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Revista de las Artes Escénicas
Artez 80. Diciembre 2003
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    EL RINCÓN DEL NO

    Un papel traspapelado

    Alfonso Sastre }

     

    dona manca de sol picó ©Teresa Miró

    A la vuelta de un viaje me encuentro un papel traspapelado. ¿Qué es este papel? Es una carta circular del Departamento de Cultura del Gobierno Vasco en el que era invitado a asistir al “lanzamiento oficial del Plan Vasco d la Cultura”, anunciado entonces para el día 28 de mayo pasado. ¿Se celebraría aquel “lanzamiento”? Supongo que sí. ¿Se habrán celebrado reuniones posteriores y concretamente las referentes al teatro? Supongo también que sí. ¿Hubiera tenido yo algo que decir al respecto? Supongo que no; y esto no lo digo a humo de pajas –decir por decir– sino después de leer ahora, ¡con tanto retraso!, la ponencia que entonces se me adjuntaba y que se refería a la problemática teatral vasca. Aquel texto me lo envió amablemente Carmen García, y yo cometí la descortesía involuntaria –¿puede haber una descortesía involuntaria?– de no responder a su invitación para expresarme al respecto. ¿Qué hacer ahora? Se me ha ocurrido escribir una carta abierta a quien tan amablemente me invitaba entonces, en la cual decirle algo sobre lo que yo pienso a propósito de aquel planteamiento, y que hubiera dicho entonces, a su debido tiempo, si no hubiera habido el incidente del viaje y el traspapeleo. ¿Jugamos a eso? Juguemos, pues.
    Carta abierta a Carmen García
    Querida amiga: Habiendo leído la ponencia que tan inteligentemente me ha enviado, me temo que mi contribución al Plan en este momento del proceso no puede ser relevante, dado mi alejamiento de la práctica del teatro vasco, de manera que se me escapan las cuestiones de organización y estructura. Cuando se trate, supongo, más adelante, de calidades y sentidos de lo por hacer, es posible que se me ocurriera alguna idea aceptable.
    Ese informe que encabeza Fernando Bernués es muy interesante y acredita, por lo que parece, la vocación del teatro vasco por desenvolverse bajo la cobertura de los dineros públicos, aunque tranquiliza que se postule una “expresión no reglada”, o sea, entiendo, libre. Desde luego, proyectos tan ambiciosos no se pueden pensar de otra manera, seguramente. El público se entiende, a lo más, como un “factor de regulación”. En cuanto a la inquietud por la calidad de lo que se hace y de lo por hacer, ése es un tema muy problemático, y no meramente técnico, pues todo depende de la concepción que se tenga de la función del teatro en un momento histórico como el actual, cuando todo el planeta vive bajo el planeta del Imperio Norteamericano.
    Hacer el teatro bien –y en ese sentido “hacer un buen teatro”– es cosa relativamente fácil a la altura de las actuales tecnologías. ¿Pero bueno para qué? Esos temas de la calidad no meramente técnica y del sentido de lo que se hace, o se intenta hacer, en los teatros, a la altura de las circunstancias históricas, sociales y políticas, es quizás algo que los “teatristas” se tendrán que plantear algún día. ¿Quizás cuando se resuelvan los problemas estructurales y económicos? ¿O habría que apostar ya por un sentido determinado de lo que se quiere hacer y conseguir –aparte de que la gente se lo pase más o menos bien en los espectáculos– para resolver esos problemas económicos y estructurales apropiadamente? “Presupuestos estéticos”, “ideas fuerza”, son nociones que me parece muy bien que hayan aparecido ya en este documento de Bernués y los demás. Algo es algo”.
    Aquí puede acabar esta carta abierta, en la que expreso, mejor o peor, mi posición ante las expectativas que las gentes del teatro puedan abrigar ante la administración de los dineros públicos. Admito que sin esas ayudas es imposible producir teatro pero advierto también de las dificultades objetivas, teóricas y prácticas, de que la administración de esas ayudas acierte a seleccionar para sus ayudas a los artistas con más talento y los proyectos de mayor profundidad poética y política; y ello aún contando con que haya bastante dinero público para estas tareas y con que los funcionarios a los que las administraciones encarguen de esas responsabilidades sean gentes éticamente excelentes, estéticamente bien pertrechadas y políticamente muy progresistas; y, en fin, que en el seno de la vida teatral se produzca lo más importante y sin lo cual nada de lo que se haga valdrá ciertamente la pena: una autoconciencia por parte de los grupos y compañías, de la función social que un drama “en forma”-como decía Ortega y Gasset tomando esa expresión del mundo del deporte- debería asumir en nuestro tiempo, como actividad crítica y poética. Se trataría, desde mi propio punto de vista, que me gustaría ver generalizado, de proponer desde el Teatro la Utopía; o sea, el Renacimiento de lo propiamente humano en la vida humana como superación, acaso heroica, de los grandes naufragios que hemos padecido y de las catástrofes que cada día que pasa nos afligen, y ante las cuales el teatro no debería recortarse plácidamente (sólo turbado por sus propios problemas económicos), en las tareas propias del mero entretenimiento. El teatro o es algo más o en realidad no es nada.

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