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EL
RINCÓN DEL NO
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Sí
a un teatro para los niños, no a un teatro pueril
Dejemos
a un lado, pues, el tema del teatro infantil propiamente dicho,
actividad casi secreta e interesantísima que se desarrolla
en algunas aulas o en asociaciones de barrios, muy desconocida y
sobre la que habrá que insistir otro día; y lo que
nos queda el teatro para los niños nos da para
muchas reflexiones, así como invita a una práctica
concreta, en ese sentido, a muchos actores, directores y escritores
de teatro profesionales, que se muestran interesados por ese estadio
de la vida la infancia y sus propios problemas. Es,
en definitiva, una parcela muy atractiva del teatro profesional,
pero también del amateur, en la que los niños, sin
embargo, no suelen pasar de ser: 1º.- en el escenario, unos colaboradores
al nivel de las marionetas se los mueve de tal o cual manera
y se los pone aquí o allá (modesto papel que, por
otra parte, también suelen desempeñar los actores
adultos, a pesar de lo que fue la "revolución de los
actores", con Grotowsky y tutti quanti; y que ya fue teorizado
por Gordon Craig en su tiempo, con aquella noción suya del
"actor marioneta"); y 2º.- en la sala, conformando
la mayoría de un público que, en esos espectáculos
para ellos, se compone de una mayoría de niños, acompañados
por algunos parientes adultos.
¿Y qué hacer con unos niños (actores ocasionales)
en el escenario y para otros (espectadores) en la sala cuando no
se es niño? ¿Imaginar lo que los niños desean
ver, y tratar de atender a esos supuestos deseos de un público
del que tenemos un superficial conocimiento incluso como padres
o maestros ¿qué piensan los niños? ¿qué
quieren? ¿qué nos ocultan?, lo que es evidente
en el hecho de que ellos emplean un lenguaje en la casa, otro en
la escuela y otro en la calle, de manera que la mayor relación
con ellos consiste en haber sido nosotros mismo niños.
¿Y para qué hacer ese teatro? ¿Para que se
diviertan así? ¿Para al mismo tiempo tratar de influir
sobre su comportamiento (pedagogía) desde el ángulo
artístico? ¿El teatro para los niños sería,
pues, una dependencia lúdica de la escuela y la familia?
¿El objetivo del teatro sería entonces fundamentalmente
didáctico, bajo una capa lúdica? ¿O lúdico
con una almendra, más o menos oculta, didáctica?
Sobre el estado de esta cuestión, hoy podemos procurarnos
algunos datos que nos evitan circular erráticos por esta
cuestión: ¿Qué se está haciendo en la
dramaturgia para niños? ¿Para qué y cómo?
La Asociación de Autores de Teatro acaba de publicar cinco
tomos que dan preciosas respuestas a estas preguntas mediante la
edición de textos ad hoc de veintidós autores españoles
de hoy. Y la verdad es que lo que vemos a través de la lectura
de estos textos no contiene respuestas que no sean las convencionales
de siempre. ¿Qué es lo que se está haciendo
o lo que se trata de hacer, concretamente? ¿Y qué
habría que hacer a estas alturas de los tiempos? Nosotros
intentaremos decir algo de esto en el próximo artículo,
en el que, entre otras cosas, trataremos de convencer a quienes
hacen teatro para los niños de que , paradójicamente,
el peor enemigo del teatro para niños es la puerilidad, partiendo
del supuesto de que los niños son pequeños adultos,
o adultos en ciernes, y se merecen un trato de tú a tú.
Dado el bajo nivel cultural del medio en que ellos y nosotros vivimos,
vienen casi tontos de la calle al teatro. No los atontemos nosotros
más.
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