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ELGRAFÓGRAFO
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El
axolot: Intelectuales, cultura y paz en Colombia
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de ¿quién dijo miedo? de índice teatro |
Nos
presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes
en Bogotá. Aclaré que era colombiano.
Me preguntó de un modo pensativo:
¿Qué es ser colombiano?
No lo sé le respondí Es un acto
de fe..."
(J.L. Borges "Ulrica" en "El libro de arena")
El uso desgasta las palabras. Para el colombiano promedio la paz
es sólo una palabra inserta en los discursos de los políticos,
a veces incluso preguntamos por ella : ¿Cómo está
la paz? Shh respondemos, hablemos bajito, la pobre esta muy enferma..
Y es que un asunto tan serio como la paz de un país no debería
estar en manos de los políticos, debería pertenecer
al imaginario de un pueblo que hurga en su memoria atávica
alguna cosa que se asemeje a lo que dicen que es eso.
En un diálogo entre Alfonso Reyes y Julio Cortazar (imaginado
por Roger Bartra en La jaula de la melancolía) los dos escritores
se refieren al axolotl como el famoso anfibio del mestizaje.
Daba comienzo con esta figura, de un ser a la vez real y mítico,
a su discusión sobre la identidad y la metamorfosis del mexicano.
Quizás la misma figura nos sirva para pensar las visiones
de intelectuales y artistas en un país como Colombia, necesitado
de un pensamiento posible.
Y es que sólo a mediados del siglo XX, cuando la secularización
y la modernización toman aire, el intelectual colombiano
empieza a mirar las realidades desde otros lugares, con otras metodologías
y horizontes conceptuales. Estos se expanden, dejan entrar las ciencias
en donde antes predominaban las creencias, reemplazan los calambures
por el trabajo sistemático, observan la necesidad de la deliberación
pública donde antes primaba la homogenización y confirman
la necesidad de comunidades científicas. La observación
del país se encuentra con la militancia en los setenta, cuando
importantes intelectuales se involucran directamente en los movimientos
liberacionistas y concretamente en la aparición de la insurgencia.
También el surgimiento de movimientos sociales y ciudadanos,
las consideraciones sobre el desarrollo y la ampliación de
la participación de la sociedad. El intelectual se moviliza
entonces hacia el debate social y político de los procesos
de paz, empieza a entrar en las definiciones de las políticas
públicas, se mueve a través de las organizaciones
ecológicas, de derechos humanos, de organización comunitaria
dentro del sector independiente, trasciende con su voz a través
de los medios de comunicación y focaliza sus indagaciones
hacia las complejidades de la realidad propia con una mayor capacidad
para dialogar con el exterior. Lo hace en medio de un ascenso de
la violencia política pero también de sus posibilidades
de incidencia social.
Es entonces que aparecen los creadores escénicos transformando
esos discursos en gestos, imágenes, palabras que quieren
significar, o simplemente en unas miradas que se cruzan y reconocen
al otro como interlocutor.
Nuevamente, en paralelo, aparecen los políticos y formulan
los discursos: una cultura para la paz, paz para la cultura, cultura
y paz, cultura de paz, y un largo etcétera que incorpora
la paz como motivo, al final, complacidos con su aporte, los ilustres
ciudadanos que hablaron, y los no menos ilustres que escucharon,
sienten que por fin se ha escuchado algo distinto, y que la cultura
tiene un papel fun-da-men-tal que jugar en el proceso de paz de
la nación colombiana que...
El paso del tiempo nos hace cada vez más escépticos.
Aturdidos, miramos cada día el desfile de los horrores de
la guerra. La muerte ronda y aletarga, nosotros comenzamos a registrarla
como hecho cotidiano, al lado del fútbol, o de las últimas
noticias sobre el avance de la guerra que aparenta estar en otra
parte, al final nuestra última barrera de defensa frente
al horror es la indiferencia.
Los que generan el hecho escénico se asoman desde sus propuestas
de trabajo apenas a la superficie de la situación. Se describe
el drama de los desaparecidos en la toma del Palacio de Justicia
La Siempreviva de Miguel Torres del Teatro el Local, o se propone
la violencia como una sensación, como una atmósfera
El Paso de La Candelaria o describen situaciones imbricadas en la
violencia cotidiana Ruleta Rusa de Victor Viviescas, o registran
el hecho simbólico generado por la muerte El País
de los Ciegos de Alvaro Restrepo, o expresa el desconcierto de todos
como en ¿Quién dijo miedo? de Índice teatro.
Al final, la sensación de estar sumergidos en un laberinto
adedálico, nos lleva a creer que el mero hecho de permanecer
generando espacios creativos, y de vida, quizás, sean losgérmenes
de algo parecido a la vida cotidiana inteligente de cualquier país
en condiciones de normalidad.
Por todo esto, ante la cuestión planteada de una relación
entre los intelectuales y paz, las respuestas que se vislumbran
no provienen de la diosa razón, mas bien de la intuición
de quienes aun creemos que las artes de la representación
nos re-presentan, tal y como somos, queriendo construir la memoria
futura, en que el acto heroico sea el cotidiano, en que los grandes
gestos provengan de permitirnos hacer lo que sabemos hacer diariamente:
teatro, que es como la vida misma.
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