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Revista de las Artes Escénicas
Artez 76. Agosto 2003
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    Teatro político del nuevo siglo

    Wilson Escobar Ramírez

    Guadalupe años sin cuenta, I Took Panamá y El Señor Presidente se constituyeron en la tríada perfecta de un cierto teatro latinoamericano durante los años sesenta y setenta. Algunos le llamaron teatro de barricada, otros, más directos, simplemente le identificaron como Teatro Político o Teatro de Compromiso.
    La intelectualidad de la época, y en particular, la que llegó a estas geografías inconclusas procedente de una España en represión, pudo constatar el vigor de aquel teatro, así como sus vicios y virtudes en dos décadas de candente debate, más en defensa de las ideologías que en procura de desentrañar los códigos estéticos inmersos en cada propuesta.
    Aquella tríada, caprichosa y tozuda, pareciera querer sobrevivir a estos tiempos de hibridaciones hipertextuales, alejados del carácter político y de denuncia propios de aquella generación grafitera, soñadora de imposibles.
    El escenario en que se producirá esta especie de destierro colectivo es el Festival Internacional de Teatro de Manizales, Colombia (29 de agosto al 7 de septiembre), un certamen que llega a la XXV edición sin muestras de cansancio ni agotamiento, pese a sus inevitables crisis presupuestales, y a las (hasta hace poco eternas) polémicas de una iglesia vigilante y censuradora.
    Y aunque no son los grupos originales, a excepción de Rajatabla, que entonces pusieron en escena aquellas míticas historias del poder, la represión y la miseria, la inquietante presencia de estos tres montajes en la programación del festival manizaleño promete revivir los viejos pánicos al poner sobre el tapete eso que se llamó teatro político.

    Rajatabla abre el Festival

    El internacional grupo venezolano Rajatabla vuelve a Manizales por séptima vez, y se constituye en la compañía extranjera que más veces ha participado en el Festival desde sus primeras ediciones.
    Esta vez los venezolanos presentarán una de sus más exitosas producciones, El señor Presidente, basada en la novela homónima del Premio Nobel Miguel Ángel Asturias. Con esta pieza llega a la consagración del discurso escénico y de paso construye uno de los espectáculos de mayor proyección internacional en la historia del teatro latinoamericano.
    La acción se concentra en un solo espacio: la sala de banquete del Señor Presidente. Allí, en la intimidad doméstica del dictador, es donde se desarticulan los engranajes del poder.
    La historia es representada por el servicio doméstico del Señor Presidente y los actores asumen una doble caracterización: representan las circunstancias individuales de los personajes de la novela (Camila, Canales, Cara de Ángel, Vásquez, etc…) y al mismo tiempo representan a la burocracia al servicio del Señor Presidente. En este doble juego surgen las contradicciones tanto individuales como colectivas.
    La pieza, dirigida por el desaparecido Carlos Giménez, se estrenó en 1977 y, contando con la presencia del destacado director e investigador Jerzy Grotowski, fue invitada al Festival del Teatro de las Naciones que se realizaba en Nancy, Francia, donde alcanza un rotundo éxito que le lleva a una gira por Bruselas, Rotterdam, Estocolmo, Belgrado y otras ciudades.
    En su prolongada gira de éxitos por Europa el montaje es proclamado por la crítica y reconocido junto con La Clase muerta de Tadeusz Kantor como uno de los mejores espectáculos teatrales del mundo en aquel año.
    Para la muestra internacional de esta XXV edición se anuncia la presencia del Theatre Des Buffes, que dirige el inglés Peter Brook en su sede de París.
    Brook presentará en Manizales el último volumen del Mahabharata, en el que se relata la Muerte de Krishna, que da nombre al montaje.

