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A ras de polvo
Los insectos pueden llegar a resultarnos pesados, pero si los observamos a través del microscopio, estos minúsculos bichejos se convierten en auténticos y horribles monstruos. “Los ácaros son seres que pasan desapercibidos a nuestra mirada y, sin embargo, los llevamos pegados a la piel”. Esta inquietante definición del microscópico arácnido es del propio autor, Xavier Puchades; y así, inquietante, resulta esta obra, porque el lector va poco a poco percibiendo que más que vivir con nosotros, los ácaros habitan en nosotros. Lo que en principio son seres humanos comunes y corrientes se transforman en algo monstruoso. Eso es lo que hace Puchades, hurgar a ras de polvo, en nuestra invisible cara oculta, en nuestro lado oscuro y monstruoso.
El cuarteto protagonista de “Acaros” es a primera vista una familia convencional; pero pronto el lector se verá despojado de las certezas, y tanto los personajes como las relaciones que mantienen se van volviendo extrañas, densas, turbias. El padre/Taxista no reconoce a su hijo/Vendedor cuando éste sube al taxi, aunque presume de acordarse de todos y cada uno de los rostros que se han subido en su vehículo; pero, claro, es la primera vez que el hijo lo hace. Esa escena termina con el padre/Taxista interrogándose perplejo acerca de su propia identidad. Un momento antes se ha planteado otra pregunta esencial: “Si en cosas tan íntimas somos tan similares, ¿por qué se llaman así, íntimas?”. Cuando su hijo y cliente le advierte que el taxímetro no se ha puesto en marcha, el taxista insiste agriamente en que sí funciona y le echa en cara que “ya nadie cree en lo que dicen los demás”, pero finalmente no sólo reconoce que no funciona el taxímetro sino que el propio taxi no se ha movido ya que lleva tiempo averiado.
El hijo/Vendedor vende billetes de metro encerrado en la garita correspondiente, pero cuando alguien –su propio padre- intenta comprar uno, los billetes se han agotado. Ambos están encerrados en sus cubículos, en sus claustrofóbicos refugios, al igual que el otro miembro de la familia, la Mujer/madre, cuyo hábitat nunca se denomina casa, sino “madriguera”. Frente a estos refugios hay varias referencias a un “afuera” en el que están pasando cosas “espantosas”. Más que un retrato de familia, “Ácaros” es una perturbadora radiografía del ser humano.
El cuarto personaje es externo a esa familia, una Dependienta de la sección de lencería de unos grandes almacenes, que entra en contacto con el hijo, cuando éste acude a comprar; luego con el padre, cuando ella se sube a su taxi; y por fin con la madre, cuando tras desmayarse en el taxi, el taxista –que se ha masturbado mientras ella le observaba desde el asiento de atrás- la lleva a su casa. En la “madriguera” pasa la Dependienta a convertirse en una especie de secuestrada ya que la atan las manos y la colocan una capucha sobre la que pintan una sonrisa.
Hay una escena espléndida y muy rica en sentidos en la que la mujer tumba a la Dependienta sobre la mesa, la despoja de la capucha y, con la única iluminación “de una luz parecida a la que se utiliza en los hospitales”, limpia con una esponja el cuerpo de la chica. La joven habla de cómo poco a poco los sentidos van volviendo a su cuerpo: “Tener todos los sentidos y atreverse a tenerlos”, dice; y la Mujer, en un momento dado, habla de cómo emana el frío de sus cuerpos cuando hace el amor con su marido, y confiesa: “Ahora, a cierta edad, lo mejor es cerrar los ojos y esperar”. Mientras, se oye pasar un largo metro a gran velocidad.
En “Ácaros” la palabra es una herramienta de comunicación terriblemente problemática y limitada, y por eso adquiere importancia la mirada: el hecho de que los personajes pidan ser mirados, o deseen serlo, o impidan ver a los demás, o eviten ser mirados por ellos, o se sientan “resguardados” por una mirada, o incluso pidan ser mirados no a los ojos sino a la boca. Por eso la Mujer amenaza constantemente con llorar, y al taxista le escuecen los ojos. Algunas escenas están solamente iluminadas por una linterna; otras, por una luz fría de hospital. “Se empieza por hablar bajo y se acaba por enmudecer”, afirma la Mujer.
Siguiendo las preceptivas tradicionales, y de forma explícita e irónica, “Ácaros” se divide en tres partes: “Presentaciones”, “Nudos” y “Desenlaces”, así, en plural. La primera está compuesta por cuatro monólogos en los que se muestra cada personaje en su hábitat. A pesar de esta estructura cerrada, e incluso simétrica; a pesar de la precisión realista, objetiva y fría, casi quirúrgica, del lenguaje y de los planteamientos escénicos, la obra es abierta y susceptible de múltiples lecturas. Al igual que lo es, contradictoria, compleja e inquietante, la realidad contemporánea de la que quiere hablarnos. Habitamos en un mundo caótico que cada vez somos menos capaces de comprender y de habitar; un mundo con un lenguaje incapaz, por desgastado, en el que convive el bienestar con la más absoluta e incomprensible precariedad existencial. Frente a una realidad en crisis, un teatro que encarne esa crisis y esa confusión.
Tras licenciarse en Filología, Xavier Puchades (Valencia, 1973) investigó teatro contemporáneo en la Universidad de Valencia de la mano de Josep Lluís Sirera, y al mismo tiempo se enroló en el Teatro de los Manantiales, una compañía apasionada por los nuevos lenguajes escénicos y que además mantiene abierta una pequeña y activa sala alternativa. Entre los autores que más le interesan cita a algunos de los creadores escénicos más solventes y audaces con que cuenta ahora el teatro español: Paco Zarzoso, Lluïsa Cunillé, Rodrigo García, Angélica Liddell o Juan Mayorga.
Con la dirección de Ximo Flores, el Teatro de los Manantiales llevó a escena esta compleja, inquietante y bella obra. Puchades nos presenta aquí el fruto de este trabajo, un texto que ha pasado por las manos creativas del director y de los cuatro actores; el resultado no puede ser más estimulante. Cada vez va siendo más frecuente que de Valencia nos lleguen espléndido teatro y espléndidos autores. Les recomiendo que sigan la pista a Paco Zarzoso (Hongaresa Teatro), Alejandro Jornet, Antonio Cremades, Jaume Policarpo (Bambalina Teatro), Jerónimo Corneilles (Bramant Teatre), Pedro Montalbán, Juli Disla o Emilio Encabo –residente en Bilbao.
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