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Larga
vida a Lespai Brossa
Vi
a Joan Brossa una vez, el día que se inauguró el espacio
escénico que lleva su nombre hace cinco años. Le pregunté
si estaba contento ya que en mi país es muy raro que a alguien
le homenajeen cuando está vivo. Le hizo mucha gracia y contestó
que era porque o creían que le quedaba po
co, o porque querían que se muriese. Brossa, con sus bromas,
las que nos hacen reír todavía. Ni lo uno ni lo otro.
Se trataba de sus amigos, Hermann Bonnin y Hausson (Jesús
Julve) que con su esfuerzo y, por su cuenta y riesgo, emprendieron
esta aventura. Mientras tanto, las instituciones culturales catalanas
mirando a otro lado o silbando alguna sardana
Teresa
Ferré
Brossa
nos recibe y saluda en la calle cuando llegamos al espacio con un
poema visual en la fachada. Primero quería que todas las
casas de la calle Allada Vermell, en pleno barrio viejo de Barcelona,
se pintasen y restaurasen, menos la del espacio para denunciar la
situación del teatro catalán. Ante los costes se dejó
tal cual. En la azotea una B de color rojo está estirada,
jugando entre el antifaz teatral y la inicial del poeta. Sale de
una ventana un payaso italianizante que se columpia en un trapecio.
Delante del edificio, a forma de gran tarima, la mitad de una B
servirá de escenario para la comedia dell arte. Cierra el
poema esta sentencia: Quan un país no va a lhora,
el primer que sen ressent és el teatre.
Nacido con linterna mágica
Este espacio nació para justo lo contrario, para que el teatro
sea libre, para que desaparezca el corsé de los géneros
y para recuperar algunas artes escénicas olvidadas. A lo
largo de estos años hemos asistido a una programación
que se ha preocupado por representar obras de Brossa, dar cabida
a nuevas dramaturgias y enseñar a mucha gente la magia, el
music hall, el cabaret o autores que nunca se habían representado.
Como el espacio es pequeño tiene aquella cosa de que uno
se siente en el comedor de casa y cuando se ha ido una vez siempre
vuelve.
La primera velada ya auguró que sería algo especial.
Eran proyecciones con linterna mágica, el pre cine y los
que estábamos allí intentábamos imaginar cómo
debían sentirse en su momento las gentes que vivieron el
nacer de este artilugio; nosotros ya no éramos vírgenes,
nuestro pensamiento era audiovisual. También hemos tenido
el privilegio de escuchar las palabras de Sebastià Gasch
de la mano de la veterana Carlota Soldevila o ver por primera vez
Al Canigó ja no hi ha àligues de Brossa. Solamente
he tenido miedo una vez en el teatro y fue con La mà de mico
dirigida por Bonnín. Habíamos ido a grabar y nos parecía
una estupidez esto del miedo, pero en mitad de la obra dimos un
salto del asiento. Después, cuando teníamos que hacer
el reportaje ninguno del equipo quiso tocar la mano del mono que
el realizador quería para hacer una imagen de transición
los
actores nos miraban atónitos. Y así en cada temporada
nos han ido sorprendiendo, descubriendo teatro, teatro del que le
gusta a Brossa y a sus amigos. Aunque el poeta nos dejó ésta
continúa siendo su salita de recibir, donde tenemos la oportunidad
de estar con él aunque sólo pasemos por la calle paseando.
Fiesta de aniversario
Durante
todo el mes se han realizado diferentes actividades y espectáculos
para celebrar los cinco años. Noche de artes parateatrales,
Perfomances, proyecciones de películas que el poeta hizo
en los 70 con los vanguardistas del momento, recitales de poesía
y música en directo. Brossa, su teatro y su gente han salido
a okupar el Mercat de les Flors y el Convent de Sant Agustí.
Mientras tanto en la salita estos días nos descubren a un
autor sorprendentemente marginado de la escena catalana: Josep Palau
i Fabre.
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