|
|
|
iritzia
|
opinión
|
|
EL
RINCÓN DEL NO
|
Descolocación,
premios y,
a fin de cuentas, nada
|
|
|
Víctor
bevch de vaivén producciónes
|
Hay
hechos inesperados, también en el teatro. Así lo ha sido para mí
que la SGAE me haya concedido el Premio Max. ¡Gracias, colegas!
Lo ha hecho en su sector honorífico, y ojalá pudiera decirse también
en este caso que a tal señor tal honor, o sea, que es un premio
merecido. Así lo estiman mis colegas y yo se lo agradezco en el
alma. Pues bien, con este motivo el crítico Pedro Barea me ha definido
como ³un autor descolocado². ¡Está bien!; lo soy, o mejor, lo estoy,
pero también quisiera precisarle a mi amigo, y no por negar que
sea cierto lo que él dice ni por poner reservas a su pensamiento,
que eso de la descolocación es una nota general entre nosotros pues
más bien somos muchos si no todos (y, claro, todas) quienes participamos
de esa indeseable pero divertida situación (otra paradoja): la de
estar descolocados, que otras veces he definido diciendo que nosotros,
los escritores de dramas (los que no somos además productores o
directores de escena), somos gentes de letras para los profesionales
del teatro y teatreros (feo nombre, por cierto) para las gentes
de letras, de tal modo que se nos puede ignorar o desdeñar tanto
en un mundo (el de la literatura) como en el otro (el del teatro).
Descolocación, se llama, efectivamente, esta figura; y una descolocación
que es una fuente de continuas paradojas, como la de que un autor
un escritor de teatro pueda ser, a la vez, muy importante (?)
y no ser jamás representado. Por algo como eso se puso en marcha
hace años la Asociación de Autores de Teatro, y se enarboló la bandera
de la necesidad de que se pusieran en escena ³autores españoles
vivos², como un proyecto de verdadera vitalidad para el teatro de
hoy, el cual es, hoy por hoy, ciertamente, un mundo de grupos y
compañías que se consumen guiones casi anónimos, sobre los que se
hacen espectáculos, más o menos ingeniosos y visuales, y luego se
tiran, y además, para completar el panorama, se hacen (o se deshacen)
clásicos y traducciones, o arreglos como el de convertir un drama
de cuarenta personajes en un monólogo. Ser importante y, a la vez,
no ser nadie es una situación realmente paradójica pero natural
en el teatro, que es el reino de la paradoja. Fuera del teatro,
esto sería simplemente un absurdo, pues allí afuera, si uno es importante
no puede ser a la vez nadie, o, si es nadie, no puede ser a la vez
importante; pero en el teatro esto es normal, y en su mundo no hay
contradicción alguna entre una tesis como ésta ser importante
y su antítesis: no ser nadie. (Estoy trabajando sobre esto, y pronto
terminaré un libro Las grandes paradojas del teatro actual para
probar lo que estoy diciendo). Mirando a la historia del drama europeo
hay casos en que esta paradoja ha brillado majestuosamente; y no
es el menos destacable el del gran autor teatral Alfred de Musset
cuyas obras no se representaban ni a tiros, y el autor ya las escribía
directamente para el libro, de manera que su calidad de dramaturgo
fue descubierta prácticamente después de su muerte. Leídas hoy sus
comedías, encontramos a un autor de superior talento teatral, cuyos
diálogos son un monumento a la gracia, a la finura y al ³pathos²
dramático. Recordad, por ejemplo, Los caprichos de Mariana, No hay
burlas con el amor, El que lleva la vela o Una puerta está abierta
o está cerrada. Por cierto que nuestros productores de clásicos
y de traducciones todavía no parecen haberse enterado de la existencia
de este gran autor. Entre nosotros, los casos más notorios son los
de Cervantes, sobre el que se instaló el tópico de que no sabía
escribir para el teatro, de manera que la Numancia fue condenada
al olvido hasta que mucho tiempo después fue resucitada, y así se
aborto la posible línea de una tragedia española de altos vuelos.
Valle Inclán y Max Aub son otros claros ejemplos de la baja estatura
de quienes han hecho siempre el teatro español, empresarios de
paredes y de compañías, productores, directores y actores. (¿Ningún
productor ha leído todavía ese gran drama de Max Aub que es Morir
por cerrar los ojos?). Sobre los Premios, la verdad es que ellos
pueden hacer muy poco por aliviar esta situación, pues apenas operan
como sucedáneos de lo que en el teatro, que es donde debería hacerse,
no se hace, salvo cuando ellos son reflejos de éxitos previamente
obtenidos en la escena. La verdad es que es muy frágil y difícil
de defender la posición de quienes reclaman su derecho (?) a ser
representados por el hecho (por ejemplo) de ser españoles y estar
vivos. En una ocasión llamé la atención de Miguel Narros sobre que
a ellos no les interesaba lo que nosotros escribíamos. ³¿Y por qué
iba a interesarnos?², me replico obviamente, descubriendo en mí,
sin pretenderlo un resto de patriotismo español que yo ignoraba
y del que, desde luego, me avergoncé.
|