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XVIII Festival Internacional de Narración Oral. Cuenta con Agüimes
No dejamos nada para hacer
ni contar mañana
En ocasiones se tiene la tentación de establecer alguna teoría sobre el arte de contar. En esta revista llevamos más de un año encontrándonos con las opiniones sobre este arte escénico de los más destacados contadores y hemos llegado a la conclusión nada concluyente de que contar es un estado de comunión entre la palabra y la memoria. Que todo acto en el que alguien estructura una narración donde se intenta describir un instante de la humanidad, es una obra de arte hecha en el aire.
Agüimes es ese lugar donde cada año se juntan algunos de los traficantes de letras, de sonidos, los que hacen que la eme con la a, no sea siempre ma, pero que si se une cualquier otra sílaba se inicie un viaje que nos puede llegar a un mundo de emociones, ilusiones, o simplemente que nos describa nuestro paso por este mundo como uno de los grandes absurdos cósmicos a los que a veces, con mucha soberbia, le damos el nombre de civilización.
En estado puro
La edición de este 2008 se inauguró para este cronista con una gratísima experiencia que nos coloca ante el principio de todas las cosas, a la verdadera función del cuento en estado puro como parte de nuestra mismidad como seres humanos. Se trata de la presencia de ‘Los Labrantes de la Palabra’, una asociación de personas de todas las edades que desde hace cinco años se reúne en Arucas para contar bajo el apadrinamiento de Antonio López, y que se presentaron con una muestra de sus integrantes, destacando el de una mujer de avanzada edad que nos transportaba con su energía y el amor a las palabras de su tiempo, de su memoria, a los brazos de nuestra propia niñez. Algo muy bello y entrañable. Le sucedieron otros hombres y mujeres que fueron desgranando sus historias, muchas de ellas ligadas a los cuentos que escucharon a sus mayores, por lo que la cadena de la transmisión oral se va recomponiendo y logrando tejer un manto contra el olvido. También hubieron muestras de historias chocarreras y hasta picantes, una gran selección de los veintiséis integrantes de este grupo que merecería ser conocido en otros lugares para que transmitiera, no solamente la historias o leyendas de su tierra, sino para que animasen a todos a contar, y a hacerlo en público, con un mínimo de puesta en escena.
Esta primera sesión concluyó con la contada de Marieta Sánchez, a la que ya habíamos visto el año anterior, esta vez despojada de acompañamiento musical, pero muy en el filo del monólogo, de lo demasiado impostado, y que deja ver a la actriz pero que quizás tape a la contadora.
Niños atentos
A la maña Maricuela le vimos la contada matutina para niños y niñas, y nos fascinó porque supo establecer desde el primer instante un ambiente de cordialidad y de jerarquía. Los pequeños se sentían protagonistas, se les hacía partícipes de manera obvia, pero a la vez se marcaba el terreno de cada cual para que se pudieran narrar con los elementos simples de atrezzo pero que ayudaban a crear una magia en donde el sortilegio de las palabras iba desencadenando imágenes que se acompañan con unas narraciones en donde la anécdota era comprensible, pero se mostraba en una formas elaboradas para esculpir esas palabras y convertirlas en elementos poéticos que trascendían y abrían nuevas cajas con otras imágenes que iban más allá de lo obvio.
Niños, jóvenes, mayores, medio pensionistas, asimilados y gente de tropa: habla un amigo de Dios, al menos su amanuense, un argentino trashumante que vive en Santiago de Compostela y acarrea en su mochila vivencias de todos los géneros escénicos, desde el mimo hasta el más enrevesado autor centroeuropeo, pero que nos deleitó, a petición popular, con su clásica historia donde nos narra las vicisitudes que tuvo Dios para crear el mundo.
José Campanari ritualiza el escenario, lo sacraliza en un tono menor, pero hace lo justo para abrir una brecha en la realidad del momento y colocar a los públicos en un laberinto formado por bosques y arbustos que hunden sus raíces en el surrealismo, que en ocasiones florece el dadaísmo, pero que en todos los casos nos colocan en una suerte de absurdo impresionista que podríamos decir que bebe de Woody Allen, o que simplemente es una hijo apóstata del esperpento valleinclanesco. En ocasiones se acerca con mucho mimo a la charlatanería, como si nos dijese que una vez se hizo marxista, sección Groucho, y que no renuncia. Delirante, atronante, dominador de tiempos y velocidades.
Las dos riberas mediterráneas
Mohamed Hammú es bereber, y puede contar en árabe o en castellano, pero siempre sus cuentos vienen inspirados por la tradición del desierto, del viaje, de la ensoñación oriental. Ataviado con chilaba y turbante nos introduce en unos mundos atávicos y exóticos, con lirismo en sus entonaciones y una elaboración de literatura oral muy sofisticada, que lo convierten en una manera que parece más propia de los patios de los cármenes que de la tradición marroquí del contador de plaza. Nos sitúo en otra dimensión del cuento.
Pablo Albo es (o era) alicantino. Quizás eso marque. Nos contó todas las peripecias de su supuesta muerte y entierro. Yo juraría que no está muerto. O que al menos, si murió y lo enterraron, ha resucitado y lo ha hecho para evangelizarnos con su palabra. Una palabra que siendo propia.... parece propia, algo que en estos momentos de intertextualidad es un milagro, porque las palabras están ahí, sueltas, y algunos son capaces de aprehenderlas, y otros simplemente de aprenderlas. Pablo Albo, las hace y las deshace. Las decontruye como los nuevos alquimistas de la gastronomía espacial, y las vuelve a componer, en ocasiones con el sabor de siempre, y otras con propuestas que nos colocan (y valen todas las acepciones), y hasta nos hacen pedir tregua porque necesitamos unos segundos para su descodificación. Llega directo, sus palabras abren todas las cerraduras de los arcones mentales de cada espectador. Y hasta nos hace entender la vida, a base de hablar de la muerte y de reírse de la trascendencia mal entendida. O sea.
Carlos Gil Zamora |