|
|
4º Festival de las Artes de Castilla y León - Salamanca 2008
Los grandes nombres se unen a las nuevas tendencias
Es más que probable que una inmensa mayoría del público salmantino tenga todavía en sus retinas a los artistas llegados del cielo que desembarcaban en la Plaza Mayor encaramados en sus arneses sujetos a unos artilugios que una soberbia grúa los depositaba sobre el escenario con una limpieza rítmica muy significativa. Dos trabajos aéreos marcaron este centro neurálgico popular, Carrillón 3,0 de los italianos de Kitonb, y Do-do Land, de los argentinos Pluja!, dos magnificentes trabajos en donde la música es parte esencial, además del trabajo en el aire de los intérpretes que demuestran ser, además, unos atletas.
Pero desde el cielo donde están los grandes creadores llegaron otras propuestas ni tan majestuosas, ni tan espectaculares, pero con otros componentes para atraer a todo tipo de públicos, porque como reza su propio nombre, todas las artes performativas y musicales tiene cabida en este Festival, aunque nosotros nos referiremos a las que se enmarcan dentro del ámbito del teatro y la danza y sus roces y felices colusiones y ligazones fecundadas y que presenciamos..
Desde Nueva Zelanda llegó una versión de la Tempestad de Shakespeare a cargo de Lemi Ponifasio. Un trabajo con un ritmo interno y unos códigos totalmente ajenos a nuestra convención, pero que mostraban una gran entidad en sus rasgos escénicos básicos.
The Porcelan Project, de los belgas de Need Company, proponen un espacio escénico blanco, con mucha luz, habitado por elementos múltiples de porcelana, que sirven de inspiración y guía dramatúrgica para unas acciones, movimientos y relaciones entre los entes escénicos que empiezan y acaban siempre en su misma esencialidad, sin crear más que sensaciones visuales y sonoras, en ocasiones de una gran plasticidad pero sin logran traspasar su ámbito de relación. Un espectáculo delicado y frágil en su estructura como la propia porcelana.
Petites histories.com que dirige el coreógrafo Kader Attou con la compañía francesa Accrorap es una muestra de la evolución que ha ido siguiendo el hip hop convertido en un lenguaje de danza escénica capaz de contar todo tipo de historias y logrando simbiosis perfectas con otros lenguajes. Este es un espectáculo lleno de frescura y compromiso, donde todos los elementos escénicos, están perfectamente pensados para remarcar las ideas que nos quieren transmitir y que son una denuncia de la vida en los barrios donde este género nació y creció y que ahora, colocado en escenarios convencionales alcanza un valor artístico superior a muchas otras propuestas pos-modernas. Nos pareció un ejemplo de perfecta fusión entre fondo y forma, y una gran interpretación del equipo de bailarines-actores.
Probablemente no era el Teatro Liceo el espacio más adecuado para la propuesta del belga Benjamín Verdonck y su Wewillisvestorm, un trabajo muy primario, un ejercicio de minimalismo, un juego de un adulto con diferentes juguetes creados por su imaginación que cuenta para su puesta en escena con la colaboración de su propio padre y de un músico. Sin ningún interés más allá de la extravagancia, y señalar que trabajos muy similares, pero de mayor entidad dramática hemos visto en estos últimos años en otros festivales y programaciones habituales.
Los también belgas de Zoo/Thomas Hauert, presentaron Accords, un trabajo que se nos asemejó a una improvisación, donde la música funcionaba con autonomía y los bailarines buscaban su lugar en el espacio, se amontonaban, en ocasiones con aparente desordenado orden y otras de manera casual. Costaba identificar con claridad la parte técnica de los bailarines y la expresión artística, pese a que el esfuerzo físico era grande e incontestable.
Una de las grandes ofertas de esta edición era la obra de Ex Machina, Dragon Blue con dirección y actuación de Robert Lepage y debemos confesar nuestra desilusión al comprobar como su gran capacidad narrativa escénica, su aportación indiscutible al teatro moderno con la incorporación de lo material, lo escenográfico como parte fundamental del discurso escénico, se ponía al servicio de una historia sentimental, lineal, con muy poco atractivo, pero, sobre todo, contada de una manera tan naturalista que parecía obra de otro autor. Ni un reproche a su disposición escenográfica, ni a la actuación, ni siquiera al texto, y eso hay que subrayarlo, simplemente, mostrar nuestra incapacidad para entender esta involución en el lenguaje escénico de uno de los grandes creadores de nuestro tiempo.
Nos interesó mucho la historia contada por los también belgas de Berlín y su documental audiovisual Bonanza, que narraba las peripecias de los habitantes de un pueblo norteamericano de siete habitantes con muchos problemas de convivencia aunque nos cuesta entender su vinculación con las artes escénicas más allá de su ubicación espacial.
Hubieron muchas más cosas, en todos los órdenes, señalemos las performances que se ofrecieron el día 3, con dos partes, una realmente impresionante, muy elaborada, con una magnífica concepción espacial y conceptual, mezclando los vídeos con la danza en directo, SKinSITEs de Post Theater y otra realmente primaria, Pour tout l'or du monde, de Oliver Dubois.
Cerca de Bob Wilson
Y de repente apareció Bob Wilson. No estaba anunciado, no tenía ningún espectáculo, pero llegó a Salamanca y se reunió con todo aquel que quiso para contarnos algunos momentos cruciales de su vida y el encuentro con algunas personas que influyeron de manera decisiva en su concepción de las artes escénicas. