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¿Sin mí todo hubiera sido igual?
Hay algunas preguntas que puede hacerse a sí mismo un autor de teatro en el momento, por ejemplo, de cumplir los 82 años de su edad, como ha sido mi caso hace unas semanas; por ejemplo, ésta con la que encabezo el presente artículo: "¿Sin mí todo hubiera sido igual en el teatro español?
En otras épocas, cuando había "grandes autores" -digamos Esquilo, Shakespeare, Calderón de la Barca, Ibsen, Pirandello, Brecht y así podemos llegar hasta Beckett-, lo que en realidad se preguntaba un autor con una pregunta así es si él mismo había sido y quizás aún estaba siendo "un gran autor"; porque ciertamente los grandes autores dejaban una huella que no se borraba fácilmente en la historia del teatro, y hasta, si no determinaban esa historia, por lo menos influían en ella y la modificaban y la hacían caminar por algunos senderos de poesía, o sea, de creación literaria.
En aquellas épocas, los "teatreros" tenían muy en cuenta lo que escribían los autores, y hasta podían llamar a un autor como Jacinto Benavente "Padrecito". Desde luego, la historia del teatro no hubiera sido igual sin ellos. ¿La historia del teatro europeo del siglo XX hubiera sido igual sin Pirandello? ¿A que no?
Muchos de aquellos autores, aunque no fueran muy "grandes", eran considerados incluso "maestros", y, ya en el siglo XX, incluso un servidor de ustedes era tratado como maestro -"maestro Sastre"- en el contacto con algunos grupos latinoamericanos.
También es verdad que ni siquiera todos los grandes autores dejaban huella de su paso, a no ser en unas líneas de los manuales, y que algunos, al morir, desaparecían por completo de las altas esferas de la estimación : Muchas veces recuerdo a un gran autor francés a quien le sucedió esto, Henri.- René de Lenormand, a quien yo considero maestro mío, que figura -o sea que no figura en ninguna parte- desde su muerte entre los grandes olvidados; y si él hizo algo por el teatro europeo, que yo creo que sí, los "teatreros" posteriores no se lo tuvieron en cuenta y siguen sin tenerlo en cuenta para nada. En general, era corriente que los grandes "teatreros" ignoraran la calidad de muchos grandes autores, y recuérdese una vez más el caso de Valle Inclán y los "teatreros" españoles de su tiempo.
Volviendo ahora a la enfática pregunta que sirve de título a este artículo, yo puedo decir que, leyendo declaraciones y memorias, no sólo de teatreros sino de escritores españoles de teatro posteriores a mí, lo más normal es que no se acuerden para nada de la existencia y las actividades de quien esto escribe ni durante la Dictadura ni después. Les influyeron otras muchas cosas para sus respectivas vocaciones, por ejemplo, que vieron algún espectáculo norteamericano en un teatro del off de Nueva York o que leyeron una idea de Peter Brook sobre un montaje de una obra india o, en los mejores de los casos, que les hablaron de Bertolt Brecht y acaso que ellos mismos habían visto unas fotos de montajes suyos y leído algún ensayo del maestro sobre la "distanciación".
En la lectura de estos recuerdos y confesiones y en la habitual por mi parte de la grandes revistas españolas de teatro que se publican hoy se hace evidente la poca o ninguna influencia que tuvieron y han seguido teniendo mis obras y mis escritos; y yo he leído tesis universitarias españolas sobre teoría e historia del drama en las que, citándose en ellas hasta el menor opúsculo de cualquier teórico francés o anglosajón, no se mencionan ni los títulos de obras de, al menos, tanta envergadura como El drama y sus lenguajes o el Ensayo general sobre lo cómico en el teatro y en la vida. ¡Trabaje usted para eso, ay! ¿En qué país vivimos, madre mía!
Pero, hablando un poco en serio, sí podemos decir, respondiendo a la pregunta de mi título, que sí; que efectivamente sin mí todo sería igual, y que ello me excluye de un grupo que por otro lado ya no existe en términos generales: aquel de los "grandes autores". Quizás en este área europea el último haya sido Thomas Bernhard.
A veces se cometen excesos, desde luego, comentando mi caso como el de un autor marginado y maldito; y es que no hace falta ser marginado o maldito para que nos ocurra lo que nos ocurre, y esto mis colegas lo saben muy bien: ésta es una situación muy familiar para nosotros, los autores de este tiempo, que han visto retroceder su categoría poética hasta la de los más modestos guionistas cinematográficos, en lugar de haber ascendido la de los guionistas a la de los dramaturgos, como pareció que iba a ocurrir en algún momento, cuando empezaron a publicarse los guiones de cine en algunas revistas especializadas.
Si nos referimos a España, está claro que el teatro español en su conjunto, desde el siglo XVIII, es un fenómeno secundario y dependiente en Europa con relación, primero al teatro francés y más tarde al anglosajón; y que la cultura española es, en general, una cultura de traductores y de siervos, lo que hace que para los españoles cualquier obviedad dicha en inglés es una idea y hasta probablemente una gran idea como que "el escenario de teatro es un espacio vacío".
Hay también los problemas que plantea la democratización de la cultura en los países capitalistas, y no es que se hagan obras malas al escribirse y publicarse tantas por jóvenes creadores sino que, paradójicamente, todas son buenas, pero, ay, también intercambiables, como lo eran aquellos sonetos "garcilasistas" de la posguerra española, que todos eran iguales, o, por mejor decir, todos eran el mismo. Entonces no había aún, y tardaría mucho, el problema, en principio feliz, de la democratización de la creación literaria, que ha traído nuevas cuestiones en esta área, sobre toda la de extremada mercantilización de la literatura.
Para terminar, volviendo a mi pregunta, termino respondiéndola de este modo: Sí, yo estimo que sin mí todo hubiera sido igual en el teatro español. ¿Acaso un poco mejor? También es posible. "Todo es posible, dijo don Quijote".
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