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EL
RINCÓN DEL NO
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¿Cuándo
salen los leones?
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| Sin
vergÜenzas-Lotsa gabe de vaivén producciones |
Insistimos
en el tema del teatro y los niños. Será por última
vez, al menos por ahora. El tema está vivo, y lo compruebo
en hechos como el Festival de Gijón, o el Primer Festival
de Teatro para niños de Lorca (Murcia), cuya sede es el teatro
Guerra de aquella ciudad, o, en el aspecto literario de esta cuestión,
el de que la Asociación de Autores de Teatro haya editado
cinco volúmenes con textos de teatro destinados a los niños
y a los jóvenes, aunque yo no sé qué pintan
los jóvenes cuando se trata del teatro para los niños,
pues me parece que teatro para jóvenes es todo y cualquier
teatro, pues hay adultos jóvenes, y adultos de edades medias
y adultos viejos, y eso es todo.
El problema difícil de plantear y de resolver reside en esa
zona móvil en cuanto a la edad que es la adolescencia,
un tiempo de grandes incertidumbres, que, afortunadamente, suele
durar poco, y una edad a la que no creo que se le pueda destinar
un género teatral determinado. El adolescente, en su indeterminación,
y quizás en sus zozobras y angustias, se dirigirá
él mismo (que ya es mayor para eso) adonde mejor le parezca,
que puede ser hacia una magia infantil (todavía) o hacia
la drama de Ibsen (ya). Dejémosle en paz que viva y salga
de su crisis, porque en el teatro no hay nada específico
que hacer para esas edades que, cuando yo era adolescente, se llamaban
de pavo. Lo mejor que se puede hacer con la "edad del pavo",
creo yo, es salir lo más pronto que sea posible de ella;
y, si del arte y la literatura se trata, me parece que la mejor
ayuda que se le puede procurar a los adolescentes está en
la poesía lírica y, poco a poco, en un acceso a la
producción intelectual del más alto nivel. Recordando
mi propio caso, recordándome a mí mismo, y teniendo
en cuenta que yo soy un ciudadano corriente no llego a ser
dos tontos, como Rafael Alberti, pero sí, por lo menos, un
tonto del montón, puedo anotar que a los dieciséis
años era admirador de Priestley; a los dieciocho vi con gran
admiración Los endemoniados, sobre la novela de Dostoievski,
y a los diecinueve me enamoré de Nuestra Ciudad de Thornton
Wilder; a esa misma edad, participé en la fundación
del "teatro de vanguardia Arte Nuevo", y di mi primer
a conferencia en el Conservatorio de Madrid, sobre " El teatro,
pre-gusto de eternidad". ¿Teatro para jóvenes?
¿Qué será eso?
De modo que, para mí, habrá que retroceder a la infancia,
si queremos encontrarnos y enfrentarnos con la cuestión de
un teatro especial para unas edades determinadas. Y es en ese nivel
verdaderamente infantil en el que yo pongo mi "no" a la
puerilidad, como hice en el artículo anterior. ¿A
qué me refiero al hablar de la indeseable puerilidad del
teatro para los niños? Me refiero a la circulación
por ese teatro de los tópicos convencionales de la infancia;
al cultivo de una fantasía que ya no lo es. Por ejemplo:
¿Hay algo menos fantástico más consabido
que la varita mágica de un hada? Hubo un tiempo, ya muy lejano,
en el que las hadas eran personajes fantásticos, pero hace
tiempo que dejaron de serlo, de manera que los escritores para niños
recurren a ellas es porque carecen de fantasía.
Me refiero también y sobre todo, en mi No, a ese barato didactismo
de que adolecen con frecuencia los espectáculos para niños;
y esto me hace recordar una matinée en Estocolmo: El espectáculo
para niños se titulaba ¡África, África!,
y unos actores y actrices, con mallas negras, explicaban la geografía
y la historia de África, acompañándose de evoluciones
eurítmicas. De pronto, se oyó en el teatro la voz
de un niño que parecía un prolongado lamento. "¿Qué
ha dicho?", le pregunté a mi acompañante. "Ha
dicho me respondió: ¿Cuándo salen
los leones?". Tenía razón aquel niño.
A mí también me faltaban los leones, francamente;
y unos leones lo más parecidos a verdaderos leones. El teatro
y no sólo el teatro para los niños, o
es una historia y una aventura en la realidad, o no es nada. O sea,
que el teatro para niños tendría que ser, digamos,
un teatro para adultos
pequeños. No, pues, a la fantasía
rutinaria. No a los príncipes exóticos. No a los hipergestos.
No a los griteríos. No a las sobreactuaciones. No a los osos
y a los muebles que hablan. No a las casas de azúcar ni a
los árboles de caramelo. Etcétera, etcétera.
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