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Artez 73. Mayo2003
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    Radiografía del teatro argentino

    Klaus A. Kiewert

    Después de doce días intensos, con tres o cuatro obras teatrales por día y bajo un cielo mendocino sorprendente y casi continuamente gris (sólo al principio y al final, durante pocos días, se asomó el dueño de la llamada "Capital del sol" argentina), se terminó la XVIII Fiesta Nacional de Teatro. Ahora, algunas semanas más tarde y digerido todo el teatro visto durante aquellos primeros días de otoño de 2003, se permite una breve recapitulación de lo ocurrido. Del 26 de marzo hasta el 6 de abril se reunieron en Mendoza más que 400 gestores de teatro (actores, directores, dramaturgos, iluminadores, sonidistas etc.) para ver y mostrar las 34 obras teatrales que durante las Fiestas Regionales de todo el país se habían elegido para participar en la Fiesta Nacional. Durante estos días, más que 13.000 espectadores concurrieron a las once salas mendocinas de diferente tamaño que albergaron los espectáculos. Y pudieron ver de todo: Espectáculos teatrales de todos los géneros: obras infantiles, costumbrismo convencional, propuestas experimentales, tragedias, farsa y el teatro revisteril, teatro corporal y danza teatro.

    Tendencias

    Acudieron los organizadores de varios festivales internacionales (de Cádiz, de Londrina, Brasil; de Santiago de Chile; de La Paz, Bolivia y de Miami, EEUU). Esto y el prestigio crecido de la Fiesta Nacional de Teatro permitieron que obras maestras como Mujeres soñaron caballos (Capital Federal), escrita y dirigida por Daniel Veronese; Cachafaz, escrita por Copi y dirigida por Miguel Pittier, o Perras de Claudio Martínez Bel, Néstor Caniglia, Enrique Federman y Mauricio Kartún representaran a la Capital Federal. Cinco obras de alta calidad las acompañaron: Después de Todo (Neuquén) con La noche devora a sus hijos, de Daniel Veronese, dirigida por Fernando Aragón, con Maite Aranzábal. Mabel, de y con Claudia Cantero y Matías Martínez (Rosario, Santa Fé), dirigida por Marcelo Díaz. Jamuychis (Tucumán) con Jamuychis (El Grito), de Flavia Molina y Patricia García, con textos de Nasim Hikmet. Sobretabla (Mendoza) con La edad de la ciruela, de Arístides Vargas, dirigida por Walter Neira, dramaturgia de Sonia de Monte, con Rubén González Mayo y Guillermo Troncoso, y finalmente, Teatro del Bardo (Entre Ríos) con El hombre acecha, de y con Gabriela Trevisani y Valeria Folini, con textos de Miguel Hernández y dirigida por Gustavo Bendersky.
    Sin embargo, la XVIII Fiesta se caracterizó por cuatro tendencias fundamentales:
    1) Un especial interés en el monólogo y unipersonal femenino (en general el mundo de la mujer ocupó mucho lugar durante la Fiesta). Casi todas las obras de esta índole (cuatro, en total) se sostenían en mayor parte gracias a las buenas y hasta excelentes actuaciones de sus actrices. Destacaron especialmente Flavia Molina (la actriz jujeña de Jamuychis (El Grito) y Maite Aranzábal (de La noche devora a sus hijos). Cuándo la actuación se veía acompañada por una dramaturgia y dirección artística inteligente como en dichas obras, los resultados llegaban a ser deslumbrantes.
    2) El frecuente uso del travestismo. El juego del cambio de género tuvo una fuerte presencia en la Fiesta Nacional de Teatro. Cinco obras utilizaron este recurso, siempre con otra finalidad estética: la confusión de los géneros como un elemento esencial de la trama en U-27, una tragedia radial (Grupo Libres, Río Negro); el travestismo como pretexto (potente, eso sí) para causar risas de revista televisiva en Mujercitas... eran las de antes (de "Mandrágora", de Tucumán) o como recurso distanciador en La edad de la ciruela, y finalmente, como herramienta de la poética Camp al estilo de Copi en Bety Godt, la inconquistable (escrita por Daniel Sasovsky, grupo Actores Unidos del Chaco, dirigida por Marcelo Padelín).
    3) La preeminencia de lo local. La presencia física y la voz del actor en el teatro pueden utilizarse para enfatizar cierta territorialidad. Problemas surgen, si el localismo se convierte en folclore acrítico. El realismo intencionado puede caer en un costumbrismo falso que, resaltando ciertos ideales anticuados, omite la seria reflexión sobre el presente. Tanto más resalta una obra como Jamuychis (El Grito), que aparenta utilizar los principios y recursos del teatro localista y casi antropológico (coplas coyanas, tamborcito, traje a primera vista folklórico, movimiento y desplazamiento por parte de la actriz que en momentos encarna una abuela indigena boliviana que se ha vuelto loca por amor). Pero ya desde el comienzo estos recursos se cuestionan sutil e irónicamente, contrastándolos luego con la música, la vestimenta y textos (especialmente del poeta turco Nasim Hikmet) de otras culturas más, y abriéndose paso de manera sugerente y casi mágica al tema fundamental de la obra, que es el amor.
    4) Cierta tendencia de querer satisfacer los antojos de un público que, acostumbrado a la televisión y sus reglas de consumo, no va al teatro sino para disfrutar. Las puestas y el trabajo actoral solían ser muy convencionales pero de buena calidad, sólo que en la dramaturgia se entreveía que el potencial crítico a veces servía como mero pretexto para provocar la risa fácil.

    Una radiografía honesta

    Una regla fundamental para elegir a los espectáculos que entran en la Fiesta Nacional es que cada provincia argentina sea representada con por lo menos una obra. Bajo esta perspectiva, las provincias con más tradición y prestigio teatral, como Capital Federal, Córdoba, Santa Fé, Mendoza y Tucumán no tienen más peso que provincias como Misiones, Jujuy o Tierra de Fuego, donde la gente de teatro aún lucha por alcanzar una variedad artística y tiene que producir bajo circunstancias a veces muy adversas. Por lo tanto, el desnivel artístico entre las provincias sigue siendo demasiado grande para que la Fiesta pudiera tener el objetivo de dar una muestra antológica. La infraestructura artística (existencias de salas y espacios de ensayo, intercambios artísticos, asistencias técnicas, giras) aún se está construyendo. Además siguen existiendo discrepancias estéticas entre los jurados que eligen las obras en cada provincia.
    Estamos ante un fenómeno poco común en el mundo teatral: La Fiesta Nacional de Teatro es una muestra honesta y casi radiográfica de toda la variedad artística en el teatro argentino, tanto de sus logros como de sus deficiencias. Viendo la Fiesta Nacional de Teatro desde esta perspectiva y comparando las obras teatrales de todas las provincias con las de los años anteriores, se concibe una notable mejora estética en lo general, sobre todo en la parte actoral, eso sí, manteniendo ciertas flaquezas en el plano dramatúrgico y de dirección. Lo que más vale, sin embargo, es el fructífero diálogo entre los teatristas, hablando o viendo mutuamente sus espectáculos. Sólo así se construirá la infraestructura teatral deseada para una mayor calidad teatral.

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