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Teatro
político del nuevo siglo
Wilson
Escobar Ramírez
Guadalupe
años sin cuenta, I Took Panamá y El Señor Presidente
se constituyeron en la tríada perfecta de un cierto teatro
latinoamericano durante los años sesenta y setenta. Algunos
le llamaron teatro de barricada, otros, más directos, simplemente
le identificaron como Teatro Político o Teatro de Compromiso.
La intelectualidad de la época, y en particular, la que llegó
a estas geografías inconclusas procedente de una España
en represión, pudo constatar el vigor de aquel teatro, así
como sus vicios y virtudes en dos décadas de candente debate,
más en defensa de las ideologías que en procura de
desentrañar los códigos estéticos inmersos
en cada propuesta.
Aquella tríada, caprichosa y tozuda, pareciera querer sobrevivir
a estos tiempos de hibridaciones hipertextuales, alejados del carácter
político y de denuncia propios de aquella generación
grafitera, soñadora de imposibles.
El escenario en que se producirá esta especie de destierro
colectivo es el Festival Internacional de Teatro de Manizales, Colombia
(29 de agosto al 7 de septiembre), un certamen que llega a la XXV
edición sin muestras de cansancio ni agotamiento, pese a
sus inevitables crisis presupuestales, y a las (hasta hace poco
eternas) polémicas de una iglesia vigilante y censuradora.
Y aunque no son los grupos originales, a excepción de Rajatabla,
que entonces pusieron en escena aquellas míticas historias
del poder, la represión y la miseria, la inquietante presencia
de estos tres montajes en la programación del festival manizaleño
promete revivir los viejos pánicos al poner sobre el tapete
eso que se llamó teatro político.
Rajatabla abre el Festival
El
internacional grupo venezolano Rajatabla vuelve a Manizales por
séptima vez, y se constituye en la compañía
extranjera que más veces ha participado en el Festival desde
sus primeras ediciones.
Esta vez los venezolanos presentarán una de sus más
exitosas producciones, El señor Presidente, basada en la
novela homónima del Premio Nobel Miguel Ángel Asturias.
Con esta pieza llega a la consagración del discurso escénico
y de paso construye uno de los espectáculos de mayor proyección
internacional en la historia del teatro latinoamericano.
La acción se concentra en un solo espacio: la sala de banquete
del Señor Presidente. Allí, en la intimidad doméstica
del dictador, es donde se desarticulan los engranajes del poder.
La historia es representada por el servicio doméstico del
Señor Presidente y los actores asumen una doble caracterización:
representan las circunstancias individuales de los personajes de
la novela (Camila, Canales, Cara de Ángel, Vásquez,
etc
) y al mismo tiempo representan a la burocracia al servicio
del Señor Presidente. En este doble juego surgen las contradicciones
tanto individuales como colectivas.
La pieza, dirigida por el desaparecido Carlos Giménez, se
estrenó en 1977 y, contando con la presencia del destacado
director e investigador Jerzy Grotowski, fue invitada al Festival
del Teatro de las Naciones que se realizaba en Nancy, Francia, donde
alcanza un rotundo éxito que le lleva a una gira por Bruselas,
Rotterdam, Estocolmo, Belgrado y otras ciudades.
En su prolongada gira de éxitos por Europa el montaje es
proclamado por la crítica y reconocido junto con La Clase
muerta de Tadeusz Kantor como uno de los mejores espectáculos
teatrales del mundo en aquel año.
Para la muestra internacional de esta XXV edición se anuncia
la presencia del Theatre Des Buffes, que dirige el inglés
Peter Brook en su sede de París.
Brook presentará en Manizales el último volumen del
Mahabharata, en el que se relata la Muerte de Krishna, que da nombre
al montaje.
Teatro colombiano
A su turno, dos grandes obras del teatro colombiano Guadalupe años
sin cuenta y I Took Panamá, son las encargadas del resurgimiento
de una especie de teatro político que ha puesto a artistas
y espectadores a buscar en su memoria los diez mejores montajes
de la historia del joven teatro colombiano. La obra del Teatro La
Candelaria, se estrenó en 1974 y ahora revive en una versión
del grupo Rapsoda Teatro que la representa desde 1998.
Con esta pieza el Teatro La Candelaria recorrió medio mundo.
El primer montaje estuvo en cartelera durante 13 años consecutivos
y ofreció 1.500 funciones en Colombia y más de 20
países. Dejó de presentarse en 1991.
