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EL
GRAFÓGRAFO
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Genet
en América
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JEAN
GENET, EL POETA DE LOS DESPOSEÍDOS
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Coinciden
por estos días, en Brasil y en Colombia, dos aproximaciones
a la obra de Jean Genet que resultan interesantes.
La aparición de dos nuevas traducciones de Genet una biografía
de Edmund White, y de Un cautivo apasionado escrito por el propio
Genet en Brasil, propuso una visión de este libertario radical,
o el santo de las manos sucias como otros lo llamaron, de su vigencia
y de su pertinencia en la escena teatral brasilera.
Hacia un buen rato no se hablaba de Genet, de sus históricas
puestas en escena brasileras, desde El balcón realizada por
Víctor García en la que anecdóticamente se
recuerda que Ruth Escobar demolió parte de su teatro para
incorporar la escenografía de la obra a cuyo estreno asistió
el autor al final de la década de los sesenta, o la de José
Celso Martínez Correa con su Ella en los noventa.
En Colombia, el joven y talentoso director Farley Velásquez
acaba de proponer un collage del universo del autor a través
de una puesta que involucra El diario de un ladrón, Las criadas
y Severa vigilancia, con la convicción de encontrar a un
Genet próximo a esa sensibilidad de un santo a la manera
de Bataille que tanto interesa al director de Medellín.
No pierden vigencia polémica las categorías intelectuales
con las que se analiza la obra del hijo de la asistencia pública,
desde un Sartre que se propone comprender como alguien libre del
pasado de la ilustración puede llevar hasta las últimas
consecuencias la solución de la ausencia de compromiso, haciendo
de la literatura el alimento de su imaginación y de su gozo,
hasta esa visión convencional con que se nos regala desde
la moral (confesional y de la izquierda tradicional) intentando
tipificar la perplejidad que causa entre quienes pretenden encontrar
en la propia vida del autor, tan interesante como su obra, una especie
de fenotipo moral que generaría la consecuencia de su obra
consigo mismo.
Perturba la visión homoreligiosa del autor, y la dicotomía
que se plantea de los cerrados mundos alternativos que terminan
por referenciar constantemente la prisión como una forma
de relacionarse con aquella libertad desvergonzada que trasciende
cualquier encasillamiento, de aquí que cuando se aborda la
puesta de Genet, la referencia carcelaria resulta casi de lugar
común, y puede tornarse en un libelo sobre la libertad, ajena
a la paradoja desconcertante que siempre está implícita
en la dramaturgia y en la literatura genetiana del santo ladrón
cuya redención incorpora el vicio y el dolor.
En la lectura de Velásquez, construida desde la superficie
de la anécdota y con la evidente ansiedad de quien quiere
transmitir una visión amplia de este autor de auto-ficción
como lo llamara White, pueden notarse las carencias de una puesta
en que el desgarramiento interno propio de personajes que arrastran
consigo sus propios purgatorios no aparece por parte alguna, como
tampoco la atmósfera de la dicotomía religiosa: culpa-placer
presente en los textos abordados.
Bien señalaba White que este poeta de los desposeídos
no puede ser tomado como militante de ninguna causa, sobre todo
si se recuerda que su vicio predilecto era la traición, que
el entendía como la afirmación del individuo contra
la ignorancia colectiva, de un católico marcado por la transgresión
y el arrepentimiento histérico, poseedor de una sensualidad
más intelectual que física,
con un deseo de
ser al mismo tiempo rebelde y esclavo.
Aquí radica el problema de la forma en que se aborda la puesta
en escena por parte del grupo colombiano Hora 25, al no comprender
las estructuras simbólicas genetianas que sustentan lo criminal
como un zambullida en el mal radical y en el juego de papeles que
problematiza la separación entre lo real y lo imaginario
que lo aproximan a las ideas de Artaud de un teatro poético
que no se inclina ante la imitación de la realidad empeñándose
en recuperar el valor lírico de la palabra y la fuerza política
del juego escénico.
Pueden preverse una ola de nuevas puestas de la obra de Jean Genet
en el Brasil de hoy, de Lula y del fin de la post-modernidad, con
la aparición de los libros citados y el redescubrimiento
que podrán hacer los jóvenes directores de la nueva
generación.
Desde el lado colombiano Velásquez puede estar tranquilo,
el ejercicio de la traición era muy caro a Genet.
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