    Teatro colombiano

    A su turno, dos grandes obras del teatro colombiano Guadalupe años sin cuenta y I Took Panamá, son las encargadas del resurgimiento de una especie de teatro político que ha puesto a artistas y espectadores a buscar en su memoria los diez mejores montajes de la historia del joven teatro colombiano. La obra del Teatro La Candelaria, se estrenó en 1974 y ahora revive en una versión del grupo Rapsoda Teatro que la representa desde 1998.
    Con esta pieza el Teatro La Candelaria recorrió medio mundo. El primer montaje estuvo en cartelera durante 13 años consecutivos y ofreció 1.500 funciones en Colombia y más de 20 países. Dejó de presentarse en 1991.
    Su resurrección ocurrió el 6 de enero de 1999, en San Vicente del Caguán, la región colombiana que sirvió de despeje en el comienzo de los diálogos de paz del gobierno Pastrana. Entre soldados, policías desarmados, guerrilleros, campesinos y periodistas la pieza descubrió su inevitable vigencia.
    I Took Panamá se estrenó hace tres décadas, con Jorge Alí Triana como director. Su primer montaje alcanzó las 800 representaciones y se desvaneció junto con el grupo que le dio vida, el Teatro Popular de Bogotá.
    Paralelo a la reposición de estos montajes, la muestra colombiana transcurrirá con su más palpitante teatro en obras como El diario de un ladrón del Colectivo Hora 25, la compañía El Alacrán, Medea según la versión de Matacandelas, o la refrescante Libélula Dorada.

    Teatro latinoamericano

    La muestra latinoamericana se verá fortalecida con la presencia de Eduardo Pavlovski, que presenta en Manizales La Muerte de Marguerite Durás.
    Pavlovski es, sin lugar a dudas, uno de los más importantes actores teatrales del continente y el mayor exponente del monólogo, mejor, del teatro unipersonal. Su cuerpo, descomunal, es la escenografía misma; sus gestos constituyen una auténtica dramaturgia de penumbras y sombras, luces, contraluces…
    El actor, director y médico psicoterapeuta regresa al Festival con un monólogo intenso y profundo sobre los recuerdos de un hombre a lo largo de toda su vida: La muerte de Marguerite Durás, que viene de presentarse en distintos festivales de América y Europa. En el pasado Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz, un crítico le inquirió a Pavlovsky si este era su montaje “testamentario”, algo así como su último deseo en la escena y el actor, un tanto sonrojado y aturdido por la pregunta, sólo atinó a decir que “toda mi obra ha sido el testamento de un hombre sobrecogido por la vida y en la antesala misma de la muerte”.
    El montaje es dirigido por Daniel Veronese, destacado dramaturgo argentino, fundador de El Periférico de Objetos, prestigiosa compañía argentina creada en 1989, reconocida internacionalmente y premiada por el público y la crítica. ¿Dirigir a Pavlovsky? Es lo que muchos se preguntaron desde su estreno. Veronese tiene la respuesta: “Simplemente comenzamos a trabajar sobre lo que generó nuestro encuentro; considerábamos, antes que nada, que era importante vivir la experiencia de elaborar un proyecto juntos. A partir de entonces, sin una idea preconcebida, la obra fue cobrando forma, mutando y enriqueciéndose en los ensayos, con apertura para incorporar todo lo que transmitiera el espíritu de un trabajo conjunto”.
    A su lado el emblemático grupo ecuatoriano Malayerba presentará su última producción, titulada La muchacha de los libros usados, de Arístides Vargas.
    A finales de la década de los años 70, el joven actor Arístides Vargas, llegado de Argentina, vivía en Quito. A pocas cuadras, una chica vendía libros usados. “Eran libros de anarquismo y de marxismo, pasados de moda. Pero como yo llego tarde a todo, entonces los estaba leyendo”, recuerda el director y dramaturgo, quien heredó de las amigas de la vendedora una historia que durante 20 años ha querido contar.
    Ese cuento de una esquina cualquiera sobre un ser anónimo fue la base para La muchacha de los libros usados, una viaje “inmóvil” como lo afirma Arístides Vargas. Una mujer cuenta su vida. Los años en la familia, su matrimonio casi forzado con un militar que prácticamente “la compra”, la vida en los cuarteles, la convalecencia larga en un hospital… Paralelamente otra mujer vive esa historia.
    En el plano estético, el grupo exploró en la fotografía, persistiendo en la concepción de que “el teatro es un lugar donde conviven diferentes lenguajes”. Este diálogo con la fotografía los llevó a una especie de “fotografía interior”.
    A su turno el Teatro de los Andes de Bolivia traerá a la ciudad andina de Colombia su última propuesta Frágil.
    La muestra internacional la complementa el apartado de Los Montajes de la memoria, con la presencia de compañías como Cariño Malo de Chile, que en la edición de 1990 sorprendió con esta sensible puesta en torno al tema de la mujer y su entorno; o el catalán Manel Barceló con su clásica pieza La tigresa y otras historias, escenificada en la edición de 1987. De Barcelona ha sido invitada Vania Produccions con la obra Super Rawal, que viene de presentarse con éxito en la pasada Feria donostiarra. De México llegará el Teatro del Mar con la pieza Divino Pastor Gón-gora, mientras Brasil lo hará con la compañía Verve y su novedosa propuesta Plás-tico. Finalmente de Rusia se podrá ver el Teatro L´Ermitage.

