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Artez 76.Agosto 2003
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    EL RINCÓN DEL NO

    Algo sobre los géneros
    teatrales

    Alfonso Sastre

     

    FOLIE A DEUX DE LA COMPAÑIA TITZINA TEATRO

    Hablar de géneros teatrales a estas alturas? ¿No es un tema obsoleto? ¿Las obras para el teatro que hoy se escriben obedecen a pautas clásicas como tragedias, comedias, tragicomedias, autos sacramentales, farsas, entremeses, sainetes, astracanes o esperpentos? Hace tiempo que los franceses decidieron clausurar este tema y definir sus obras como “piezas”, noción que es como una bolsa en la que caben todas las obras temáticas. En España se ha empleado el término “comedia” con esta significación de “pieza”, y así se pudo leer cuando ahora hace cincuenta años se estrenó mi tragedia Escuadra hacia la muerte, en la que muere hasta el apuntador, que era “una buena comedia”. El uso de la palabra “drama”, que es la justa, se ha venido evitando por la ambigüedad que popularmente contiene esa palabra, que se usa en un sentido patético y resulta, en el lenguaje de la crítica corriente, como una especie de grado menor de la tragedia, o sea, como una tragedia de débil intensidad, de manera que decir “drama cómico” parece una contradicción o una paradoja; incluso se llegó a decir en algún manual que la diferencia entre los dramas y las tragedias, en el teatro, reside en el hecho de que en las tragedias hay muertos y en los dramas no. “¿Llegaba la sangre al río? Era una tragedia. ¿No había derramamiento de sangre? Era un drama”. O también: en los dramas ocurrían desgracias; en las tragedias, catástrofes.
    Asistiendo a algunas representaciones de la Feria de Teatro de Donostia (9 al 12 de julio) se me ha ocurrido plantearme el tema de los géneros al advertir que continúa la presencia de espectáculos que podrían denominarse “paridas” o quizás ocurrencias más o menos desmelenadas (sobre saturación, una peste del drama) que quizás puedan ser consideradas como unos productos de la posmodernidad, los cuáles sucedieron a los que se llamaron, en el ámbito de mayo del 68, “espectáculos de creación colectiva”.
    La teoría de los géneros literarios ha sido muy criticada como una propuesta de encorsetamiento de la libertad literaria, y así se reclamó la libertad para la novela afirmando de este género que “una novela no es más que un libro en cuya portada se dice después del título: novela”; de modo que una novela podría ser cualquier cosa. También un drama puede ser cualquier cosa que presente en un espacio a unos personaje en acción; pero generalmente se postula –y yo creo que eso está bien– que ha de darse una cierta “formalidad” (¿una “unidad de acción”?) para que algo que se representa merezca ese término, y se pueda decir de tal cosa que “es un drama”. Los géneros literarios –dicen Wellek y Warren en un famoso libro– “no son simples nombres” que se dan a unos materiales escritos, sino que más bien la teoría de los géneros literarios es (por lo menos) “un principio de orden” en el conjunto de lo que se escribe. Los géneros pueden ser negados pero “tienen la cabeza dura” –eso lo digo yo, y siempre se afirma de “los hechos” frente al presunto poder destructivo de las palabras.
    Yo pienso que lo que uno hace en el teatro, por muy libertaria que sea su creación, siempre se coloca –ello solo, de por sí, tiende a colocarse– en alguna parte, por lo menos en los catálogos, y a evidenciar así su parentesco, incluso ignorado por el autor, con otras experiencias anteriores. Así es que los experimentos transgenéricos, acaban siempre etiquetados por la crítica literaria y teatral, y en las universidades, y también por los propios autores. (Unamuno autoetiquetó alguna de sus obras como “nivolas”; y yo mismo he escrito, haciendo caso omiso de los géneros, mis “ensayelas”, que no dejan de ser obras mestizas de ensayo y novela). Y es que los géneros, tanto los teatrales como los literarios, aún negados teóricamente y pretendidamente trascendidos o superados, siguen estando ahí. En definitiva, los géneros son productos históricos de las relaciones de la imaginación humana con las condiciones sociales en las que se ha producido la actividad poética a lo largo de los tiempos, y ellos marcan las fronteras de nuestra libertad.
    Sobre lo que hemos llamado “paridas” me temo que estos son productos, definitivamente, de la no colaboración con los grupos de verdaderos escritores, capaces de elevar la calidad literaria –el drama también es literatura– de los espectáculos. Calidad que, cuando se produce, es fuente de los mayores gozos. En esta Feria, señalamos por ejemplo la alta calidad del espectáculo Folie à deux, de la Compañía de Teatro Titzina. ¿Cómo lo han hecho? ¿De dónde han partido? ¿Ha habido un obra dramática previa en ese proceso o los materiales han sido elaborados cada día y en la práctica? Sea como sea, es de resaltar el gran talento de los actores, y que, no siendo este espectáculo un drama convencional, Folie à deux es una excelente pieza de teatro.

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