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Radiografía
del teatro argentino
Klaus
A. Kiewert
Después
de doce días intensos, con tres o cuatro obras teatrales
por día y bajo un cielo mendocino sorprendente y casi continuamente
gris (sólo al principio y al final, durante pocos días,
se asomó el dueño de la llamada "Capital del
sol" argentina), se terminó la XVIII Fiesta Nacional
de Teatro. Ahora, algunas semanas más tarde y digerido todo
el teatro visto durante aquellos primeros días de otoño
de 2003, se permite una breve recapitulación de lo ocurrido.
Del 26 de marzo hasta el 6 de abril se reunieron en Mendoza más
que 400 gestores de teatro (actores, directores, dramaturgos, iluminadores,
sonidistas etc.) para ver y mostrar las 34 obras teatrales que durante
las Fiestas Regionales de todo el país se habían elegido
para participar en la Fiesta Nacional. Durante estos días,
más que 13.000 espectadores concurrieron a las once salas
mendocinas de diferente tamaño que albergaron los espectáculos.
Y pudieron ver de todo: Espectáculos teatrales de todos los
géneros: obras infantiles, costumbrismo convencional, propuestas
experimentales, tragedias, farsa y el teatro revisteril, teatro
corporal y danza teatro.
Tendencias
Acudieron los organizadores de varios festivales internacionales
(de Cádiz, de Londrina, Brasil; de Santiago de Chile; de
La Paz, Bolivia y de Miami, EEUU). Esto y el prestigio crecido de
la Fiesta Nacional de Teatro permitieron que obras maestras como
Mujeres soñaron caballos (Capital Federal), escrita y dirigida
por Daniel Veronese; Cachafaz, escrita por Copi y dirigida por Miguel
Pittier, o Perras de Claudio Martínez Bel, Néstor
Caniglia, Enrique Federman y Mauricio Kartún representaran
a la Capital Federal. Cinco obras de alta calidad las acompañaron:
Después de Todo (Neuquén) con La noche devora a sus
hijos, de Daniel Veronese, dirigida por Fernando Aragón,
con Maite Aranzábal. Mabel, de y con Claudia Cantero y Matías
Martínez (Rosario, Santa Fé), dirigida por Marcelo
Díaz. Jamuychis (Tucumán) con Jamuychis (El Grito),
de Flavia Molina y Patricia García, con textos de Nasim Hikmet.
Sobretabla (Mendoza) con La edad de la ciruela, de Arístides
Vargas, dirigida por Walter Neira, dramaturgia de Sonia de Monte,
con Rubén González Mayo y Guillermo Troncoso, y finalmente,
Teatro del Bardo (Entre Ríos) con El hombre acecha, de y
con Gabriela Trevisani y Valeria Folini, con textos de Miguel Hernández
y dirigida por Gustavo Bendersky.
Sin embargo, la XVIII Fiesta se caracterizó por cuatro tendencias
fundamentales:
1) Un especial interés en el monólogo y unipersonal
femenino (en general el mundo de la mujer ocupó mucho lugar
durante la Fiesta). Casi todas las obras de esta índole (cuatro,
en total) se sostenían en mayor parte gracias a las buenas
y hasta excelentes actuaciones de sus actrices. Destacaron especialmente
Flavia Molina (la actriz jujeña de Jamuychis (El Grito) y
Maite Aranzábal (de La noche devora a sus hijos). Cuándo
la actuación se veía acompañada por una dramaturgia
y dirección artística inteligente como en dichas obras,
los resultados llegaban a ser deslumbrantes.
2) El frecuente uso del travestismo. El juego del cambio de género
tuvo una fuerte presencia en la Fiesta Nacional de Teatro. Cinco
obras utilizaron este recurso, siempre con otra finalidad estética:
la confusión de los géneros como un elemento esencial
de la trama en U-27, una tragedia radial (Grupo Libres, Río
Negro); el travestismo como pretexto (potente, eso sí) para
causar risas de revista televisiva en Mujercitas... eran las de
antes (de "Mandrágora", de Tucumán) o como
recurso distanciador en La edad de la ciruela, y finalmente, como
herramienta de la poética Camp al estilo de Copi en Bety
Godt, la inconquistable (escrita por Daniel Sasovsky, grupo Actores
Unidos del Chaco, dirigida por Marcelo Padelín).
3) La preeminencia de lo local. La presencia física y la
voz del actor en el teatro pueden utilizarse para enfatizar cierta
territorialidad. Problemas surgen, si el localismo se convierte
en folclore acrítico. El realismo intencionado puede caer
en un costumbrismo falso que, resaltando ciertos ideales anticuados,
omite la seria reflexión sobre el presente. Tanto más
resalta una obra como Jamuychis (El Grito), que aparenta utilizar
los principios y recursos del teatro localista y casi antropológico
(coplas coyanas, tamborcito, traje a primera vista folklórico,
movimiento y desplazamiento por parte de la actriz que en momentos
encarna una abuela indigena boliviana que se ha vuelto loca por
amor). Pero ya desde el comienzo estos recursos se cuestionan sutil
e irónicamente, contrastándolos luego con la música,
la vestimenta y textos (especialmente del poeta turco Nasim Hikmet)
de otras culturas más, y abriéndose paso de manera
sugerente y casi mágica al tema fundamental de la obra, que
es el amor.
4) Cierta tendencia de querer satisfacer los antojos de un público
que, acostumbrado a la televisión y sus reglas de consumo,
no va al teatro sino para disfrutar. Las puestas y el trabajo actoral
solían ser muy convencionales pero de buena calidad, sólo
que en la dramaturgia se entreveía que el potencial crítico
a veces servía como mero pretexto para provocar la risa fácil.
Una radiografía honesta
Una
regla fundamental para elegir a los espectáculos que entran
en la Fiesta Nacional es que cada provincia argentina sea representada
con por lo menos una obra. Bajo esta perspectiva, las provincias
con más tradición y prestigio teatral, como Capital
Federal, Córdoba, Santa Fé, Mendoza y Tucumán
no tienen más peso que provincias como Misiones, Jujuy o
Tierra de Fuego, donde la gente de teatro aún lucha por alcanzar
una variedad artística y tiene que producir bajo circunstancias
a veces muy adversas. Por lo tanto, el desnivel artístico
entre las provincias sigue siendo demasiado grande para que la Fiesta
pudiera tener el objetivo de dar una muestra antológica.
La infraestructura artística (existencias de salas y espacios
de ensayo, intercambios artísticos, asistencias técnicas,
giras) aún se está construyendo. Además siguen
existiendo discrepancias estéticas entre los jurados que
eligen las obras en cada provincia.
Estamos ante un fenómeno poco común en el mundo teatral:
La Fiesta Nacional de Teatro es una muestra honesta y casi radiográfica
de toda la variedad artística en el teatro argentino, tanto
de sus logros como de sus deficiencias. Viendo la Fiesta Nacional
de Teatro desde esta perspectiva y comparando las obras teatrales
de todas las provincias con las de los años anteriores, se
concibe una notable mejora estética en lo general, sobre
todo en la parte actoral, eso sí, manteniendo ciertas flaquezas
en el plano dramatúrgico y de dirección. Lo que más
vale, sin embargo, es el fructífero diálogo entre
los teatristas, hablando o viendo mutuamente sus espectáculos.
Sólo así se construirá la infraestructura teatral
deseada para una mayor calidad teatral.
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