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Revista de las Artes Escénicas
Artez 73. Mayo 2003
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    El rincón del no

    El teatro y la calle

    Alfonso Sastre

     

    La averia de Trapu Zaharrak

    La calle ha estado siempre en el teatro. La acción de las trágedias griegas ocurría generalmente ante la fachada de un palacio. (Pocas veces como en Filotectes se desarrollaba en un paraje agreste). ¿Y cuántos cuadros del teatro clásico ocurren en la calle? Ya en el siglo XX hubo dramas completos que sucedían ‘en la calle’, como el famoso drama de Elmer Rice Street Scene, que Margarita Xirgu puso en el Teatro Español de Madrid con el título, precisamente, de La Calle.
    ¿Pero el teatro ha estado, él, en la calle? Evidentemente que sí, sobre todo en la forma de los carnavales, pero también en otras muchas formas. Cuando yo era niño, en Madrid, el teatro de calle eran los titiriteros; y eran también los “húngaros”. ¡Que vienen los titiriteros! ¡Que vienen los húngaros! Los niños corríamos hacia un solar o hacia un campillo, y allí veíamos un teatro que era más bien un modesto circo, que en el caso de los húngaros contaba con el gran atractivo de un oso danzante al compás de un tambor o de un pandero. (El oso se ponía en dos patas y alternaba una y otra pata sobre el suelo según se oía el tambor. Lo que no sabíamos es cómo lo habían amaestrado; luego lo supimos: el oso era colocado sobre una plancha de acero ardiente, donde se erguía para no quemarse las cuatro patas, alternando enseguida una y la otra de las traseras para no quemarse la dos; ello bajo el ritmo del pandero. Así se creaba el reflejo condicionado, y luego ya no hacía falta la plancha ardiente).
    La compañía de húngaros constaba del director, su mujer y generalmente una niña equilibrista sobre una silla. Algunas cabriolas sobre una alfombra eran los números más destacados de los payos titiriteros, y generalmente no había números cómicos.
    Desde aquella prehistoria a los tiempos recientes, el teatro de calle ha conquistado un status de respetabilidad que lo pone ha cubierto, en parte, de la intemperie que era su lugar en la marginación de las ciudades. Hoy sus compañías forman parte destacada en los programas de las fiestas. Pero en realidad, ¿ha pasado algo importante en esta modalidad de teatro? ¿Significa hoy algo más que la mera diversión inocente que significaba cuando se oía en nuestro barrio: Que vienen los húngaros? Creo que sí, pero también –conforme al título de esta serie– creo que no. Zancos y payasos hay en lugar de aquel oso de los gitanos y aquellas cabriolas de los titiriteros. ¿Pero también algo más? Sí, también algo más –y hasta mucho más– en los mejores ejemplos de teatro de call de nuestro tiempo, sobre todo en el orden político, desde aquel grupo Bread and Puppet que luchó con las armas del teatro de calle contra la guerra de Vietnam, hasta las actuales ficciones de bombardeos, en los que los manifestantes hacen los papeles de muertos desparramados por las calles.
    De todos modos, hay que decir que la denominación teatro de calle cubre muchas y muy diferentes disciplinas, incluída en ellas la que el criminalista Rafael Salillas llamaba la comedia delincuente, de la que él descubrió verdaderos libretos escritos por aquellos artistas. Es el teatro de los timos, que cuenta con éxitos que aún permanecen en cartel como el del “tocomocho”, que se realiza con un especialista en papeles de tonto y otro en papeles de viandante interesado.
    Pero tratándose de teatro propiamente dicho, habrá que distinguir, creo yo, entre dos moalidades: 1) la que trabaja sobre un espacio de calle previamente acotado a una hora previamente anunciada; y 2) la que consiste en una interrupción no anunciada de la vida cotidiana, mediante la ficción de un acontecimiento previamente imaginado en sus líneas generales –como en la “comed’a del arte” y en el timo–, pero sometido a las incidencias, a veces arriesgadas, que se produzcan en el curso de la improvisación.
    La primera no es, en realidad, sino otra localización que completa el panorama iniciado en Grecia (al aire libre) y que se continúa con lo teatros cubiertos en sus distintas formas. Esta localización (la calle) ya ha dado entre nosotros algunas muestras de sus grandes posibilidades. Recuerdo de Sitges, bajo la memorable dirección de Ricard Salvat, experiencias como la de La Cubana y las de Albert Vidal. También es de recordar La Fura primitiva con sus grandes provocaciones.
    La segunda modalidad creo que espera a nuevos talentos que sean capaces de tomar el testigo de las experiencias del surrealismo en los años 20. En Euskal Herria he visto cosas interesantes a cargo del grupo Trapu Zaharra. Tengamos en cuenta que un espectáculo de calle poco anunciado es como si no lo hubiera sido y puede provocar el impacto de la interrupción de la vida cotidiana con un acontecimeinto que resulte ser sorprendente e inquietante, y capaz de provocar no sólo diversión sino también pensamiento y crítica social.

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