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Revista de las Artes Escénicas
Artez 72. Abril 2003
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    EL RINCÓN DEL NO

    ¿Cuándo salen los leones?

    ALFONSO SASTRE}

     

    Sin vergÜenzas-Lotsa gabe de vaivén producciones

    Insistimos en el tema del teatro y los niños. Será por última vez, al menos por ahora. El tema está vivo, y lo compruebo en hechos como el Festival de Gijón, o el Primer Festival de Teatro para niños de Lorca (Murcia), cuya sede es el teatro Guerra de aquella ciudad, o, en el aspecto literario de esta cuestión, el de que la Asociación de Autores de Teatro haya editado cinco volúmenes con textos de teatro destinados a los niños y a los jóvenes, aunque yo no sé qué pintan los jóvenes cuando se trata del teatro para los niños, pues me parece que teatro para jóvenes es todo y cualquier teatro, pues hay adultos jóvenes, y adultos de edades medias y adultos viejos, y eso es todo.
    El problema difícil de plantear y de resolver reside en esa zona –móvil en cuanto a la edad– que es la adolescencia, un tiempo de grandes incertidumbres, que, afortunadamente, suele durar poco, y una edad a la que no creo que se le pueda destinar un género teatral determinado. El adolescente, en su indeterminación, y quizás en sus zozobras y angustias, se dirigirá él mismo (que ya es mayor para eso) adonde mejor le parezca, que puede ser hacia una magia infantil (todavía) o hacia la drama de Ibsen (ya). Dejémosle en paz que viva y salga de su crisis, porque en el teatro no hay nada específico que hacer para esas edades que, cuando yo era adolescente, se llamaban de pavo. Lo mejor que se puede hacer con la "edad del pavo", creo yo, es salir lo más pronto que sea posible de ella; y, si del arte y la literatura se trata, me parece que la mejor ayuda que se le puede procurar a los adolescentes está en la poesía lírica y, poco a poco, en un acceso a la producción intelectual del más alto nivel. Recordando mi propio caso, recordándome a mí mismo, y teniendo en cuenta que yo soy un ciudadano corriente –no llego a ser dos tontos, como Rafael Alberti, pero sí, por lo menos, un tonto del montón–, puedo anotar que a los dieciséis años era admirador de Priestley; a los dieciocho vi con gran admiración Los endemoniados, sobre la novela de Dostoievski, y a los diecinueve me enamoré de Nuestra Ciudad de Thornton Wilder; a esa misma edad, participé en la fundación del "teatro de vanguardia Arte Nuevo", y di mi primer a conferencia en el Conservatorio de Madrid, sobre " El teatro, pre-gusto de eternidad". ¿Teatro para jóvenes? ¿Qué será eso?
    De modo que, para mí, habrá que retroceder a la infancia, si queremos encontrarnos y enfrentarnos con la cuestión de un teatro especial para unas edades determinadas. Y es en ese nivel verdaderamente infantil en el que yo pongo mi "no" a la puerilidad, como hice en el artículo anterior. ¿A qué me refiero al hablar de la indeseable puerilidad del teatro para los niños? Me refiero a la circulación por ese teatro de los tópicos convencionales de la infancia; al cultivo de una fantasía que ya no lo es. Por ejemplo: ¿Hay algo menos fantástico –más consabido– que la varita mágica de un hada? Hubo un tiempo, ya muy lejano, en el que las hadas eran personajes fantásticos, pero hace tiempo que dejaron de serlo, de manera que los escritores para niños recurren a ellas es porque carecen de fantasía.
    Me refiero también y sobre todo, en mi No, a ese barato didactismo de que adolecen con frecuencia los espectáculos para niños; y esto me hace recordar una matinée en Estocolmo: El espectáculo para niños se titulaba ¡África, África!, y unos actores y actrices, con mallas negras, explicaban la geografía y la historia de África, acompañándose de evoluciones eurítmicas. De pronto, se oyó en el teatro la voz de un niño que parecía un prolongado lamento. "¿Qué ha dicho?", le pregunté a mi acompañante. "Ha dicho –me respondió–: ¿Cuándo salen los leones?". Tenía razón aquel niño. A mí también me faltaban los leones, francamente; y unos leones lo más parecidos a verdaderos leones. El teatro –y no sólo el teatro para los niños–, o es una historia y una aventura en la realidad, o no es nada. O sea, que el teatro para niños tendría que ser, digamos, un teatro para adultos… pequeños. No, pues, a la fantasía rutinaria. No a los príncipes exóticos. No a los hipergestos. No a los griteríos. No a las sobreactuaciones. No a los osos y a los muebles que hablan. No a las casas de azúcar ni a los árboles de caramelo. Etcétera, etcétera.

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