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opinión
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El
rincón del no
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El
teatro y la calle
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La
averia de Trapu Zaharrak
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La
calle ha estado siempre en el teatro. La acción de las trágedias
griegas ocurría generalmente ante la fachada de un palacio.
(Pocas veces como en Filotectes se desarrollaba en un paraje agreste).
¿Y cuántos cuadros del teatro clásico ocurren
en la calle? Ya en el siglo XX hubo dramas completos que sucedían
en la calle, como el famoso drama de Elmer Rice Street
Scene, que Margarita Xirgu puso en el Teatro Español de Madrid
con el título, precisamente, de La Calle.
¿Pero el teatro ha estado, él, en la calle? Evidentemente
que sí, sobre todo en la forma de los carnavales, pero también
en otras muchas formas. Cuando yo era niño, en Madrid, el
teatro de calle eran los titiriteros; y eran también los
húngaros. ¡Que vienen los titiriteros!
¡Que vienen los húngaros! Los niños corríamos
hacia un solar o hacia un campillo, y allí veíamos
un teatro que era más bien un modesto circo, que en el caso
de los húngaros contaba con el gran atractivo de un oso danzante
al compás de un tambor o de un pandero. (El oso se ponía
en dos patas y alternaba una y otra pata sobre el suelo según
se oía el tambor. Lo que no sabíamos es cómo
lo habían amaestrado; luego lo supimos: el oso era colocado
sobre una plancha de acero ardiente, donde se erguía para
no quemarse las cuatro patas, alternando enseguida una y la otra
de las traseras para no quemarse la dos; ello bajo el ritmo del
pandero. Así se creaba el reflejo condicionado, y luego ya
no hacía falta la plancha ardiente).
La compañía de húngaros constaba del director,
su mujer y generalmente una niña equilibrista sobre una silla.
Algunas cabriolas sobre una alfombra eran los números más
destacados de los payos titiriteros, y generalmente no había
números cómicos.
Desde aquella prehistoria a los tiempos recientes, el teatro de
calle ha conquistado un status de respetabilidad que lo pone ha
cubierto, en parte, de la intemperie que era su lugar en la marginación
de las ciudades. Hoy sus compañías forman parte destacada
en los programas de las fiestas. Pero en realidad, ¿ha pasado
algo importante en esta modalidad de teatro? ¿Significa hoy
algo más que la mera diversión inocente que significaba
cuando se oía en nuestro barrio: Que vienen los húngaros?
Creo que sí, pero también conforme al título
de esta serie creo que no. Zancos y payasos hay en lugar de
aquel oso de los gitanos y aquellas cabriolas de los titiriteros.
¿Pero también algo más? Sí, también
algo más y hasta mucho más en los mejores
ejemplos de teatro de call de nuestro tiempo, sobre todo en el orden
político, desde aquel grupo Bread and Puppet que luchó
con las armas del teatro de calle contra la guerra de Vietnam, hasta
las actuales ficciones de bombardeos, en los que los manifestantes
hacen los papeles de muertos desparramados por las calles.
De todos modos, hay que decir que la denominación teatro
de calle cubre muchas y muy diferentes disciplinas, incluída
en ellas la que el criminalista Rafael Salillas llamaba la comedia
delincuente, de la que él descubrió verdaderos libretos
escritos por aquellos artistas. Es el teatro de los timos, que cuenta
con éxitos que aún permanecen en cartel como el del
tocomocho, que se realiza con un especialista en papeles
de tonto y otro en papeles de viandante interesado.
Pero tratándose de teatro propiamente dicho, habrá
que distinguir, creo yo, entre dos moalidades: 1) la que trabaja
sobre un espacio de calle previamente acotado a una hora previamente
anunciada; y 2) la que consiste en una interrupción no anunciada
de la vida cotidiana, mediante la ficción de un acontecimiento
previamente imaginado en sus líneas generales como
en la comeda del arte y en el timo, pero
sometido a las incidencias, a veces arriesgadas, que se produzcan
en el curso de la improvisación.
La primera no es, en realidad, sino otra localización que
completa el panorama iniciado en Grecia (al aire libre) y que se
continúa con lo teatros cubiertos en sus distintas formas.
Esta localización (la calle) ya ha dado entre nosotros algunas
muestras de sus grandes posibilidades. Recuerdo de Sitges, bajo
la memorable dirección de Ricard Salvat, experiencias como
la de La Cubana y las de Albert Vidal. También es de recordar
La Fura primitiva con sus grandes provocaciones.
La segunda modalidad creo que espera a nuevos talentos que sean
capaces de tomar el testigo de las experiencias del surrealismo
en los años 20. En Euskal Herria he visto cosas interesantes
a cargo del grupo Trapu Zaharra. Tengamos en cuenta que un espectáculo
de calle poco anunciado es como si no lo hubiera sido y puede provocar
el impacto de la interrupción de la vida cotidiana con un
acontecimeinto que resulte ser sorprendente e inquietante, y capaz
de provocar no sólo diversión sino también
pensamiento y crítica social.
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