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Animada (I)
Virginia Imaz
Llega abril, cuentos mil. En las bibliotecas y las escuelas la oralidad florece por doquier. A golpe de fecha ritual, como casi todo en esta cultura, revalidamos el consenso social de que la lectura es una buena cosa, y de que hay que animar a ello a la gente, siquiera un día al año. Y qué mejor día que el día del libro para tan magno esfuerzo institucional. Pero es claro que un día resulta insuficiente para fomentar la lectura y sobre todo para hacerlo al mismo tiempo a todo el mundo, ya que en Euskal Herria por ejemplo, contando en euskera para la chavalería, somos sota, caballo y rey y aunque andemos a la carrera, una jornada permite toda la animación que le entra en una jornada escolar y/o en un horario de biblioteca municipal. Ni más ni menos. Así que ya hace tiempo que los y las kontalaris no llegamos a todas partes y que las celebraciones han acabado instaurándose “en torno” al día del libro. Y ese “en torno”, gracias a los dioses y a un tal Cervantes, puede extenderse, afortunadamente, a lo largo de todo el mes. Como el optimismo no tiene vacuna, yo confío ciegamente en que el día del libro en breve no quepa siquiera en todo un año administrativo.
Considero que contar cuentos, es una estrategia de animación lectora de primera magnitud. Me consta que los cuentos que narro son más demandados en préstamo después de la contada que me han escuchado en una biblioteca
Si las personas que hemos hecho un oficio de la incontinencia verbal, no paramos de trabajar en abril, es porque de alguna manera se ha creído hallar una relación entre escuchar un cuento y leerlo. Una relación que se da siempre por supuesto que es y además amorosa y que, ni siquiera quienes narramos nos atrevemos a poner demasiado en cuestión, porque, la verdad, tener trabajo anima a cualquiera un rato largo. A leer y a otras cosas.
Considero que contar cuentos, es una estrategia de animación lectora de primera magnitud. Me consta que los cuentos que narro son más demandados en préstamo después de la contada por los niños y las niñas que me han escuchado en una biblioteca. También se venden más y es que cuando una historia nos toca, los seres humanos queremos saber más, conocer la fuente, las ilustraciones, la película u otras versiones. Quienes analizan las cifras hablan de un incremento de alrededor de un 60% en la demanda de un título editado cuando ha sido escuchado previamente.
Este asunto es de una enorme responsabilidad. Como cuentera me convierto a menudo en embajadora de una historia que siendo la misma que luego van a leer, puede ser al mismo tiempo radicalmente distinta. Que algo sea diferente a veces te encanta y a veces resulta decepcionante. Invita a las comparaciones. Lo que resulta siempre injusto porque sólo se puede comparar lo comparable. Códigos narrativos distintos como el cine y la literatura o la literatura y la oralidad resisten malamente las comparaciones. A una película hay que pedirle que sea una película. Compararla con la novela en la que se basa lleva siempre a cierta pose intelectual de supremacía por parte de la literatura en relación a cualquier otra cosa. “No está mal, pero me gustó más la novela”. Con la oralidad y la literatura escrita pasa algo parecido y aunque soy una lectora impenitente, también me confieso una escuchadora de cuentos más tenaz si cabe y me molesta profundamente esta servidumbre a la que se obliga a menudo a la oralidad en relación a la literatura. Contar para animar a leer. Sí, vale. Claro que sí. Pero ¿por que no dotar a las sesiones de cuentos de sus propios objetivos? Contar para animar a escuchar, por ejemplo. Que en los tiempos que corren esta habilidad brilla por su ausencia. ¿ Qué tal un día internacional o siquiera local de la oreja? También se podría contar para animar a contar sin más. O para inventarse historias, o para desarrollar el imaginario individual y colectivo, o para aprender a expresarse mejor, para gozar, para comprender, para sentir, para soñar…
Mi experiencia en relación a la animación a la lectura es que puede más una película taquillera con un buen marketing hollywoodiense, que una tropa de narradoras y de cuenteros con elocuencia hasta las cejas. Y para muestra remito al boom editorial de Harry Potter, por ejemplo.
Hay muchas cosas que “animan” a leer. Una de las más eficaces es precisamente no vender la lectura como algo que para ser realizado una tiene que animarse. Claro que leer requiere un esfuerzo, pero también otras actividades gozosas y las instituciones no hacen campañas para que nos animemos, por ejemplo, a tener un orgasmo. (Qué bien pensado no estaría ni tan mal.)
La palabra “animar” quiere decir dar ánima o vida. Y entrar con el tema de la animación a cualquier actividad es presuponerla de antemano muerta o agonizante. No creo que sea el caso. Jamás tanta gente ha leído tanto como se lee ahora, y pese a la interminable corte de plañideras que se empeña en convencernos de lo contrario y advertirnos apocalípticamente del advenimiento de la imagen y de la muerte de la lectura, me consta que nuestros niños y niñas leen. No todo lo que quisiéramos quizás. Menos rato del que pasan viendo la tele o jugando a los videojuegos. A menudo leen, encima, lo que les gusta o les interesa y no lo que deberían. Pero leen. Está estadísticamente comprobado que la población infantil lee mucho más que la adulta, que es precisamente, como no lee ella misma, la que de vez en cuando se lleva las manos a la cabeza, se asusta y piensa que hay que animar a leer a la gente menuda, en el ejercicio habitual de hipocresía pedagógica de haz lo que te digo pero no lo que hago o en este caso concreto lo que dejo de hacer.
Entonces se busca gente que ilustra cuentos o encuentros con autores o autoras. Incluso se nos busca a quienes narramos. Y yo acepto agradecida esta cíclica servidumbre primaveral, porque aunque sea un trabajo, para contar yo siempre estoy animada.
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