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Revista de las Artes Escénicas
Artez 74.Junio 2003
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    EL RINCÓN DEL NO

    Descolocación, premios y,
    a fin de cuentas, nada

    Alfonso Sastre

     

    Víctor bevch de vaivén producciónes

    Hay hechos inesperados, también en el teatro. Así lo ha sido para mí que la SGAE me haya concedido el Premio Max. ¡Gracias, colegas! Lo ha hecho en su sector honorífico, y ojalá pudiera decirse también en este caso que a tal señor tal honor, o sea, que es un premio merecido. Así lo estiman mis colegas y yo se lo agradezco en el alma. Pues bien, con este motivo el crítico Pedro Barea me ha definido como ³un autor descolocado². ¡Está bien!; lo soy, o mejor, lo estoy, pero también quisiera precisarle a mi amigo, y no por negar que sea cierto lo que él dice ni por poner reservas a su pensamiento, que eso de la descolocación es una nota general entre nosotros pues más bien somos muchos ­si no todos (y, claro, todas)­ quienes participamos de esa indeseable pero divertida situación (otra paradoja): la de estar descolocados, que otras veces he definido diciendo que nosotros, los escritores de dramas (los que no somos además productores o directores de escena), somos gentes de letras para los profesionales del teatro y teatreros (feo nombre, por cierto) para las gentes de letras, de tal modo que se nos puede ignorar o desdeñar tanto en un mundo (el de la literatura) como en el otro (el del teatro). Descolocación, se llama, efectivamente, esta figura; y una descolocación que es una fuente de continuas paradojas, como la de que un autor ­un escritor de teatro­ pueda ser, a la vez, muy importante (?) y no ser jamás representado. Por algo como eso se puso en marcha hace años la Asociación de Autores de Teatro, y se enarboló la bandera de la necesidad de que se pusieran en escena ³autores españoles vivos², como un proyecto de verdadera vitalidad para el teatro de hoy, el cual es, hoy por hoy, ciertamente, un mundo de grupos y compañías que se consumen guiones casi anónimos, sobre los que se hacen espectáculos, más o menos ingeniosos y visuales, y luego se tiran, y además, para completar el panorama, se hacen (o se deshacen) clásicos y traducciones, o arreglos como el de convertir un drama de cuarenta personajes en un monólogo. Ser importante y, a la vez, no ser nadie es una situación realmente paradójica pero natural en el teatro, que es el reino de la paradoja. Fuera del teatro, esto sería simplemente un absurdo, pues allí afuera, si uno es importante no puede ser a la vez nadie, o, si es nadie, no puede ser a la vez importante; pero en el teatro esto es normal, y en su mundo no hay contradicción alguna entre una tesis como ésta ­ser importante­ y su antítesis: no ser nadie. (Estoy trabajando sobre esto, y pronto terminaré un libro Las grandes paradojas del teatro actual para probar lo que estoy diciendo). Mirando a la historia del drama europeo hay casos en que esta paradoja ha brillado majestuosamente; y no es el menos destacable el del gran autor teatral Alfred de Musset cuyas obras no se representaban ni a tiros, y el autor ya las escribía directamente para el libro, de manera que su calidad de dramaturgo fue descubierta prácticamente después de su muerte. Leídas hoy sus comedías, encontramos a un autor de superior talento teatral, cuyos diálogos son un monumento a la gracia, a la finura y al ³pathos² dramático. Recordad, por ejemplo, Los caprichos de Mariana, No hay burlas con el amor, El que lleva la vela o Una puerta está abierta o está cerrada. Por cierto que nuestros productores de clásicos y de traducciones todavía no parecen haberse enterado de la existencia de este gran autor. Entre nosotros, los casos más notorios son los de Cervantes, sobre el que se instaló el tópico de que no sabía escribir para el teatro, de manera que la Numancia fue condenada al olvido hasta que mucho tiempo después fue resucitada, y así se aborto la posible línea de una tragedia española de altos vuelos. Valle Inclán y Max Aub son otros claros ejemplos de la baja estatura de quienes han hecho siempre el teatro español, empresarios ­de paredes y de compañías­, productores, directores y actores. (¿Ningún productor ha leído todavía ese gran drama de Max Aub que es Morir por cerrar los ojos?). Sobre los Premios, la verdad es que ellos pueden hacer muy poco por aliviar esta situación, pues apenas operan como sucedáneos de lo que en el teatro, que es donde debería hacerse, no se hace, salvo cuando ellos son reflejos de éxitos previamente obtenidos en la escena. La verdad es que es muy frágil y difícil de defender la posición de quienes reclaman su derecho (?) a ser representados por el hecho (por ejemplo) de ser españoles y estar vivos. En una ocasión llamé la atención de Miguel Narros sobre que a ellos no les interesaba lo que nosotros escribíamos. ³¿Y por qué iba a interesarnos?², me replico obviamente, descubriendo en mí, sin pretenderlo un resto de patriotismo español que yo ignoraba y del que, desde luego, me avergoncé.

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