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Revista de las Artes Escénicas
Artez 80. Diciembre 2003
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    opinión
    LUZ NEGRA

    Rodrigo García, las
    palabras y los cuerpos

    Josu Montero

     

    Rodrigo García. Pliegos de Teatro y Danza / 9

    Volvió Rodrigo García para cerrar el Festival Bilbao Antzerki Dantza. El pasado 2 de noviembre en el Mercado de la Rivera, La Carnicería nos plantó en los morros “Compré una pala en Ikea para cavar mi tumba”, un estremecedor canto fúnebre lleno de piedad por un ser humano anegado por la mercancía y la superabundancia material, en el que los tres actores –Patricia Lamas, Juan Loriente y el chaval Rubén Escamilla– hacen un trabajo espléndido encarnando esa pasión, ese vía crucis masoquista del hombre en el capitalismo. Evidentemente el trabajo actoral de La Carnicería, al no basarse en la creación de personajes y bordear siempre el filo de lo excesivo, soporta casi todo el peso del espectáculo; yo no veo por ninguna parte el distanciamiento, la frialdad que objetaban algunos espectadores en el debate posterior. Quizá es que como casi siempre, antes de liarse en discusiones estériles, haya que aclarar el contenido de las palabras: distanciamiento, realismo… Como tantos dramaturgos, R. García no cree en las palabras, desconfía de ellas –ha trabajado durante mucho tiempo de publicista– cree más en los cuerpos, en el sufrimiento de los cuerpos más allá del discurso que las palabras articulan. Por eso para él, el texto es sólo un elemento más de los que intervienen en el teatro, pero no ese eje vertebrador básico de la obra que casi siempre ha sido; y lejos de relegarlo, esta filosofía suya consigue de rebote liberar al texto de sus servidumbres utilitarias y darle alas, y si a eso se le suma que R.García es un notable escritor, el resultado son unos textos potentes más o menos explícitos –panfletarios, dice él–, más o menos poéticos, que tienen vida a parte más allá de la plasmación escénica. Es imposible leer una obra de R. García, leemos en todo caso el texto de una obra de R. García; con él en las manos resulta imposible imaginarnos el espectáculo.
    En 1997 La Avispa editó “Rey Lear”, de R:G., como número 1 de la colección “Los cretinos de Velázquez”; en la solapa se explicaba: “Esta es una colección no de textos teatrales sino de materiales para las artes escénicas. Lo que define a un texto como apropiado para las artes escénicas es su azarosa utilización ulterior, su potencialidad demostrada en una sala frente a unas almas”. Se anunciaban libros en preparación de dos artistas plásticos y performers cuyo trabajo admira R.G.: Jenny Holzer y Paul McCarthy; desgraciadamente la colección se quedó en aquel primer libro, hoy además inencontrable. Como resulta inencontrable cualquiera de sus textos. En el debate del BAD, Carlos Gil, que oficiaba de falso moderador, señaló cómo en Francia están editados todos los textos de R.G., mientras que en castellano hoy por hoy es imposible hacerse con ninguno de ellos.
    En 2000 La Avispa editó “Obras (In)completas”, un volumen que contenía: “Notas de cocina”, “Acera derecha”, “Martillo” y “Matando horas”, y que a pesar de su éxito, ya que está agotado, no ha sido reeditado. La pequeña editorial “La uña rota” publicó en 2001 su polémico “Borges”, también inencontrable. También en 2001 la propia Carnicería se propuso editar todos los textos de R.G. desde 1987; comenzó con “Lo bueno de los animales es que te quieren sin preguntar nada”, que había sido estrenada en Francia –como tantas de sus últimas obras– el año anterior; una vez más el proyecto se quedó en aquel primer libro, hoy desaparecido. Quizá los únicos textos localizables sean los publicados en la revista “Primer Acto”; en 2000 se publicaron en ella “Aftersun” y “Haberos quedado en casa, capullos” y en 2002 algunos fragmentos de “Compré una pala…”. Si consideramos además que R.G.es especialmente prolífico son un buen montón los textos que piden a gritos ser publicados.
    En el debate del BAD el dramaturgo comentaba cómo tras la obra que acabábamos de ver escribió una serie de textos más abiertamente panfletarios –palabras suyas– y que en los últimos tiempos, y comprobado cómo todo le aprovecha al sistema, estaba volviendo a textos mucho más poéticos. En septiembre del presente año estrenó La Carnicería en Sicilia “Agamenón. Volví del supermercado y le di una paliza a mi hijo”, cuyo texto ve ahora la luz en estos ejemplares “Pliegos de Teatro y Danza”; sin duda es uno de esos textos panfletarios de los que hablaba R.G., pero sobre los tramposos e interesados conceptos de “panfleto”, “arte” o “estética” se podría y debería hablar largo y tendido al día de hoy; y joder, hay que escribir cosas como: “No sé donde empezó esta epidemia del consenso y de la moderación. Si en una Multinacional o en el Ministerio del Interior. Sólo sé que antes nos daban por culo y gritábamos. No nos estaba permitido gritar, pero nos daban por culo y gritábamos. Ahora todo está previsto para que uno grite si le da la gana, pero tú mismo te dices: ¡Eh! No hay que levantar la voz, joder” o “Matando no se va a ninguna parte, dicen. Y nos proponen a nosotros que no matemos. Y mientras tanto ellos no paran de matar. Enseñan moderación, piden moderación, exigen moderación mientras asesinan aquí y allá”.
    En esta colección de cuadernillos han publicado también los textos de sus obras algunos de los compinches teatrales y vitales de La Carnicería, dramaturgos y directores como Carlos Marquerie –“El rey de los animales es idiota” y “120 pensamientos por minuto”–, Antonio Fernández Lera –“Mátame, abrázame”–, Carlos Fernández López –“Llamad a cualquier puerta”– o las coreógrafas y bailarinas Elena Córdoba y Mónica Valencianos.

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