogía) desde el ángulo artístico? ¿El teatro para los niños sería, pues, una dependencia lúdica de la escuela y la familia? ¿El objetivo del teatro sería entonces fundamentalmente didáctico, bajo una capa lúdica? ¿O lúdico con una almendra, más o menos oculta, didáctica?
    Sobre el estado de esta cuestión, hoy podemos procurarnos algunos datos que nos evitan circular erráticos por esta cuestión: ¿Qué se está haciendo en la dramaturgia para niños? ¿Para qué y cómo? La Asociación de Autores de Teatro acaba de publicar cinco tomos que dan preciosas respuestas a estas preguntas mediante la edición de textos ad hoc de veintidós autores españoles de hoy. Y la verdad es que lo que vemos a través de la lectura de estos textos no contiene respuestas que no sean las convencionales de siempre. ¿Qué es lo que se está haciendo o lo que se trata de hacer, concretamente? ¿Y qué habría que hacer a estas alturas de los tiempos? Nosotros intentaremos decir algo de esto en el próximo artículo, en el que, entre otras cosas, trataremos de convencer a quienes hacen teatro para los niños de que , paradójicamente, el peor enemigo del teatro para niños es la puerilidad, partiendo del supuesto de que los niños son pequeños adultos, o adultos en ciernes, y se merecen un trato de tú a tú. Dado el bajo nivel cultural del medio en que ellos y nosotros vivimos, vienen casi tontos de la calle al teatro. No los atontemos nosotros más.

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