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LUZ
NEGRA
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Las
múltiples caras del teatro resistente
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COMO
LENTAS AVES.
Vladimir García Morales. Hiru, 2004. |
Pasolini,
Weiss, Müller, O`Casey, Bernhardt, Dorst, Schwab, Koltès,
Pinter, Mamet
sin duda el dramático panorama de la
edición de literatura dramática en el Estado español
sería mucho más desolador sin la decidida apuesta
de Hiru por la dramaturgia contemporánea. Pero la editorial
que dirige Eva Forest no sólo arriesga en autores extranjeros,
y los últimos libros que acaba de editar son buena prueba
de ello. Por una parte, tres libros de otros tantos autores españoles
jóvenes; por otra, la recuperación de tres piezas
dramáticas de un artista heterodoxo como el catalán
Joan Brossa; y, finalmente, la edición en un volumen de las
dos últimas creaciones de La Zaranda. Todas bajo el denominador
común del teatro resistente.
Heredero de Kantor y de Valle, este Teatro Inestable de la Baja
Andalucía que es La Zaranda, se ha hecho asiduo de los escenarios
vascos, a los que ha traído recientemente las dos obras que
ahora se editan: La puerta estrecha (2000) y Ni
sombra de lo que fuimos (2002), ambos textos firmados por
Eusebio Calonge, dramaturgo habitual de la compañía.
Como muy bien explican en un breve texto introductorio titulado
Creación al borde del silencio, sus obras nacen
de imágenes primigenias que brotan del alma y
que es preciso encarnar en el verbo a sabiendas de que
la perturbadora fuerza poética del misterio no puede ser
desvelado por las palabras: Es un error considerar al autor
como a una verdad absoluta más que como una señal
de orientación hacia ese absoluto. Respetamos el texto sólo
como esta señal, en un mapa de tierras desconocidas que tendremos
que delimitar y recorrer todos los implicados en la creación.
Absolutamente reconocido en el pequeño ámbito de la
poesía experimental, el multiforme y seminal genio de Joan
Brossa es apenas considerado en un territorio como el teatral, que
él exploró a fondo pero siempre desde su heterodoxia
vanguardista y en los años oscuros además del más
estéril franquismo. Día de viento (1958),
También (1959) y Olga sola (1960)
son tres obras sorprendentes que hay que leer despacio, porque el
teatro siempre fue para él poesía escénica,
y en las que queda patente que Brossa fue de los poquísimos
aquí que tenía el reloj puesto en hora con la torrencial
vanguardia teatral europea de la segunda mitad del ya pasado siglo.
Premiado con el Marqués de Bradomín entre otros galardones,
Antonio Morcillo (Albacete, 1968) vuelve la vista en Días
maravillosos a la transición española a través
de los miembros de un grupo de teatro amateur que en medio de las
contradicciones del momento ensayan en un pueblo de Cataluña
Fin de partida de Beckett. La clara intención
de Morcillo la obra se cierra con una moraleja
es levantar el oprobioso manto de silencio y olvido que se ha tendido
sobre un pasado demasiado reciente y que nos ha conducido a esta
normalización democrática que hoy padecemos, a estos
sarcásticos días maravillosos del título.
Y son las debilidades del Teatro Político las que lastran
la obra, el empeño demasiado evidente de sacar adelante una
tesis en detrimento de unos personajes que saben a poco porque sobre
ellos se impone el afán histórico-informativo del
autor.
Pedro Montalbán reconoce que Darío Fo ¿Alcalde?
nació de un ejercicio en un Taller de Dramaturgia en el que
se trataba de plantear una situación dramática a partir
de una noticia de prensa. Montalbán eligió una en
la que se apuntaba la posibilidad de que Fo se presentara como candidato
de la izquierda a la alcaldía de Milán. El autor
especula en esta comedia porqué el Nobel italiano se desmarcó
finalmente de involucrarse en el pantanal de la política.
Consiguiendo en muchos momentos arrimarse al humor mordaz de Fo,
y con guiños eficaces al desparpajo del italiano y
a Chaplin y a los Marx, e incluso con jocosas alusiones a
obras del italiano, Montalbán realiza una hilarante crítica
de la política institucional y sobre todo del poder de los
medios.
El personaje central de Como lentas aves es el muy frecuentado
literariamente poeta alemán F. Hölderlin, y es que el
extremo de pureza y de lucidez a que aspiró en su obra y
en su vida, con la consecuente locura de sus largos últimos
años, sigue resultando absolutamente sugerente. Vladimir
García Morales (Valencia, 1978), el autor de este drama piadoso
y a la vez despiadado, es físico, músico y poeta,
triple condición ¿o quizá es sólo
una? que se deja sentir en este su luminoso debut dramático.
A pesar de situarse en 1836, el autor establece que la escenografía
no ha de intentar ser historicista, sino austera tendiendo
a la desnudez. La estructura de las cinco escenas es así
mismo declaradamente musical: la primera y la última son
movimientos lentos, prácticamente largos monólogos;
la II y la IV serían movimientos más ligeros; el Scherzo
de la obra se situaría en la escena III, la central. Y también
tiene sus momentos para el piano. Todo ello para trazar, con sólo
cinco personajes, un alegato poético hasta el texto
adquiere la textura y la disposición del verso dirigido
al corazón del presente: Historia del poder / Historia
/ de la miseria del espíritu, y frente a ella la resistencia,
la poesía, el empeño por despojarse de la apariencia
a la que se nos condena y la lucha por ser; ese vuelo hacia la luz
que tantas veces acaba en destrucción. Pero es que la
noche está llena de verdad. Un canto desesperado y
lleno de esperanza a la maltrecha multiplicidad de lo real,
en el que tras Hölderlin se aprecian también las alargadas
y benéficas sombras de Bernhardt y de Handke.
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