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Artez 76.Agosto 2003
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    EL GRAFÓGRAFO

    Genet en América

    Octavio Arbelaez

     

    JEAN GENET, EL “POETA DE LOS DESPOSEÍDOS”

    Coinciden por estos días, en Brasil y en Colombia, dos aproximaciones a la obra de Jean Genet que resultan interesantes.
    La aparición de dos nuevas traducciones de Genet una biografía de Edmund White, y de Un cautivo apasionado escrito por el propio Genet en Brasil, propuso una visión de este libertario radical, o el santo de las manos sucias como otros lo llamaron, de su vigencia y de su pertinencia en la escena teatral brasilera.
    Hacia un buen rato no se hablaba de Genet, de sus históricas puestas en escena brasileras, desde El balcón realizada por Víctor García en la que anecdóticamente se recuerda que Ruth Escobar demolió parte de su teatro para incorporar la escenografía de la obra a cuyo estreno asistió el autor al final de la década de los sesenta, o la de José Celso Martínez Correa con su Ella en los noventa.
    En Colombia, el joven y talentoso director Farley Velásquez acaba de proponer un collage del universo del autor a través de una puesta que involucra El diario de un ladrón, Las criadas y Severa vigilancia, con la convicción de encontrar a un Genet próximo a esa sensibilidad de un santo a la manera de Bataille que tanto interesa al director de Medellín.
    No pierden vigencia polémica las categorías intelectuales con las que se analiza la obra del hijo de la asistencia pública, desde un Sartre que se propone comprender como alguien libre del pasado de la ilustración puede llevar hasta las últimas consecuencias la solución de la ausencia de compromiso, haciendo de la literatura el alimento de su imaginación y de su gozo, hasta esa visión convencional con que se nos regala desde la moral (confesional y de la izquierda tradicional) intentando tipificar la perplejidad que causa entre quienes pretenden encontrar en la propia vida del autor, tan interesante como su obra, una especie de fenotipo moral que generaría la consecuencia de su obra consigo mismo.
    Perturba la visión homoreligiosa del autor, y la dicotomía que se plantea de los cerrados mundos alternativos que terminan por referenciar constantemente la prisión como una forma de relacionarse con aquella libertad desvergonzada que trasciende cualquier encasillamiento, de aquí que cuando se aborda la puesta de Genet, la referencia carcelaria resulta casi de lugar común, y puede tornarse en un libelo sobre la libertad, ajena a la paradoja desconcertante que siempre está implícita en la dramaturgia y en la literatura genetiana del santo ladrón cuya redención incorpora el vicio y el dolor.
    En la lectura de Velásquez, construida desde la superficie de la anécdota y con la evidente ansiedad de quien quiere transmitir una visión amplia de este autor de “auto-ficción” como lo llamara White, pueden notarse las carencias de una puesta en que el desgarramiento interno propio de personajes que arrastran consigo sus propios purgatorios no aparece por parte alguna, como tampoco la atmósfera de la dicotomía religiosa: culpa-placer presente en los textos abordados.
    Bien señalaba White que este “poeta de los desposeídos” no puede ser tomado como militante de ninguna causa, sobre todo si se recuerda que su vicio predilecto era la traición, que el entendía como la afirmación del individuo contra la ignorancia colectiva, de un católico marcado por la transgresión y el arrepentimiento histérico, poseedor de una sensualidad más intelectual que física, … con un deseo de ser al mismo tiempo rebelde y esclavo.
    Aquí radica el problema de la forma en que se aborda la puesta en escena por parte del grupo colombiano Hora 25, al no comprender las estructuras simbólicas genetianas que sustentan lo criminal como un zambullida en el mal radical y en el juego de papeles que problematiza la separación entre lo real y lo imaginario que lo aproximan a las ideas de Artaud de un teatro poético que no se inclina ante la imitación de la realidad empeñándose en recuperar el valor lírico de la palabra y la fuerza política del juego escénico.
    Pueden preverse una ola de nuevas puestas de la obra de Jean Genet en el Brasil de hoy, de Lula y del fin de la post-modernidad, con la aparición de los libros citados y el redescubrimiento que podrán hacer los jóvenes directores de la nueva generación.
    Desde el lado colombiano Velásquez puede estar tranquilo, el ejercicio de la traición era muy caro a Genet.

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