Virginia Imaz
Buena parte de las sesiones de cuentos que se realizan en la actualidad, especialmente en bibliotecas escolares y municipales, se sustentan en diversas justificaciones de promoción de la lectura. Casi todas políticas, claro.
Quienes nos contratan o nos pagan por contar por estas razones, consideran la oralidad como una estrategia infalible contra el decaimiento de los índices lectores o como paliativo de las escasas habilidades lectoras y del bajo interés por la lectura supuestamente identificado en estos ámbitos pedagógicos.
Esto no es malo. Sobre todo para nuestro sustento. Lo que no debe ser muy bueno es que quienes narramos lo hagamos en el convencimiento de que nuestra sesión de cuentos obrará irremediablemente el milagro de generar, mantener y aumentar el interés por los libros de una población infantil y/o adolescente que sólo con escucharnos unos cuentos una vez al año, se “convertirá” a la lectura y que nuestra influencia será tan grande que seremos capaces de mantenerlos lectores y lectoras más allá del ámbito escolar.
En primer lugar, como casi todo lo educativo, la animación o la promoción de la lectura no es un tema de un día ritual o de una semana cultural. Es más bien como ir sembrando. Y regar y cuidar y alimentar, a diario, esta posible relación entre el libro y quien pueda ser susceptible de leerlo.
Y aún haciéndolo así, y amorosamente, no hay garantías de éxito, ya que la experiencia de leer y la de escuchar cuentos son muy distintas. Leer es, salvo excepciones, un placer privado, íntimo y solitario. La relación con el relato ocurre sin guías pero también sin intermediarios.
Se trata de la historia y tú. No se precisa nada más. Nadie más. Una puede en la lectura decidir hasta dónde, hasta cuándo. Puede interrumpirla a voluntad y retomarla según el propio deseo. Es posible la promiscuidad: leer varios libros a la vez. El abandono prolongado o definitivo. El reencuentro. El autor o la autora no están presentes para molestarse si lees mal, si no entiendes lo que toca o si no resistes la tentación de conocer, por ejemplo, el final antes de acabar el libro. Y la lectura permite sobre todo rayarse, volver una y otra vez sobre esa frase o párrafo que nos ha dejado el alma en carne viva.
Escuchar cuentos es, sin embargo, habitualmente, un goce compartido. Un ritual colectivo que nos puede dar seguridad, sensación de pertenencia. Nos obliga a estar presentes en el aquí y en el ahora. La catarsis es más propicia en grupo. Es cierto que si nos vamos o se nos va la escucha casi seguro que perdemos esa historia para siempre. El cuento tiene oralmente entonación y pausas y aliento y manos y mirada. La historia nos llega a través de alguien, viene impregnada de su conciencia, de sus emociones, de su imaginario…
Esta dimensión privada/pública de acceso a un relato, esta condición de placer individual o de goce colectivo predispone a las personas más a un tipo de código narrativo o a otro. Simplemente la necesidad o el deseo de estar con gente pueden hacernos preferir que nos cuenten en lugar de leer en un momento determinado. O siempre. Esta constatación debería incidir más en nuestras propuestas de animación a la lectura ya que para la población infantil y especialmente para la juvenil la compañía de los y las iguales es un factor determinante para tomar o no parte en cualquier actividad. Cualquier propuesta de lectura “colectiva” (club de lectura en persona o por Internet; juegos y concursos grupales de habilidades lectoras, lecturas en voz alta, dramatizaciones, recitado de poemas, la narración y la escucha de cuentos propios y ajenos…) es un poderoso incentivo para leer.
Convengamos, pues, de entrada, que una sesión de narración oral anima y predispone sobre todo a escuchar y a contar. Que hay gente que es escuchadora profesional que no lee y que no leerá por mucho que le cuenten. Y que hay gente que lee, tan celosa de su intimidad con el relato, que le molesta que otra persona le cuente lo que podría leer por su cuenta. Pero convengamos también que la oralidad y la lectura comparten muchas cosas y que por eso es posible ejercer al contar cierto celestinaje. Narrar puede ser también, si quien narra lo desea, una manera muy elocuente de poner en relación una historia escrita con una posible persona lectora. Y quizás de este encuentro surja una historia de amor o no. Y el deseo de conocer otras historias incluso en ausencia de la cuentera o del narrador. Esto es: quizás anime a leer.
Pero la modernidad lectora está plagada de desafíos: ¿animar a la lectura para qué? ¿Con qué objeto? ¿Qué queremos conseguir? ¿Lectores y lectoras competentes o voraces o amantes de la lectura? Cuando hablamos de lector o de lectora ¿pensamos en lectores técnicos, de ficción, de cómics…? ¿Deseamos “verdaderamente” lectores críticos y lectoras libres, que defiendan sus propias elecciones de lectura? Aclararnos internamente en este apartado es vital para decidirnos por una actividad o por otra y a valorarla en consecuencia.
Como cuentera que también desea animar a leer, creo que es importante mostrar al auditorio, sobre todo si éste es infantil o juvenil, el libro, de donde he sacado el cuento que estoy contando. A veces cuento mostrando las ilustraciones del libro y a veces no y lo enseño al final para dar opción a quien me escucha de elaborar sus propias imágenes.
No entiendo un montón de actividades de animación a la lectura donde todo es alrededor del libro, pero sin el libro. Y sin embargo, hoy en día leer es cada vez un acto más complejo, que no se limita sólo al libro. En la sociedad de la información y de la comunicación se han producido profundos cambios que no sólo afectan a los nuevos soportes y formatos, sino y, sobre todo, a las nuevas formas de construir y de estructurar los saberes. ¿Estamos animando a leer en otros soportes que no sean libros?
Se abre paso una nueva configuración de la persona que lee. Ha de ser polivalente y manifestar diferentes competencias: lectura silenciosa, en voz alta, rápida, selectiva, crítica. Se trata de un lector o de una lectora capaz de adaptar su modo de lectura a su proyecto, con aptitudes para apropiarse de diferentes tipos de textos y escritos, capaz de leer en diferentes soportes: periódicos, enciclopedias, pantalla de ordenador, cine… y que construya proyectos de lectura con motivaciones variadas: leer por placer, por deber, por interés o por necesidad. Mientras tanto la oralidad se mantiene bastante clásica en este aspecto. Yo al menos, escucho exclusivamente por placer.