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EL
RINCÓN DEL NO
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Un
papel traspapelado
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| dona
manca de sol picó ©Teresa Miró |
A
la vuelta de un viaje me encuentro un papel traspapelado. ¿Qué
es este papel? Es una carta circular del Departamento de Cultura
del Gobierno Vasco en el que era invitado a asistir al lanzamiento
oficial del Plan Vasco d la Cultura, anunciado entonces para
el día 28 de mayo pasado. ¿Se celebraría aquel
lanzamiento? Supongo que sí. ¿Se habrán
celebrado reuniones posteriores y concretamente las referentes al
teatro? Supongo también que sí. ¿Hubiera tenido
yo algo que decir al respecto? Supongo que no; y esto no lo digo
a humo de pajas decir por decir sino después
de leer ahora, ¡con tanto retraso!, la ponencia que entonces
se me adjuntaba y que se refería a la problemática
teatral vasca. Aquel texto me lo envió amablemente Carmen
García, y yo cometí la descortesía involuntaria
¿puede haber una descortesía involuntaria?
de no responder a su invitación para expresarme al respecto.
¿Qué hacer ahora? Se me ha ocurrido escribir una carta
abierta a quien tan amablemente me invitaba entonces, en la cual
decirle algo sobre lo que yo pienso a propósito de aquel
planteamiento, y que hubiera dicho entonces, a su debido tiempo,
si no hubiera habido el incidente del viaje y el traspapeleo. ¿Jugamos
a eso? Juguemos, pues.
Carta abierta a Carmen García
Querida amiga: Habiendo leído la ponencia que tan inteligentemente
me ha enviado, me temo que mi contribución al Plan en este
momento del proceso no puede ser relevante, dado mi alejamiento
de la práctica del teatro vasco, de manera que se me escapan
las cuestiones de organización y estructura. Cuando se trate,
supongo, más adelante, de calidades y sentidos de lo por
hacer, es posible que se me ocurriera alguna idea aceptable.
Ese informe que encabeza Fernando Bernués es muy interesante
y acredita, por lo que parece, la vocación del teatro vasco
por desenvolverse bajo la cobertura de los dineros públicos,
aunque tranquiliza que se postule una expresión no
reglada, o sea, entiendo, libre. Desde luego, proyectos tan
ambiciosos no se pueden pensar de otra manera, seguramente. El público
se entiende, a lo más, como un factor de regulación.
En cuanto a la inquietud por la calidad de lo que se hace y de lo
por hacer, ése es un tema muy problemático, y no meramente
técnico, pues todo depende de la concepción que se
tenga de la función del teatro en un momento histórico
como el actual, cuando todo el planeta vive bajo el planeta del
Imperio Norteamericano.
Hacer el teatro bien y en ese sentido hacer un buen
teatro es cosa relativamente fácil a la altura
de las actuales tecnologías. ¿Pero bueno para qué?
Esos temas de la calidad no meramente técnica y del sentido
de lo que se hace, o se intenta hacer, en los teatros, a la altura
de las circunstancias históricas, sociales y políticas,
es quizás algo que los teatristas se tendrán
que plantear algún día. ¿Quizás cuando
se resuelvan los problemas estructurales y económicos? ¿O
habría que apostar ya por un sentido determinado de lo que
se quiere hacer y conseguir aparte de que la gente se lo pase
más o menos bien en los espectáculos para resolver
esos problemas económicos y estructurales apropiadamente?
Presupuestos estéticos, ideas fuerza,
son nociones que me parece muy bien que hayan aparecido ya en este
documento de Bernués y los demás. Algo es algo.
Aquí puede acabar esta carta abierta, en la que expreso,
mejor o peor, mi posición ante las expectativas que las gentes
del teatro puedan abrigar ante la administración de los dineros
públicos. Admito que sin esas ayudas es imposible producir
teatro pero advierto también de las dificultades objetivas,
teóricas y prácticas, de que la administración
de esas ayudas acierte a seleccionar para sus ayudas a los artistas
con más talento y los proyectos de mayor profundidad poética
y política; y ello aún contando con que haya bastante
dinero público para estas tareas y con que los funcionarios
a los que las administraciones encarguen de esas responsabilidades
sean gentes éticamente excelentes, estéticamente bien
pertrechadas y políticamente muy progresistas; y, en fin,
que en el seno de la vida teatral se produzca lo más importante
y sin lo cual nada de lo que se haga valdrá ciertamente la
pena: una autoconciencia por parte de los grupos y compañías,
de la función social que un drama en forma-como
decía Ortega y Gasset tomando esa expresión del mundo
del deporte- debería asumir en nuestro tiempo, como actividad
crítica y poética. Se trataría, desde mi propio
punto de vista, que me gustaría ver generalizado, de proponer
desde el Teatro la Utopía; o sea, el Renacimiento de lo propiamente
humano en la vida humana como superación, acaso heroica,
de los grandes naufragios que hemos padecido y de las catástrofes
que cada día que pasa nos afligen, y ante las cuales el teatro
no debería recortarse plácidamente (sólo turbado
por sus propios problemas económicos), en las tareas propias
del mero entretenimiento. El teatro o es algo más o en realidad
no es nada.
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