Su resurrección ocurrió el 6 de enero de 1999, en
San Vicente del Caguán, la región colombiana que sirvió
de despeje en el comienzo de los diálogos de paz del gobierno
Pastrana. Entre soldados, policías desarmados, guerrilleros,
campesinos y periodistas la pieza descubrió su inevitable
vigencia.
I Took Panamá se estrenó hace tres décadas,
con Jorge Alí Triana como director. Su primer montaje alcanzó
las 800 representaciones y se desvaneció junto con el grupo
que le dio vida, el Teatro Popular de Bogotá.
Paralelo a la reposición de estos montajes, la muestra colombiana
transcurrirá con su más palpitante teatro en obras
como El diario de un ladrón del Colectivo Hora 25, la compañía
El Alacrán, Medea según la versión de Matacandelas,
o la refrescante Libélula Dorada.
Teatro latinoamericano
La muestra latinoamericana se verá fortalecida con la presencia
de Eduardo Pavlovski, que presenta en Manizales La Muerte de Marguerite
Durás.
Pavlovski es, sin lugar a dudas, uno de los más importantes
actores teatrales del continente y el mayor exponente del monólogo,
mejor, del teatro unipersonal. Su cuerpo, descomunal, es la escenografía
misma; sus gestos constituyen una auténtica dramaturgia de
penumbras y sombras, luces, contraluces
El actor, director y médico psicoterapeuta regresa al Festival
con un monólogo intenso y profundo sobre los recuerdos de
un hombre a lo largo de toda su vida: La muerte de Marguerite Durás,
que viene de presentarse en distintos festivales de América
y Europa. En el pasado Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz,
un crítico le inquirió a Pavlovsky si este era su
montaje testamentario, algo así como su último
deseo en la escena y el actor, un tanto sonrojado y aturdido por
la pregunta, sólo atinó a decir que toda mi
obra ha sido el testamento de un hombre sobrecogido por la vida
y en la antesala misma de la muerte.
El montaje es dirigido por Daniel Veronese, destacado dramaturgo
argentino, fundador de El Periférico de Objetos, prestigiosa
compañía argentina creada en 1989, reconocida internacionalmente
y premiada por el público y la crítica. ¿Dirigir
a Pavlovsky? Es lo que muchos se preguntaron desde su estreno. Veronese
tiene la respuesta: Simplemente comenzamos a trabajar sobre
lo que generó nuestro encuentro; considerábamos, antes
que nada, que era importante vivir la experiencia de elaborar un
proyecto juntos. A partir de entonces, sin una idea preconcebida,
la obra fue cobrando forma, mutando y enriqueciéndose en
los ensayos, con apertura para incorporar todo lo que transmitiera
el espíritu de un trabajo conjunto.
A su lado el emblemático grupo ecuatoriano Malayerba presentará
su última producción, titulada La muchacha de los
libros usados, de Arístides Vargas.
A finales de la década de los años 70, el joven actor
Arístides Vargas, llegado de Argentina, vivía en Quito.
A pocas cuadras, una chica vendía libros usados. Eran
libros de anarquismo y de marxismo, pasados de moda. Pero como yo
llego tarde a todo, entonces los estaba leyendo, recuerda
el director y dramaturgo, quien heredó de las amigas de la
vendedora una historia que durante 20 años ha querido contar.
Ese cuento de una esquina cualquiera sobre un ser anónimo
fue la base para La muchacha de los libros usados, una viaje inmóvil
como lo afirma Arístides Vargas. Una mujer cuenta su vida.
Los años en la familia, su matrimonio casi forzado con un
militar que prácticamente la compra, la vida
en los cuarteles, la convalecencia larga en un hospital
Paralelamente
otra mujer vive esa historia.
En el plano estético, el grupo exploró en la fotografía,
persistiendo en la concepción de que el teatro es un
lugar donde conviven diferentes lenguajes. Este diálogo
con la fotografía los llevó a una especie de fotografía
interior.
A su turno el Teatro de los Andes de Bolivia traerá a la
ciudad andina de Colombia su última propuesta Frágil.
La muestra internacional la complementa el apartado de Los Montajes
de la memoria, con la presencia de compañías como
Cariño Malo de Chile, que en la edición de 1990 sorprendió
con esta sensible puesta en torno al tema de la mujer y su entorno;
o el catalán Manel Barceló con su clásica pieza
La tigresa y otras historias, escenificada en la edición
de 1987. De Barcelona ha sido invitada Vania Produccions con la
obra Super Rawal, que viene de presentarse con éxito en la
pasada Feria donostiarra. De México llegará el Teatro
del Mar con la pieza Divino Pastor Gón-gora, mientras Brasil
lo hará con la compañía Verve y su novedosa
propuesta Plás-tico. Finalmente de Rusia se podrá
ver el Teatro L´Ermitage.
