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Un
presente en busca de sus pasados
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OLORES.
ESO, A UN HIJO, NO SE LE HACE. DESEO. Josep M. Benet i Jornet.
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Hace
justo 40 años, en 1963, el entonces joven dramaturgo catalán
Josep M. Benet i Jornet obtuvo el Premi Josep M. de Sagarra por
su obra Un viejo, conocido olor, precisamente la primera parte de
la trilogía que cierra Olores (1998) la obra que abre
este volumen- y de la que también forma parte Pelea entre
olores (1979). Aborda Benet en esta trilogía la evolución
de una familia humilde desde el franquismo a la Barcelona postolímpica
pasando por las promesas de la transición. Los olores a los
que aluden los títulos no son sino los de los patios de vecinos
cocina y colada- del Raval, donde vivieran los
personajes y de donde poco a poco todos van escapando. Esa simbólica
relación de amor/odio con el barrio pobre es central en la
trilogía. El marco de este Olores vuelven a ser esos patios,
pero desalojados ahora, amenazados por las sombras de las gruas
que ya les han empezado a engullir, en estado de demolición
como las vidas y las ilusiones que allí fortuitamente se
encuentran, los supervivientes de la familia y algún miembro
de la joven generación; todos asisten al derribo de una forma
de vida, y más, de unas vidas.
Como forma de redención, María decide fotografiar
ese es su oficio día a día esa destrucción.
No quedará nada que recuerde la manera de vivir de
los que hicieron la ciudad de los pobres. Que no quede ninguna memoria.
¡Arquitectos cultos, de ideas avanzadas! ¡Sabeis a quién
servís!, le escupe enfadada María a Joan, y
este grito resulta plenamente vigente para una ciudad como este
asquerosamente pulcro y desmemoriado Bilbao que nos están
construyendo, en el que, como sucede en la nueva Barcelona de Olores,
todas las miserias y las claudicaciones y las infelicidades van
por dentro, en las intimidades humilladas. Benet hace que la obra
comience y acabe en el mismo momento, y la construye estructuralmente
alternando las escenas que suceden a continuación de ese
momento y las escenas que tienen lugar previamente y desembocan
en él.
Dentro de una estética realista, Benet ha demostrado ser
un dramaturgo permanentemente abierto a la búsqueda de nuevas
vías expresivas y a dejarse permear por las nuevas dramaturgias,
siempre, eso sí, con coherencia y un inequívoco toque
personal. Las tres obras de este volumen son una buena muestra e
ello. En Eso, a un hijo, no se le hace (2000) nos presenta una peculiar
comedia, descacharrante en su acidez y en su extremosidad paródica.
Pero sin duda la joya del libro y, en lo que yo conozco, la obra
más redonda de Benet, auténtico prodigio de tensión
dramática, es Deseo. Un acierto rotundo su recuperación
ya que la edición que la desaparecida revista El Público
hizo en castellano en 1990 está más que desaparecida.
Curiosamente, con Deseo consigue Benet el texto más brillante
de una estética que en principio le es ajena; me refiero
a ese teatro, llamémosle minimalista, cuyos padres catalanes
serían Sanchís Sinisterra traductor de Deseo
y Sergi Belbel director de Deseo, de inequívoca
ascendencia beckettiana, cuyos rasgos más característicos
serían: la utilización de muy pocos ingredientes bien
dosificados, la desconfianza hacia la palabra como vehículo
de comunicación y el escamoteo de información
al espectador, por lo que los personajes saben más de lo
que allí se cuece que el lector, lo que obliga a este a una
mayor implicación. Todo esto se cumple en Deseo. Tras una
estructura perfectamente geométrica se oculta un endiablado
laberinto. El laberinto del deseo.
Cuatro personajes innominados Ella, El marido, El hombre,
La mujer atrapados en una tela de araña ante la que
reaccionan de forma radicalmente contrapuesta. Un dilatado crepúsculo
y un triángulo espacial: una aislada casa de campo, una carretera
poco transitada y fantasmal y la aséptica cafetería
de una gasolinera. Los diálogos de los personajes, casi siempre
de dos en dos, son lacónicos, cercanos al llamado realismo
sucio americano o incluso al absurdo, pero, salvo la final, cada
escena se cierra, en un radical cambio de registro, con el estremecedor
monólogo, lírico, casi onírico, de uno de los
personajes. Tras una apariencia extrema de realismo, de línea
clara, se va dibujando un ambiente de alucinación, gradualmente
inquietante, en donde ignoramos las auténticas motivaciones
de los personajes. Pero lo prodigioso de Deseo es ese impecable
salto mortal, esa vuelta de tuerca final que convierte un desasosegante
thriller en un cuento, un cuento de hadas; la pesadilla oculta una
perla, de hecho es preciso llegar al corazón de nuestras
tinieblas para encontrarla. Porque al contrario de lo que sucede
en Olores, aquí no es el personaje quien va en busca de su
memoria, sino que es el pasado quien inadvertidamente viene a buscar
al personaje. Y, como sucede en las películas de Atom Egoyan,
no es hasta el mismísimo final que el lector tiene las claves
para entender lo que allí ha estado pasando: de repente todo
el desorden se ilumina y la emoción acongoja al lector; pero
no se trata en absoluto de efectismo, no hay ingenioso aspaviento,
es simplemente que lo que nos cuenta Deseo no se puede decir de
otra manera.
Lo que aquí está en juego es nuestra búsqueda
imposible de la felicidad frente a la aceptación de la naturaleza
efímera y dolorosa del deseo, la necesidad de recordar para
vivir y de aprender a convivir con la memoria. De Benet podemos
también leerr en castellano: Testamento (Biblioteca Antonio
Machado), El perro del teniente (Hiru), E.R. y Precisamente hoy
(SGAE), Ay, caray o su celebrada Motín de brujas.
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