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Revista de las Artes Escénicas
Artez 73.Mayo 2003
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    LUZ NEGRA

    Un presente en busca de sus pasados

    JosuMontero

     

    OLORES. ESO, A UN HIJO, NO SE LE HACE. DESEO. Josep M. Benet i Jornet.

    Hace justo 40 años, en 1963, el entonces joven dramaturgo catalán Josep M. Benet i Jornet obtuvo el Premi Josep M. de Sagarra por su obra Un viejo, conocido olor, precisamente la primera parte de la trilogía que cierra Olores (1998) –la obra que abre este volumen- y de la que también forma parte Pelea entre olores (1979). Aborda Benet en esta trilogía la evolución de una familia humilde desde el franquismo a la Barcelona postolímpica pasando por las promesas de la transición. Los olores a los que aluden los títulos no son sino los de los patios de vecinos –“cocina y colada”- del Raval, donde vivieran los personajes y de donde poco a poco todos van escapando. Esa simbólica relación de amor/odio con el barrio pobre es central en la trilogía. El marco de este Olores vuelven a ser esos patios, pero desalojados ahora, amenazados por las sombras de las gruas que ya les han empezado a engullir, en estado de demolición como las vidas y las ilusiones que allí fortuitamente se encuentran, los supervivientes de la familia y algún miembro de la joven generación; todos asisten al derribo de una forma de vida, y más, de unas vidas.
    Como forma de redención, María decide fotografiar –ese es su oficio– día a día esa destrucción. “No quedará nada que recuerde la manera de vivir de los que hicieron la ciudad de los pobres. Que no quede ninguna memoria. ¡Arquitectos cultos, de ideas avanzadas! ¡Sabeis a quién servís!”, le escupe enfadada María a Joan, y este grito resulta plenamente vigente para una ciudad como este asquerosamente pulcro y desmemoriado Bilbao que nos están construyendo, en el que, como sucede en la nueva Barcelona de Olores, todas las miserias y las claudicaciones y las infelicidades van por dentro, en las intimidades humilladas. Benet hace que la obra comience y acabe en el mismo momento, y la construye estructuralmente alternando las escenas que suceden a continuación de ese momento y las escenas que tienen lugar previamente y desembocan en él.
    Dentro de una estética realista, Benet ha demostrado ser un dramaturgo permanentemente abierto a la búsqueda de nuevas vías expresivas y a dejarse permear por las nuevas dramaturgias, siempre, eso sí, con coherencia y un inequívoco toque personal. Las tres obras de este volumen son una buena muestra e ello. En Eso, a un hijo, no se le hace (2000) nos presenta una peculiar comedia, descacharrante en su acidez y en su extremosidad paródica. Pero sin duda la joya del libro y, en lo que yo conozco, la obra más redonda de Benet, auténtico prodigio de tensión dramática, es Deseo. Un acierto rotundo su recuperación ya que la edición que la desaparecida revista El Público hizo en castellano en 1990 está más que desaparecida. Curiosamente, con Deseo consigue Benet el texto más brillante de una estética que en principio le es ajena; me refiero a ese teatro, llamémosle minimalista, cuyos padres catalanes serían Sanchís Sinisterra –traductor de Deseo– y Sergi Belbel –director de Deseo–, de inequívoca ascendencia beckettiana, cuyos rasgos más característicos serían: la utilización de muy pocos ingredientes bien dosificados, la desconfianza hacia la palabra como vehículo de comunicación y el “escamoteo” de información al espectador, por lo que los personajes saben más de lo que allí se cuece que el lector, lo que obliga a este a una mayor implicación. Todo esto se cumple en Deseo. Tras una estructura perfectamente geométrica se oculta un endiablado laberinto. El laberinto del deseo.
    Cuatro personajes innominados –Ella, El marido, El hombre, La mujer– atrapados en una tela de araña ante la que reaccionan de forma radicalmente contrapuesta. Un dilatado crepúsculo y un triángulo espacial: una aislada casa de campo, una carretera poco transitada y fantasmal y la aséptica cafetería de una gasolinera. Los diálogos de los personajes, casi siempre de dos en dos, son lacónicos, cercanos al llamado realismo sucio americano o incluso al absurdo, pero, salvo la final, cada escena se cierra, en un radical cambio de registro, con el estremecedor monólogo, lírico, casi onírico, de uno de los personajes. Tras una apariencia extrema de realismo, de línea clara, se va dibujando un ambiente de alucinación, gradualmente inquietante, en donde ignoramos las auténticas motivaciones de los personajes. Pero lo prodigioso de Deseo es ese impecable salto mortal, esa vuelta de tuerca final que convierte un desasosegante thriller en un cuento, un cuento de hadas; la pesadilla oculta una perla, de hecho es preciso llegar al corazón de nuestras tinieblas para encontrarla. Porque al contrario de lo que sucede en Olores, aquí no es el personaje quien va en busca de su memoria, sino que es el pasado quien inadvertidamente viene a buscar al personaje. Y, como sucede en las películas de Atom Egoyan, no es hasta el mismísimo final que el lector tiene las claves para entender lo que allí ha estado pasando: de repente todo el desorden se ilumina y la emoción acongoja al lector; pero no se trata en absoluto de efectismo, no hay ingenioso aspaviento, es simplemente que lo que nos cuenta Deseo no se puede decir de otra manera.
    Lo que aquí está en juego es nuestra búsqueda imposible de la felicidad frente a la aceptación de la naturaleza efímera y dolorosa del deseo, la necesidad de recordar para vivir y de aprender a convivir con la memoria. De Benet podemos también leerr en castellano: Testamento (Biblioteca Antonio Machado), El perro del teniente (Hiru), E.R. y Precisamente hoy (SGAE), Ay, caray o su celebrada Motín de brujas.

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