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Artez 72. Abril 2003
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    A L’OMBRA DE ROBRENYO

    Àlex Rigola, una esperanza de futuro para el Lliure

    RICARD SALVAT

     

    juli cèsar de alex rigola

    Escribimos estas líneas el 19 de marzo, un día después de que haya sido confirmada la nueva dirección del Teatre Lliure, y el mismo día en que el elegido, Àlex Rigola, un creador de gran talento e innegable originalidad, hombre de Josep Montanyès, ha hecho sus primeras declaraciones. Algunas, tal vez, no excesivamente acertadas. En cualquier caso han molestado divertidamente a los representantes de la generación superior a la que el flamante director del Lliure pertenece. Considero un acierto poner al frente del mismo a una persona que ha colaborado con la casa pero que no se ha visto implicada en las intrigas, tensiones y luchas por el poder que han caracterizado a esta entidad en los últimos años. Pensamos que la mejor solución para el Lliure habría sido (como para el Nacional, el Liceo y la dirección del Instituto del Teatro) poner a concurso público los cargos de dirección. Se me ha informado que hay una normativa en la UE que, si no obliga, al menos aconseja esta práctica. Se abre un concurso, se presentan proyectos, se exponen públicamente, y se elige un jurado compuesto, como me dijo en una ocasión Martin Esslin, por personas que estén “por encima de toda sospecha”, y que no necesiten aprovecharse de desempeñar este cargo.
    Pero nuestros políticos no han entendido que la cultura catalana no es suya, sino de la sociedad. Y conceden la construcción de los teatros, de los monumentos y la dirección de grandes empresas culturales, simplemente “a dedo”, o bien, en el mejor de los casos, a través de unos patronatos no compuestos precisamente por ciudadanos por encima de toda sospecha. En todo caso, se quiera o no reconocer, el Lliure estaba, desde hace muchos años, en un impasse mayúsculo. Por un lado, ha habido una mitificación, tal vez excesiva, de la aportación de Fabià Puigserver, pero sobre todo una utilización muy inquietante de esa mitificación por parte de los componentes llamados “históricos” del Lliure; por los pocos que en los últimos años quedaban en activo dentro del teatro.
    Es sorprendente que se nombre a un director sin haberle dado tiempo a que presentara un proyecto y una definición del Teatro. Pero, pensamos que dada la extraña e incómoda situación en que estaba el Lliure, la elección de Rigola es una muy buena decisión. Creo que es muy revelador lo que declaró Albert Boadella, siempre tan lúcido y siempre tan admirablemente dispuesto a nombrar las cosas por su nombre. Decía: "Me pregunto, ¿qué Lliure va a dirigir (Rigola)?; ¿qué es esto del Lliure?, porque todavía nadie sabe lo que significa, el Lliure no conserva ya nada del pasado". De cualquier manera se ha roto el nudo gordiano, de una vez por todas, que estaba ahogando al Lliure.
    Pensamos que el Lliure sólo tiene buena solución si acaba siendo un teatro público a todos los niveles. Ya basta que un grupo de amigos hayan tenido el privilegio de disfrutar durante treinta años de todas las facilidades de trabajo con dinero público, manteniendo su capacidad privada de decisión. Creemos, y se lo dijimos hace años a Pasqual Maragall, que la ciudad de Barcelona debe tener un teatro municipal. Un teatro municipal que sea totalmente diferente en su programación y contenidos de lo que es el TNC. De no ser así, ¿qué justificación tiene que una ciudad tenga dos teatros subvencionados tan grandes y tan caros, y que cada uno de ellos quiera tener tres escenarios diferentes? ¿No sería lógico que el llamado Lliure de Gràcia, el local histórico tuviera una independencia y siguiera el llamado legado de Puigserver, y el gran espacio, el de Montjuic, creara un repertorio parecido al TNP de los años de Jean Vilar?
    Es absurdo e inaceptable que en las obras que se montan en el Lliure de Montjuic, el de más de 700 localidades, se hagan ingeniosos artilugios escenográficos para eliminar, si es posible a la mitad, el aforo. Este problema de no conocer los formatos ni de qué programación conviene a qué teatro, se puso de manifiesto en el estreno de la obra Suzuki I i II, uno de los mejores trabajos de creación de Rigola. La propuesta no cuajó frente al público mayoritario del gran espacio y, quizá, de haberse dado en el Lliure de Gràcia hubiera tenido el mismo éxito que logró en ese teatro Titus Andronicus, uno de los espectáculos más celebrados de Rigola. Rigola ha hablado de que se ha acabado el teatro arqueológico. Se apresura a aclarar que esto no es una crítica al TNC. Entonces, ¿qué es teatro arqueológico para él? ¿El que hace la empresa privada, el de Focus en el Romea? No hay mucha más oferta. Si la estética del Lliure pequeño la siguen repitiendo en el espacio grande del Lliure, podremos ir a un fracaso que no conviene a nadie. Y toda la teoría de destrucción y de-construcción de Shakespeare y de los clásicos que se ha llevado a cabo en estos años tiene, tal vez, que acabar. Tenemos que volver a empezar.

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