Teatro universitario
Se dice del Festival de Manizales que ha sido el padre de los encuentros
escénicos que se realizan en el continente americano. Aunque
antes de él ya existían importantes encuentros en
Cuba desde el año 64, o el de Curitiba, en Brasil, el de
Manizales, nacido en 1968, logró imponerse como el Festival
por excelencia en aquellos años gracias a su especificidad
de ser el encuentro del Teatro Universitario Latinoamericano.
A pocos meses de sucederse en el mundo una suerte de pequeñas
revoluciones (el Mayo Francés, la Primavera de Praga, la
revuelta en la plaza de Tlatelolco, en México...) y a pocos
días de la muerte del Che Guevara, una figura ya mítica,
el Festival de Manizales surge como un escenario de libertades para
que la inquieta juventud de la época se reúna en la
pequeña ciudad andina de Colombia. Más allá
de las discusiones en torno al hecho escénico, el festival
manizaleño pronto se convierte en la plataforma ideal para
confrontar ideales políticos provenientes de una izquierda
en pleno ejercicio de su dialéctica. Entonces, el evento
comenzó a asistir a una interesante encrucijada pues debía
asumir su responsabilidad de ser plataforma única de un teatro
joven que adolecía de escenarios para confrontarse y, al
mismo tiempo, resistir la presión de distintas instituciones
comandadas por una iglesia conservadora y censuradora que exigía
el respeto a unos valores cristianos, los que poco o nada asumía
aquel teatro de compromiso o de barricada.
Manizales concitó durante sus primeras cinco ediciones el
teatro universitario de la época, en su mayoría proveniente
de América Latina, y en algunas ocasiones, con la asistencia
de grupos de Europa, Africa y Estados Unidos. Se recuerda con especial
acento la presencia de grandes intelectuales (Neruda, Sábato,
Asturias, Sastre, del Ciopo, Grotowsky, Lang, Buenaventura...) que
servían de jurado calificador de aquello que, más
que un Festival, nació como un concurso en el que se premiaban
los mejores montajes.
Pero en 1975, con toda la infraestructura lista para realizar la
sexta edición, el evento se suspendió definitivamente
por una profunda crisis económica y un cansancio generalizado
de la organización, que estaba sometida a toda suerte de
presiones y acusaciones.
El nuevo Festival entra en escena once años después,
en 1984, y luego de un receso en el que el teatro latinoamericano
halló en otros escenarios el espacio perdido. No obstante,
el resurgimiento de Manizales para la escena latinoamericana pronto
volvió a ser el referente por excelencia dado que en esta
navaja andina cantada por el poeta Pablo Neruda, el
duende y la magia han presidido el diálogo urgente y necesario
por entre sus calles empinadas y sus bares siempre noctámbulos
y atentos.
Continuidad
Desde
entonces, la cita ha sido ininterrumpida durante dos décadas
y se ha consolidado pese a las enormes dificultades que ha tenido
que superar, bien por el recrudecimiento de una violencia generalizada
en todo el territorio colombiano y que alguna vez llamó a
sus puertas, bien por los desafíos de una geografía
inconclusa, agreste y abismal que sirve de marco a la ciudad.
Primero fue la erupción del volcán Arenas del Nevado
de Ruiz, a escasos treinta kilómetros de la urbe, el que
puso en vilo la realización de la VII edición en 1986,
dada la emergencia económica que supuso el desastre natural
y que dejó miles de personas sepultadas bajo toneladas de
piedra y lodo; luego fue una lluvia de cenizas que cubrió
con su manto gris la ciudad a pocas horas de iniciarse la décima
edición en 1989 y prendió la alerta roja ante una
inminente nueva erupción. Con la mitad de las compañías
internacionales ya pernoctando y los escenarios dispuestos con la
escenografía de los montajes, el Festival continuó
su marcha apegado al anuncio clásico: la función
debe continuar.
Desde entonces las gentes del Festival han perdido todo
el miedo a la naturaleza y al hombre, y se han repuesto del susto
causado por las bombas del terrorismo y las amenazas de los señores
de la guerra que, en su mayoría, han sido lejanas a la vida
cotidiana de Manizales y su evento escénico.
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