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¿O arte o democracia?
Sombra.- Oiga, Sastre, la otra tarde, en la Biblioteca de Bidebarrieta, de Bilbo, me dejó usted un poco preocupado.
Sastre.- ¿Por qué? Yo siempre lo estoy.
Sombra.- Porque yo le tenía a usted por un demócrata, a pesar de que andemos rodeados de tantos demócratas de los que usted y yo detestamos, y creía que nos entendíamos cuando hablábamos de demócratas y queríamos decir otra cosa
Sastre.- A ver, suelta por esa boca y dime, mujer, que no te entiendo.
Sombra.- Que ahora veo que usted contrapone la democracia -pero la democracia de verdad- con la poesía, o sea, la calidad poética con la estructura democrática de una obra de arte en general y dramática en particular. ¡Y eso no, vamos que yo no estoy de acuerdo!
Sastre.- ¿En qué sentido y de qué manera dije yo tal cosa? A ver si te explicas; que yo no me acuerdo de haber dicho que las bellas artes sean una actividad aristocrática y las artes democráticamente practicadas nos conduzcan a regiones inferiores del arte, que serían, supongo, las del arte llamado popular.
Sombra.- Pues algo así dijo, sí señor, porque usted vino a decir que cuanto más demócrata es un artista peor poeta es.
Sastre.- (pensativo) Algo así pude decir o parecido, porque algunas veces me han rondado ideas a ese respecto. A ver, a ver. Supongo que lo diría de otra manera, aunque la verdad es que yo no me las doy mucho de demócrata, y sobre todo desde que me veo tan rodeado de esos demócratas que tú dices y que, por cierto, la mayor parte de ellos eran fervientes fascistas durante la Dictadura.
Sombra.- Usted lo que dijo, por ejemplo, es que autores de teatro que habían comenzado como apuntando a serlo de grandes obras se han quedado en poco menos que mediocridades por el hecho de haber trabajado para los grupos, o sea, de haber democratizado su trabajo.
Sastre.- Me temo que eso haya sido verdad en algunos casos: el de autores que empezaron prometiendo ser grandes y han acabado siendo remendones de este o de aquel grupo. Carlos Gil, en Bilbo, dijo que Paco Nieva llamaba a estos autores “costureras”, y si lo ha dicho así creo que tiene razón.
Sombra.- También dijo usted, jefe, que Valle Inclán llegó a ser un gran autor (esa especie que según usted ha desaparecido), porque no se democratizó, o sea, gracias a que el teatro popular, democrático, popular de su tiempo lo rechazaba, y se puso a escribir lo que le dio la real gana, que sería lo que habría que hacer, según yo entendí, y usted corríjame si habría que hacer otra cosa. En cuanto a Valle Inclán, si se hubiera democratizado habría sido a costa de renunciar a lo que resultó ser su genialidad -sus esperpentos- y de haber escrito, en el mejor de los casos, algunas “tragedias grotescas” en el área de Arniches, que ya es mucho decir. También ha contado usted, pero esto en otra parte (¡como siempre andamos juntos, no me pierdo nada de usted!), lo que a usted le relató un dirigente teatral chino en La Habana, y que sucedió durante aquella Revolución Cultural: que, a pesar de lo que se deseaba entonces por los dirigentes chinos, a los teatros en los que se hacía mejor teatro iba menos público que a aquellos en los que se hacía teatro de peor calidad, en los cuales era frecuente obtener grandes éxitos. La consigna revolucionaria fue entonces obtener éxitos con espectáculos de alta calidad.
Sastre.- Si vamos a eso, también he dicho otras cosas. Por ejemplo, que los guiones que yo escribía cuando trabajé para el cine eran generalmente mejores si los escribía solo que si los escribía en compañía, y que, alguna vez, se acabó rodando el primer guión -el que yo había escrito solo en mi casita- después de que la Productora había pagado a varios guionistas posteriores a mí para que mejoraran mi trabajo; y uno a veces se pregunta si el arte es una cosa “de uno” (o “de una”, claro), a lo más con algunas ayudas Lo que en el teatro de los 60 del siglo pasado se llamaba “creaciones colectivas”, ¿qué fue? ¿una verdad nueva, diferente a la del carácter colectivo que el teatro siempre tuvo?, ¿o un paso adelante en la calidad y la profundidad de los espectáculos teatrales, como se pretendió entonces?
“El arte teatral siempre fue una creación coletiva, incluso en sus formas más simples como el “bululú” o el “monólogo”, y no fue, desde luego, una cosa que apareciera cuando se dijo en los años 60 del siglo pasado en los teatros de vanguardia de la época. Entonces fue generalmente una mentira pues siempre había un líder del grupo que era el que hacía el papel que hasta entonces había hecho el autor literario, sólo que en estos años muchos de estos líderes eran analfabetos.
“En aquel tiempo se declaró, en los grupos de vanguardia, la desaparición del autor literario en el teatro, y ello se suponía en homenaje al colectivismo en el arte y en la atmósfera del progreso socialista y de la crítica a las sociedades burguesas y, claro está, al capitalismo. Ya no habría autores personales. Todo había de ser colectivo y, en verdad, que por entonces se hicieron algunas cosas excelentes, y se desentumecieron los músculos de muchos actores que no sabían más que dar unos pasos por los escenarios y sentarse una u otra vez en una butaca o un sofá.
Todo había partido de una pésima lectura del “Teatro de la Crueldad” de Antonin Artaud, y del talento notable de algunos activistas norteamericanos y europeos (el Living Theatre y Grotowsky, que, por cierto, ellos eran verdaderos autores, que a lo más usaban lo “colectivo” como máscara). Lo negativo de algunos resultados se expresó en el hecho de que muchos actores aprendieron a expresarse corporalmente, es verdad, pero se olvidaron de hablar, y todavía estamos, creo, en ese período de reaprendizaje de la dicción olvidada entonces y aún empeorada en los últimos años por la influencia de los medios y estilos de habla que se usan por muchos de los actores que se ganan la vida haciendo seriales radiofónicos desde muy lejos de todo amor al lenguaje que hablan tantas veces de muy malas formas.
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