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EL
RINCÓN DEL NO
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Sin
Título
Ustedes,
quienes hayan abierto la revista por esta página, no tienen
por qué leer incluso les aconsejo que no lean
este artículo, dado que en él voy a decir algunas
cosas que seguramente, salvo algunas pocas excepciones, no van a
interesar a nadie. Decía yo en un artículo anterior
que el teatro español y yo no habíamos nacido el uno
para el otro. Cuando, hace ya más de un cuarto de siglo,
trasladé mis bártulos a Euskal Herria, tuve la idea
de que, al ser otro país que el mío originario, quizás
hallara en él otro teatro, en este caso acorde con sus luchas
políticas y sus opciones violentas, pero pronto pude darme
cuenta de que era una sucursal del teatro español y que aquí
no iba a encontrar otra cosa que lo que ya conocía y generalmente
detestaba. Efectivamente, el llamado teatro vasco no era ni
es más ni menos, también, como siempre, salvo
excepciones, que una hijuela del teatro español, sobre todo
en sus formas matritenses, a través de las cuales (con ese
filtro) recibe las influencias de las metrópolis culturales
que hoy todavía dominan en el mundo: el teatro francés
y el inglés, y sobre todo, desde hace mucho, el teatro norteamericano.
Así sigue siendo hoy:
Las gentes del teatro vasco sienten, creo yo, una implacable atracción
de Madrid: yo he venido a este país y ellas (estas gentes)
quisieran irse, tal es mi impresión, la de que ellas actores,
directores etcétera se mueven, si es que lo hacen en
algún sentido, en una dirección simplemente de supervivencia,
y si acaso hacia Madrid y sus posibilidades, y así mis relaciones
con el teatro vasco siguen siendo, como siempre han sido, mínimas,
lo cual, por otra parte, ha resultado estupendo para mí por
una sencilla razón, la de que a mí lo que me gusta
realmente es estar descolocado y reírme un poco, y disfrutar
algunas veces del milagro de algún eventual y circunstancial
ajuste, que me reconcilia puntualmente con aquella que
fue mi decisión juvenil de proceder a un asalto y ocupación
del teatro y a alzar en sus escenarios banderas de rebeldía
y de revolución política y poética.
Con ajuste quiero decir el hecho de que, ocasionalmente,
se da una convergencia de variantes que apunta a que alguno de mis
dramas, imposibilitado por las circunstancias (durante el franquismo
esas circunstancias eran la censura previa obligatoria y los empresarios
privados que dominaban el conjunto del panorama, pues sólo
había dos salas subvencionadas con dinero público
con el conjunto de los territorios administrados por el Estado Español),
a que alguno de mis dramas, digo, sea posibilitado por esa convergencia.
Desde luego, nada ha ido mejor en mi vida que mi fidelidad a unos
postulados sediciosos permanentes, y los cumplimientos de mis proyectos
han sido pocos pero fulgurantes, y muchas veces en el campo de la
marginalidad y del teatro pobre, como aquel memorable Guillermo
Tell tiene los ojos tristes que hizo Bulubú, como respuesta
a la Dictadura de Franco, en lugares tan destacados como el Pozo
del Tio Raimundo en Madrid; pero también la opulenta producción
que se hizo en Suiza, en alemán, el mismo drama (Schaffhausen,
en una conmemoración de la Constitución de aquel país.
Otros cuantos casos de ajuste sedicioso es una
paradoja; Brecht lo llamaba el acuerdo necesario para
operar sobre la sociedad para transformarla con el medio,
en mi caso, podría citar).
Hoy es un caso simple, de modesta apariencia, al que acabo de asistir
en Madrid. Ha sido en la Universidad Carlos III de Getafe, una lectura
dialogada de Escuadra hacia la muerte, durante la cual,
en virtud de la alta calidad de la dicción, de la gestuación
y del movimiento de los actores desaparecían casi físicamente
los papeles de los que ellos sin embargo dependían para el
desarrollo de la trama.
Ahora he visto una vez más que en cualquier lugar donde se
haga teatro incluso en los lugares convencionalmente teatrales
puede surgir el milagro del drama; y la otra mañana, en el
Atrio de aquella Universidad, se produjo esa emoción. El
trabajo había sido preparado por Natalia Menéndez,
y un grupo de actores entre los que reconocí a mi amigo y
colaborador en otras ocasiones Arturo Querejeta. Natalia Menéndez
es hija de Juan José Menéndez, el excelente actor
que participó, entonces incipiente, como actor, en el estreno
de este drama en 1953, con un reparto memorable él,
Adolfo Marsillach, Miguel Ángel Gil de Avalle, Fernando Guillén,
Agustín González y Félix Navarro y bajo la
dirección de Gustavo Pérez Puig, que había
tenido también el acierto de descubrir a un autor
como Miguel Mihura, con Tres sombreros de copa, el año
anterior, siempre en el ámbito del teatro universitario.
Más de cincuenta años después hemos podido
observar que aquel texto que un joven autor escribió hace
más de cincuenta años es hoy aún inteligible,
lo que ya me había sido dado comprobarlo en los años
inmediatamente anteriores, sobre todo en sendas producciones que
de esta obra se han realizado con motivo de su cincuentenario
en lugares como Egipto, México D.F. y Cuba, lo cual me he
confirmado en la idea de que se puede producir ese fenómeno,
aparentemente paradójico, del ajuste en la sedición.
Lo marginado y rebelde se impone en determinados momentos.
Como decía al principio, nada interesante iba a escribir
en mi artículo de hoy para el común de los lectores,
pero algo interesante se puede también decir al respecto,
y es que los milagros en el teatro no son el efecto de un azar cualquiera,
y así en este caso se ha producido la cosa en el marco universitario
de una reflexión sobre el tema Identidad y Alteridad,
y bajo los auspicios de profesores altamente cualificados como Eduardo
Pérez Rasilla. En definitiva, es un ejemplar notable de lo
que en mi propia jerga se llama un teatro vertebral.
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