    Teatro universitario

    Se dice del Festival de Manizales que ha sido el padre de los encuentros escénicos que se realizan en el continente americano. Aunque antes de él ya existían importantes encuentros en Cuba desde el año 64, o el de Curitiba, en Brasil, el de Manizales, nacido en 1968, logró imponerse como el Festival por excelencia en aquellos años gracias a su especificidad de ser el encuentro del Teatro Universitario Latinoamericano.
    A pocos meses de sucederse en el mundo una suerte de pequeñas revoluciones (el Mayo Francés, la Primavera de Praga, la revuelta en la plaza de Tlatelolco, en México...) y a pocos días de la muerte del Che Guevara, una figura ya mítica, el Festival de Manizales surge como un escenario de libertades para que la inquieta juventud de la época se reúna en la pequeña ciudad andina de Colombia. Más allá de las discusiones en torno al hecho escénico, el festival manizaleño pronto se convierte en la plataforma ideal para confrontar ideales políticos provenientes de una izquierda en pleno ejercicio de su dialéctica. Entonces, el evento comenzó a asistir a una interesante encrucijada pues debía asumir su responsabilidad de ser plataforma única de un teatro joven que adolecía de escenarios para confrontarse y, al mismo tiempo, resistir la presión de distintas instituciones comandadas por una iglesia conservadora y censuradora que exigía el respeto a unos valores cristianos, los que poco o nada asumía aquel teatro “de compromiso” o de “barricada”.
    Manizales concitó durante sus primeras cinco ediciones el teatro universitario de la época, en su mayoría proveniente de América Latina, y en algunas ocasiones, con la asistencia de grupos de Europa, Africa y Estados Unidos. Se recuerda con especial acento la presencia de grandes intelectuales (Neruda, Sábato, Asturias, Sastre, del Ciopo, Grotowsky, Lang, Buenaventura...) que servían de jurado calificador de aquello que, más que un Festival, nació como un concurso en el que se premiaban los mejores montajes.
    Pero en 1975, con toda la infraestructura lista para realizar la sexta edición, el evento se suspendió definitivamente por una profunda crisis económica y un cansancio generalizado de la organización, que estaba sometida a toda suerte de presiones y acusaciones.
    El nuevo Festival entra en escena once años después, en 1984, y luego de un receso en el que el teatro latinoamericano halló en otros escenarios el espacio perdido. No obstante, el resurgimiento de Manizales para la escena latinoamericana pronto volvió a ser el referente por excelencia dado que en esta “navaja andina” cantada por el poeta Pablo Neruda, el duende y la magia han presidido el diálogo urgente y necesario por entre sus calles empinadas y sus bares siempre noctámbulos y atentos.

    Continuidad

    Desde entonces, la cita ha sido ininterrumpida durante dos décadas y se ha consolidado pese a las enormes dificultades que ha tenido que superar, bien por el recrudecimiento de una violencia generalizada en todo el territorio colombiano y que alguna vez llamó a sus puertas, bien por los desafíos de una geografía inconclusa, agreste y abismal que sirve de marco a la ciudad.
    Primero fue la erupción del volcán Arenas del Nevado de Ruiz, a escasos treinta kilómetros de la urbe, el que puso en vilo la realización de la VII edición en 1986, dada la emergencia económica que supuso el desastre natural y que dejó miles de personas sepultadas bajo toneladas de piedra y lodo; luego fue una lluvia de cenizas que cubrió con su manto gris la ciudad a pocas horas de iniciarse la décima edición en 1989 y prendió la alerta roja ante una inminente nueva erupción. Con la mitad de las compañías internacionales ya pernoctando y los escenarios dispuestos con la escenografía de los montajes, el Festival continuó su marcha apegado al anuncio clásico: “la función debe continuar”.
    Desde entonces “las gentes” del Festival han perdido todo el miedo a la naturaleza y al hombre, y se han repuesto del susto causado por las bombas del terrorismo y las amenazas de los señores de la guerra que, en su mayoría, han sido lejanas a la vida cotidiana de Manizales y su evento escénico.

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