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Revista de las Artes Escénicas
Artez 74.Junio 2003
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    LUZ NEGRA

    Teatro al oído

    Josu Montero

     

    “LA CONFESIÓN” de Varios Autores
    Asociación de Autores de Teatro, 2002

    Veintiuno son los autores que se reúnen en estas noventa páginas. Breves textos –monólogos– de veintiún dramaturgos para conformar un espectáculo que fue estrenado a finales de 2001 en el Festival Madrid Sur. La peculiaridad de estos textos es que están concebidos para ser dichos prácticamente al oído del espectador. Por lo tanto serán precisos tantos actores como espectadores; el número de espectadores de cada sesión se restringe a veinte, diez hombres y diez mujeres, que se enfrentan a otros tantos actores. Cada uno de los espectadores se instala en un confesionario y los actores-pecadores van pasando y descargando el peso de sus culpas individualizadamente. Ya en principio es curiosa y significativa esta metáfora litúrgico-teatral –actor/autor: pecador; espectador: redentor. Y por supuesto también lo es eso de individualizar la relación actor-público, lo que por fuerza ha de provocar una intensificación en la participación y en la “vivencia dramática” de un público que toma cada vez mayores distancias con lo que sucede en el escenario.
    Este espectáculo– se estrenó en 1993 en el Festival de Taormina a iniciativa del director italiano Walter Manfré, empeñado en sus últimos montajes en sumergir al espectador en el corazón del espacio y del tiempo dramático, buscando su implicación, su complicidad, demandándole su parte en ese proceso creativo colectivo que es el teatro.
    La confesión se ha puesto en escena en diversos países de Europa y América siempre bajo la dirección de Manfré y siempre con idéntica puesta en escena, pero nunca con los mismos textos. En cada país han sido dramaturgos nacionales los que han elaborado los monólogos de los arrepentidos pecadores, lo que hace más peculiar la experiencia por eso de las particularidades nacionales tanto en el ámbito de la escritura dramática como en el de los demonios de la culpa y el pecado. En Madrid Manfré pidió la colaboración de la Asociación de Autores de Teatro, que aceptó el reto, corriendo la selección final de los textos y la dramaturgia del espectáculo en manos de José Monleón.
    Pero el caso es que, como casi siempre sucede en teatro queramos o no aceptarlo, aunque un proyecto cuente, como sucede en este caso, con elementos dramatúrgicos a su favor –cercanía extrema, individualización del espectador y por tanto teórica potenciación de su implicación, del trabajo actoral y de la intensidad dramática– su resultado final depende en grandísima medida de lo que la obra nos cuente; y en este caso esa relación sólo tangencial entre obra y autores parece lastrarla excesivamente. Se reúnen aquí veintiún autores de las tres generaciones en activo del teatro español, desde Alfonso Sastre a Antonio Alamo o Itziar Pascual pasando por Ignacio Amestoy, Alberto Miralles, Rodolf Sirera, Alfonso Vallejo o Paloma Pedrero; la solvencia parece asegurada, pero sin embargo, y además de los inevitables desequilibrios entre los textos, la lectura de este libro deja un pobre sabor.
    El reto es más complicado de lo que parece, y muchos de los autores naufragan en él; quizá la causa no sea otra que esa relación sólo tangencial con el proyecto. Son sólo unas pocas las confesiones que quedan grabadas en el lector tras la lectura del libro, y eso que se juega con emociones y sentimientos de grueso calibre –o quizá precisamente por eso–: culpa, perdón, redención, mal, secreto, exhibicionismo, desesperación, arrepentimiento, dolor, escepticismo... Se espera que esa galería de almas en pena plantee los problemas más candentes y a la vez eternos del alma humana, pero eso no es nada fácil de hacer en unos minutos, y así la reiteración, el tópico, el tremendismo, la retórica o la simple ocurrencia están demasiado presentes. Tal sucede en la confesión de un Cristo lujurioso que en su segunda venida cae con desesperación en el pecado de la carne para dejarnos al menos esta vez su prolija descendencia (Alamo), o en la del infiltrado policial (Amestoy), o en esa otra preñada de humor negro de la esposa maltratada y con pulsiones asesinas (Barbero), o en la irónica confesión del homosexual que en realidad es hetero (Campos), o en la del futbolista comprado (Dans), por ejemplo.
    Entre los aciertos, los textos más poéticos, más elípticos y sugerentes, más plásticos, como los de Sirera (Lluvia) o Vallejo (Greta), en el que enfrenta la seguridad aséptica del que juzga instalado cómodamente en una pretendida Verdad con el precario y peligroso equilibrio de quien necesita buscar sus verdades. Sastre pone ante el confesor al protagonista de uno de sus dramas, plena y dramáticamente consciente del final heroico y trágico que le tiene reservado el Autor y al que con gusto renunciaría a cambio simplemente de vivir. El personaje que crea Paloma Pedrero es una actriz harta de hacer de pecadora y de repetir tantísimas veces el mismo monólogo tostón que, aprovechando el tú a tú de la representación, pasa de su trabajo y se dedica a echarle los tejos al espectador. Inquietantes y sorprendentes en su brevedad y en su audaz acercamiento a la naturaleza humana –y a la naturaleza del mal– son Confesión, de J.L.Miranda, –“No querer a nadie es muy fácil. Pero saberlo no es tan corriente”; “Pero no me basta la maldad, necesito confesarla. Necesito cómplices. La confesión me gusta por eso, por el secreto. Y por lo irracional que es, porque no explica nada”, dice su personaje en la pieza quizá más redonda del libro– y Ventanas, de Elena Belmonte, una historia tan breve como rotunda de deseo y obsesión.

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