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Teatro
al oído
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LA
CONFESIÓN de Varios Autores
Asociación de Autores de Teatro, 2002 |
Veintiuno
son los autores que se reúnen en estas noventa páginas.
Breves textos monólogos de veintiún dramaturgos
para conformar un espectáculo que fue estrenado a finales
de 2001 en el Festival Madrid Sur. La peculiaridad de estos textos
es que están concebidos para ser dichos prácticamente
al oído del espectador. Por lo tanto serán precisos
tantos actores como espectadores; el número de espectadores
de cada sesión se restringe a veinte, diez hombres y diez
mujeres, que se enfrentan a otros tantos actores. Cada uno de los
espectadores se instala en un confesionario y los actores-pecadores
van pasando y descargando el peso de sus culpas individualizadamente.
Ya en principio es curiosa y significativa esta metáfora
litúrgico-teatral actor/autor: pecador; espectador:
redentor. Y por supuesto también lo es eso de individualizar
la relación actor-público, lo que por fuerza ha de
provocar una intensificación en la participación y
en la vivencia dramática de un público
que toma cada vez mayores distancias con lo que sucede en el escenario.
Este espectáculo se estrenó en 1993 en el Festival
de Taormina a iniciativa del director italiano Walter Manfré,
empeñado en sus últimos montajes en sumergir al espectador
en el corazón del espacio y del tiempo dramático,
buscando su implicación, su complicidad, demandándole
su parte en ese proceso creativo colectivo que es el teatro.
La confesión se ha puesto en escena en diversos países
de Europa y América siempre bajo la dirección de Manfré
y siempre con idéntica puesta en escena, pero nunca con los
mismos textos. En cada país han sido dramaturgos nacionales
los que han elaborado los monólogos de los arrepentidos pecadores,
lo que hace más peculiar la experiencia por eso de las particularidades
nacionales tanto en el ámbito de la escritura dramática
como en el de los demonios de la culpa y el pecado. En Madrid Manfré
pidió la colaboración de la Asociación de Autores
de Teatro, que aceptó el reto, corriendo la selección
final de los textos y la dramaturgia del espectáculo en manos
de José Monleón.
Pero el caso es que, como casi siempre sucede en teatro queramos
o no aceptarlo, aunque un proyecto cuente, como sucede en este caso,
con elementos dramatúrgicos a su favor cercanía
extrema, individualización del espectador y por tanto teórica
potenciación de su implicación, del trabajo actoral
y de la intensidad dramática su resultado final depende
en grandísima medida de lo que la obra nos cuente; y en este
caso esa relación sólo tangencial entre obra y autores
parece lastrarla excesivamente. Se reúnen aquí veintiún
autores de las tres generaciones en activo del teatro español,
desde Alfonso Sastre a Antonio Alamo o Itziar Pascual pasando por
Ignacio Amestoy, Alberto Miralles, Rodolf Sirera, Alfonso Vallejo
o Paloma Pedrero; la solvencia parece asegurada, pero sin embargo,
y además de los inevitables desequilibrios entre los textos,
la lectura de este libro deja un pobre sabor.
El reto es más complicado de lo que parece, y muchos de los
autores naufragan en él; quizá la causa no sea otra
que esa relación sólo tangencial con el proyecto.
Son sólo unas pocas las confesiones que quedan grabadas en
el lector tras la lectura del libro, y eso que se juega con emociones
y sentimientos de grueso calibre o quizá precisamente
por eso: culpa, perdón, redención, mal, secreto,
exhibicionismo, desesperación, arrepentimiento, dolor, escepticismo...
Se espera que esa galería de almas en pena plantee los problemas
más candentes y a la vez eternos del alma humana, pero eso
no es nada fácil de hacer en unos minutos, y así la
reiteración, el tópico, el tremendismo, la retórica
o la simple ocurrencia están demasiado presentes. Tal sucede
en la confesión de un Cristo lujurioso que en su segunda
venida cae con desesperación en el pecado de la carne para
dejarnos al menos esta vez su prolija descendencia (Alamo), o en
la del infiltrado policial (Amestoy), o en esa otra preñada
de humor negro de la esposa maltratada y con pulsiones asesinas
(Barbero), o en la irónica confesión del homosexual
que en realidad es hetero (Campos), o en la del futbolista comprado
(Dans), por ejemplo.
Entre los aciertos, los textos más poéticos, más
elípticos y sugerentes, más plásticos, como
los de Sirera (Lluvia) o Vallejo (Greta), en el que enfrenta la
seguridad aséptica del que juzga instalado cómodamente
en una pretendida Verdad con el precario y peligroso equilibrio
de quien necesita buscar sus verdades. Sastre pone ante el confesor
al protagonista de uno de sus dramas, plena y dramáticamente
consciente del final heroico y trágico que le tiene reservado
el Autor y al que con gusto renunciaría a cambio simplemente
de vivir. El personaje que crea Paloma Pedrero es una actriz harta
de hacer de pecadora y de repetir tantísimas veces el mismo
monólogo tostón que, aprovechando el tú a tú
de la representación, pasa de su trabajo y se dedica a echarle
los tejos al espectador. Inquietantes y sorprendentes en su brevedad
y en su audaz acercamiento a la naturaleza humana y a la naturaleza
del mal son Confesión, de J.L.Miranda, No
querer a nadie es muy fácil. Pero saberlo no es tan corriente;
Pero no me basta la maldad, necesito confesarla. Necesito
cómplices. La confesión me gusta por eso, por el secreto.
Y por lo irracional que es, porque no explica nada, dice su
personaje en la pieza quizá más redonda del libro
y Ventanas, de Elena Belmonte, una historia tan breve como rotunda
de deseo y obsesión.
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