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    Opinión

    Vivir para contarlo



    África, continente de palabras

    Virginia Imaz

     

    La edición nº 17 del maratón de los cuentos de Guadalajara, celebrado los días 13, 14 y 15 de junio del 2008, eligió como tema, África. El equipo que organiza cada año esta gigantesca fiesta de la palabra en Guadalajara donde se cuenta durante 46 horas sin interrupción, ha contado en el Festival con la presencia de ocho narradores africanos. Así pudimos disfrutar de François Moïse Bamba de Burkina Fasso, Manfeï Obin, de Costa de Marfil, Aziz Amahjour, de Marruecos, Safiatou Amadou de Níger, María Nsué de Guinea Ecuatorial, Sambala Kanouté de Guinea Bissau, Kapilolo Mario Mahongo de Sudáfrica y Vladimir y Yuvitza de Colombia. Estos últimos aportando la tradición oral africana pasada por Colombia.
    También vienen o son originarias de África las personas que han narrado en los maratones viajeros que se han celebrado en 26 pueblos de la provincia y de la Palabra Viajera que se desplaza hasta lugares como el Hospital Provincial o el CAMF. Además de los ya mencionados en el Festival Aziz Amahjour y María Nsué, nos han deleitado con sus historias Agnes Agboton de Benin, nuestro entrañable y conocido por estos lares Boniface Ofogo de Camerún, Hammutopia de Marruecos, Inongo-vi-Makomé de Camerún, Marcelo Ndong de Guinea Ecuatorial y Ze Jam Afane también de Camerún. África también ha estado presente en las calles en forma de títeres, danza y música. Y en las reflexiones que se han organizado en forma de conferencias, talleres y mesas redondas.
    El domingo día 15 una de las mesas redondas versó sobre la oralidad en África. Vladimir y Yuvitza, afrocolombianos explicaron por qué es importante en su práctica oral contar cerca y de cerca. Su estilo carece de todo artificio o de pretensiones de “espectacularidad”. Contar fue una manera de sobrevivir para sus ancestros esclavos, robados de su propia tierra. Contaron para recordar quienes eran y de dónde venían. Y contaban bailando para sacarse el sufrimiento del cuerpo. En su tradición oral los ritos mortuorios ocupan un lugar principal, porque la muerte era y es una celebración. Según sus leyendas ningún negro se va para el infierno, pero hay que cantarle y bailarle para que vaya contento al otro lado, al lugar donde moran los antepasados. Se lamentaban de que en sus pueblos, fundamentalmente orales, se estaba perdiendo la conversación por culpa de la tele.
    François Moïse Bamba, de Burkina Fasso, habló de que en las aldeas de su lugar de origen, la oralidad sigue muy viva. No así en las capitales, pero que en el campo el valor de la palabra sigue siendo inmenso. Todo lo que se aprende y se enseña en Burkina Fasso pasa a través de los cuentos. En Europa había oído definir cuento como un relato imaginario destinado a divertir a los niños. Pensó que lo que él hacía entonces no era contar cuentos. En África los cuentos son para las niñas y los niños pero también para la población adulta. Los cuentos son para todo el mundo. Y contar es una habilidad muy valorada. Cuando era niño juntaban los céntimos que tenían para comprar una entrada para el cine. Sólo tenían para una. Quién veía la película luego la contaba al resto. La selección de quién iba a narrar era pues importante. Cuando él va ahora a su aldea no le creen cuando dice que suele viajar a Francia y que se gana la vida contando. En el momento en que decidió hacer un oficio del cuento volvió a su pueblo y en tres días recopiló 250 cuentos. Afirma que el cuento es su vida. Organiza un Festival de Oralidad en Burkina Fasso donde se escucha la palabra antigua y la palabra nueva y donde se debate sobre el papel social de los narradores, cuenteras y griots en la actualidad con todos los cambios que la modernidad y la globalización están trayendo.
    Manfeï Obin de Costa de Marfil considera que el cuento africano es el gesto, la canción, la danza, la risa, la música, el mimo. Profundizando un poco más, el cuento es la sabiduría, la cuna del conocimiento, es, en suma, el consciente y el inconsciente de un pueblo. Entiende que los renovadores del cuento son aquellos narradores que han viajado por todo el mundo y que han tenido ocasión de escuchar cuentos de otras culturas, de otros lugares. En el Festival de narración de Costa de Marfil su gente se quedó sorprendida cuando llevaron a cuenteros y narradoras de Europa y de América ¡Ah! –decían- ¿los blancos también cuentan? Durante el debate, a la hora de relacionar música y relato en la tradición africana comentó que en su cultura distinguen cuentos “machos” que se pueden contar sin acompañamiento musical y cuentos “hembras” que siempre precisan este acompañamiento.
    Safiatou Amadou de Níger habló de los cuentos africanos como de un hecho de civilización, una cosmovisión y un arte. La literatura oral está muy viva en África. Y sólo se cuenta por la noche, a la luz de la hoguera. La tradición dice que si cuentas cuentos durante el día te puedes quedar calvo o perderte en la selva o quedarte huérfano. Todas estas penalizaciones están encaminadas a evitar la “ociosidad” porque la gente ama tanto los cuentos que estaría contando y escuchando todo el día. Habló de que este patrimonio cultural está amenazado por la modernidad y sobre todo por los modos culturales importados que imponen cada vez más los medios de comunicación.
    Aziz Amahjour de Marruecos nos ilustró sobre la oralidad en el Magreb. Habló del referente de “Las mil y una noches” y de que los cuentos tienen espacios propios en las ciudades como La plaza de las palabras en Marraketch, que vibra cotidianamente con historias.
    Maria Nsué  de Guinea Ecuatorial se lamentó de que en su país se prohibió a los niños y a las niñas hablar en su propia lengua. La chiquillería dejó de cantar y empezó a olvidar las historias de sus antepasados. La narración oral está herida de muerte y nos participó de su lucha y la de otros escritores e investigadoras por rescatar y mantener viva la oralidad.
    Sambala Kanouté de Guinea Bissau se definía más como músico que como narrador. Su oficio es él de Griot: cuenta y canta historias.
    Kapilolo Mario Mahongo de Sudáfrica comenzó diciéndonos que nuestros oídos le honraban y que había venido a hablar en nombre de toda su gente. Quedan como él pocos bosquimanos sum. Hace 15 años se dio cuenta de que las generaciones jóvenes ya no recibían la tradición y con la ayuda de Marlene Winberg se puso a recoger los cuentos y las canciones  antiguas para que no se olvidaran. Su pueblo ha perdido sus tierras y su cultura a causa de las guerras y de la colonización. Pero no pueden perder sus cuentos, porque un pueblo sin historias es un pueblo sin historia, sin identidad.
    Por si a alguien le quedaba alguna duda, África también cuenta.

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