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Artez 99. Julio 2005
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    el rincón del no



    Literatura

    Alfonso Sastre

     

    Disculpen que me refiera a esto, pero es que me vale para iniciar una reflexión que creo interesante: La Asociación Colegial de Escritores acaba de distinguirme, en la primera edición de sus “Premios Quijote”, con uno de ellos, el referente al Teatro. Descontando la benevolencia de tal concesión, quiero destacar en este hecho un aspecto positivo; que se celebre una obra de teatro en un certamen de literatura; lo que va, felizmente, en la misma línea que mueve todos los años, desde hace unos pocos, a la Asociación de Autores de Teatro a presentar en Madrid una exposición de libros que son obras dramáticas o que versan sobre temas teatrales, bajo el lema “El teatro también se lee”.
    Esto podría parecer irrelevante o común si no se supiera que las ediciones de dramas sufrieron un prolongado desdén en el campo literario; lo que es evidente en el hecho de que, en España, los Premios Nacionales de Literatura, una plausible creación anterior a la guerra civil, no los contaba entre ellos, que sólo se otorgaban a la Poesía, a la Novela y al Ensayo, si no recuerdo mal, y que la incorporación del drama a estos Premios es relativamente reciente, y, en fin, que en Ferias del Libro europeas tan importantes como la de Frankfurt que data nada menos que del siglo XVI, a la que ya Miguel Servet envió varios ejemplares de la obra por la que fue puesto en una hoguera ginebrina -el libro de teatro no ha gozado hasta hace unos años de atención especial alguna-. (También es verdad lo excepcional, y ahí vale recordar que los Premios Nobel de Literatura pusieron pronto en su lista a autores teatrales, aunque fuera con mala fortuna, por cierto, en algún caso como el del terrible autor español José Echegaray, del que acaso pueda decirse que como literato era buen ingeniero, igual que Jardiel Poncela decía de Gregorio Marañón -a quien unos amigos míos llamaban Don Prologorio Marañón, dada la gran cantidad de prólogos que escribió a lo largo de su vida- que “como médico era muy buen escritor”. ¡Malévolo Jardiel Poncela!).
    Todo esto nos hace recordar el pleito, que a veces fue encarnizado, entre la literatura y el teatro, y las batallas que contra la literatura se han dado en los escenarios, por parte de esos profesionales que se han llamado y se siguen llamando a sí mismos -reconociendo sus límites- “teatreros”, y que al amparo de unos confusos textos de Antonin Artaud, además mal leídos, la emprendieron contra la literatura en el teatro, sobre todo durante los años sesenta, convirtiendo lo que en un principio fue una bella operación, que yo aplaudí y en la que colaboré (recuérdese el magnífico Bululú de Antonio Malonda), porque comportaba en España una liberación del cuerpo del actor de su sofá y su camilla benaventinos, en un festival de ignorancia y analfabetismo ocupado por malos payasos y peores titiriteros (descuento, como siempre hay que hacer, las excelentes excepciones).
    La impostura de las llamadas “creaciones colectivas” sirvió de cobertura a esta operación, y el “teatro literario”, que en los años veinte había sido rechazado -desde los escenarios- por proponer una vanguardia, fue recluido al silencio por “obsoleto” o torturado por infames “dramaturgias”, como sigue ocurriendo. De manera que desde el momento en que para un escritor trabajar con un grupo era positivo y deseable, se pasó a la situación en que ello era empobrecedor; y sé de algunos escritores que apuntaron como grandes y muy prometedores, y a quienes su entrega a determinados grupos ha reducido sus esperanzadores horizontes de escritores dramáticos a muy mediocres expresiones. (No vamos a recordar una vez más el caso de Valle Inclán, un gran escritor dramático que no pudo ser inmolado sin embargo en su tiempo por el teatro español porque él se mantuvo en la grandeza de su talento y mandó muy lejos -¿a la mierda?- en los últimos años de su vida).
    Las cosas no han ido bien, desde entonces, en el campo de la cultura, cada vez más entregado a las manos del comercio y a la “industria del entretenimiento”, que ha producido también una gran involución en el cine, sector en el que el guión, que pareció a punto de conquistar entidad propiamente literaria (y ya se llegaron a hacer incluso bellas ediciones de guiones cinematográficos), ha caído en la degradación de sumergirse en la basura de los efectos especiales y otras vulgaridades; y, en el teatro, el drama muestra la tendencia objetiva del sector dramático a reducirse a la mera funcionalidad de unos guiones para espectáculos más o menos “colectivos”; a unos textos, en fin, que luego no vale la pena de leer y que por ello no merecen ser publicados, incluso por la presencia en ellos de faltas de ortografía.
    Mientras tanto, paradójicamente, se escriben dramas de gran calidad, que quedan inmediatamente abandonados. Jóvenes maestros se incorporaron durante los últimos años a la escritura dramática, y algunos de sus textos son hoy desafíos a los grupos que, indudablemente, miran para otro lado. Podría procurar una serie de títulos al respecto. Válgame por hoy documentar esta afirmación con dos solos ejemplos que, en mi opinión, bastan para ello: “Perros en la lluvia” de Xabi Puerta y “Como lentas aves” de Vladimir García Morales. Son dos dramas de altísimo nivel; el primero es un prodigio de pulcritud patética, y el segundo una revelación de la que nadie en el teatro español se enterará durante mucho tiempo. Ojalá me equivoque.
    En fin, a pesar de todos los pesares, la literatura dramática no muere. Los libros la guardan en su seno, en espera de que la ilumine la calidez de unas salas que han de abrirse sin duda con y para los nuevos tiempos (revolucionarios) que han de llegar y ya empiezan a configurarse. Mientras tanto recuérdese que la literatura ha sido siempre el motor del progreso del teatro, y que los grandes directores trabajaron siempre con plena consciencia de ello, produciéndose momentos estelares por la conjunción de personalidades como las de Stanislavski y Chejov, Elia Kazan y Tennessee Williams o Patrice Chéreau y Bernard Marie Koltès. Ellos se enriquecieron mutuamente en una envidiable y privilegiada situación, en la que yo nunca me encontré, rodeado siempre de la más melancólica mediocridad.

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