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    Opinión

    Luz Negra



    Los siete velos de la realidad

    Josu Montero

     

    Porque el lenguaje mismo se empobrecería profundamente si no tuviéramos palabras para hablar del malestar que padecemos. Tenemos que estirar el lenguaje hasta el punto de ruptura a medida que la gente encuentra nuevas maneras de morirse, sintomatologías misteriosas, repentinas”. Ahí está el quid de la obra dramática de Don Delillo (Nueva York, 1936). Bucear en las nuevas formas de malestar del hombre contemporáneo, ponerlas de manifiesto e indagar sus causas. Por eso estas dos obras nos presentan una realidad compuesta por muchas capas, donde reina la incertidumbre. Los personajes se hallan confusos acerca del sentido de las experiencias que están viviendo, y esa desorientación invade también a los espectadores. Surge la perturbadora sensación de que hay una realidad última que se nos escapa. La mirada de Delillo es penetrante, crítica, pero también espeluznante…y divertida. Para él la función del artista es: “Simplemente ver eso que está ahí, por todas partes, tan profundamente enredado en la vida de la gente que no podían verlo”.
    Don Delillo es uno de los novelistas mayores de la narrativa norteamericana actual. Pertenece a la generación inmediatamente posterior a la de los Mailer, Bellow o Updike. “Submundo”, “Cosmópolis”, “Libra” o “Ruido de fondo” son algunas de las novelas en las que el bisturí de Delillo ha diseccionado los males de nuestro civilizado mundo. Las que nos ofrece este libro son las dos únicas obras teatrales que ha escrito: “El cuarto blanco”, de 1986, y “Valparaíso”, de 1999; dos obras muy distintas pero con profundas similitudes.
    Dos pacientes charlan en las camas de su habitación del hospital, llega una enfermera, luego otra, otro paciente, más tarde un médico…Y a partir de una situación común poco a poco se va produciendo un progresivo extrañamiento; vamos percibiendo que las cosas no son lo que parecen, ¿quiénes son esos supuestos enfermos, médicos y enfermeras? “Me interné para ganar tranquilidad. Y todo esto es tan problemático. Tengo miedo”, dice uno de los pacientes. Por lo visto se han colado enfermos del pabellón psiquiátrico -el llamado Cuarto blanco del doctor Arno Klein- y “fingen ser nosotros”. Y aunque los hipotéticamente “reales” necesitan desesperadamente creer en las apariencias, desean certezas simples, eso no parece posible: “La seguridad es parte indivisible del sistema. Pero, a veces, el sistema falla”. Todos estos personajes utilizan además conscientemente las palabras como un escudo contra la nada: “Cada palabra llena un vacío. Basta que hablemos para que el mundo siga girando”, afirma uno. Pero sin embargo advierte otro: “En el Cuarto blanco la más mínima palabra va henchida de peligro”. Es obvio el aire de familia del Delillo dramaturgo con autores del absurdo como Pirandello, Beckett o Stoppard.
    “El cuarto blanco” está lleno de vueltas de tuerca. El segundo acto se desarrolla en la habitación de un motel en la que se van reuniendo unos cuantos personajes que siguen la pista de una misteriosa y huidiza compañía teatral a la que nadie parece poder encontrar, el Teatro Arno Klein, y que jugando al despiste actúa sin previo aviso y en los lugares más insospechados. Delillo ha afirmado que quiso aquí reflexionar acerca del teatro, de la naturaleza de la actuación y de la identidad humana. En una última vuelta de tuerca, justo antes de que caiga el telón, la presencia muda del propio Arno Klein cierra el círculo y arroja luz sobre lo que allí ha sucedido; hospital y motel no han sido sino meros decorados, nunca hemos estado en otro sitio que en el Cuarto blanco. Desde “Rosencrantz y Guildestern han muerto”, de Stoppard, no había leído nada tan potente y hermoso acerca de ese triángulo: Identidad, Teatro, Muerte.
    También dos actos y dos escenarios para “Valparaíso”. Michael Majeski, “un hombre de negocios más”, ha de volar a Valparaíso (Indiana), pero por una serie de azares lo hace a Valparaíso (Chile). Un simple viaje de negocios que se convierte en un metafórico viaje en picado hacia el fondo del mundo, y del ser; la travesía de una persona que equivoca su destino. “Que mi vida es tan poco singular que apenas sé quién soy cuando me veo en el espejo. Que el término mismo: mi vida, es una exageración”, dice Majeski. Y ansía “alguna sombra de relación humana”. Hasta ese momento había sido un hombre vacío, sin identidad, pero los medios de comunicación ponen en primer plano su surrealista viaje: entrevistas a tutiplén, documentales, libro, peli a la vista, exitosa página web,…Las cámaras y los micros llenan ese vacío de Majeski, que adquiere “una cualidad luminosa”, espesor; los cinco minutos de cretina fama le hacen trascenderse. La parafernalia del aparataje tecnológico adquiere centralidad escénica: el fetichismo mediático ejerce su poderosa e hipnótica fascinación y exige la sumisión de Majesky; el mismo poder que ejercía la grandiosidad de la catedral en el hombre del siglo XIII.
    El primer acto es una serie de ocho entrevistas: “Siga hablando, tiene que seguir hablando. No se resista a la cámara. Necesitamos saberlo todo. Necesitamos mostrarlo todo. ¿Qué sucedería si dejáramos de hablar?”. No sólo los detalles de su viaje, también los de su vida privada y más íntima. El escenario lo comparte con su mujer, que pedalea sin parar en una bici estática, y con una gran pantalla en la que ella contempla el nuevo ser mediático de Majesky. Parodia de los medios; pero mucho más que eso. En el segundo acto asistimos en directo al despedazamiento del héroe por parte de dos consumados y mediáticos aprendices de brujo, quienes ponen al descubierto los secretos más oscuros de Majesky, los que se esconde incluso a sí mismo, y le conducen finalmente a la autoinmolación y a la catarsis con la que quiere redimirse en directo de haber sido “en las costuras del ser, nada, nadie”. Un final de tragedia griega con su coro espeluznante de anuncio publicitario. Mucho Delillo.

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