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Literatura
Disculpen
que me refiera a esto, pero es que me vale para iniciar una reflexión
que creo interesante: La Asociación Colegial de Escritores
acaba de distinguirme, en la primera edición de sus Premios
Quijote, con uno de ellos, el referente al Teatro. Descontando
la benevolencia de tal concesión, quiero destacar en este
hecho un aspecto positivo; que se celebre una obra de teatro en
un certamen de literatura; lo que va, felizmente, en la misma línea
que mueve todos los años, desde hace unos pocos, a la Asociación
de Autores de Teatro a presentar en Madrid una exposición
de libros que son obras dramáticas o que versan sobre temas
teatrales, bajo el lema El teatro también se lee.
Esto podría parecer irrelevante o común si no se supiera
que las ediciones de dramas sufrieron un prolongado desdén
en el campo literario; lo que es evidente en el hecho de que, en
España, los Premios Nacionales de Literatura, una plausible
creación anterior a la guerra civil, no los contaba entre
ellos, que sólo se otorgaban a la Poesía, a la Novela
y al Ensayo, si no recuerdo mal, y que la incorporación del
drama a estos Premios es relativamente reciente, y, en fin, que
en Ferias del Libro europeas tan importantes como la de Frankfurt
que data nada menos que del siglo XVI, a la que ya Miguel Servet
envió varios ejemplares de la obra por la que fue puesto
en una hoguera ginebrina -el libro de teatro no ha gozado hasta
hace unos años de atención especial alguna-. (También
es verdad lo excepcional, y ahí vale recordar que los Premios
Nobel de Literatura pusieron pronto en su lista a autores teatrales,
aunque fuera con mala fortuna, por cierto, en algún caso
como el del terrible autor español José Echegaray,
del que acaso pueda decirse que como literato era buen ingeniero,
igual que Jardiel Poncela decía de Gregorio Marañón
-a quien unos amigos míos llamaban Don Prologorio Marañón,
dada la gran cantidad de prólogos que escribió a lo
largo de su vida- que como médico era muy buen escritor.
¡Malévolo Jardiel Poncela!).
Todo esto nos hace recordar el pleito, que a veces fue encarnizado,
entre la literatura y el teatro, y las batallas que contra la literatura
se han dado en los escenarios, por parte de esos profesionales que
se han llamado y se siguen llamando a sí mismos -reconociendo
sus límites- teatreros, y que al amparo de unos
confusos textos de Antonin Artaud, además mal leídos,
la emprendieron contra la literatura en el teatro, sobre todo durante
los años sesenta, convirtiendo lo que en un principio fue
una bella operación, que yo aplaudí y en la que colaboré
(recuérdese el magnífico Bululú de Antonio
Malonda), porque comportaba en España una liberación
del cuerpo del actor de su sofá y su camilla benaventinos,
en un festival de ignorancia y analfabetismo ocupado por malos payasos
y peores titiriteros (descuento, como siempre hay que hacer, las
excelentes excepciones).
La impostura de las llamadas creaciones colectivas sirvió
de cobertura a esta operación, y el teatro literario,
que en los años veinte había sido rechazado -desde
los escenarios- por proponer una vanguardia, fue recluido al silencio
por obsoleto o torturado por infames dramaturgias,
como sigue ocurriendo. De manera que desde el momento en que para
un escritor trabajar con un grupo era positivo y deseable, se pasó
a la situación en que ello era empobrecedor; y sé
de algunos escritores que apuntaron como grandes y muy prometedores,
y a quienes su entrega a determinados grupos ha reducido sus esperanzadores
horizontes de escritores dramáticos a muy mediocres expresiones.
(No vamos a recordar una vez más el caso de Valle Inclán,
un gran escritor dramático que no pudo ser inmolado sin embargo
en su tiempo por el teatro español porque él se mantuvo
en la grandeza de su talento y mandó muy lejos -¿a
la mierda?- en los últimos años de su vida).
Las cosas no han ido bien, desde entonces, en el campo de la cultura,
cada vez más entregado a las manos del comercio y a la industria
del entretenimiento, que ha producido también una gran
involución en el cine, sector en el que el guión,
que pareció a punto de conquistar entidad propiamente literaria
(y ya se llegaron a hacer incluso bellas ediciones de guiones cinematográficos),
ha caído en la degradación de sumergirse en la basura
de los efectos especiales y otras vulgaridades; y, en el teatro,
el drama muestra la tendencia objetiva del sector dramático
a reducirse a la mera funcionalidad de unos guiones para espectáculos
más o menos colectivos; a unos textos, en fin,
que luego no vale la pena de leer y que por ello no merecen ser
publicados, incluso por la presencia en ellos de faltas de ortografía.
Mientras tanto, paradójicamente, se escriben dramas de gran
calidad, que quedan inmediatamente abandonados. Jóvenes maestros
se incorporaron durante los últimos años a la escritura
dramática, y algunos de sus textos son hoy desafíos
a los grupos que, indudablemente, miran para otro lado. Podría
procurar una serie de títulos al respecto. Válgame
por hoy documentar esta afirmación con dos solos ejemplos
que, en mi opinión, bastan para ello: Perros en la
lluvia de Xabi Puerta y Como lentas aves de Vladimir
García Morales. Son dos dramas de altísimo nivel;
el primero es un prodigio de pulcritud patética, y el segundo
una revelación de la que nadie en el teatro español
se enterará durante mucho tiempo. Ojalá me equivoque.
En fin, a pesar de todos los pesares, la literatura dramática
no muere. Los libros la guardan en su seno, en espera de que la
ilumine la calidez de unas salas que han de abrirse sin duda con
y para los nuevos tiempos (revolucionarios) que han de llegar y
ya empiezan a configurarse. Mientras tanto recuérdese que
la literatura ha sido siempre el motor del progreso del teatro,
y que los grandes directores trabajaron siempre con plena consciencia
de ello, produciéndose momentos estelares por la conjunción
de personalidades como las de Stanislavski y Chejov, Elia Kazan
y Tennessee Williams o Patrice Chéreau y Bernard Marie Koltès.
Ellos se enriquecieron mutuamente en una envidiable y privilegiada
situación, en la que yo nunca me encontré, rodeado
siempre de la más melancólica mediocridad.
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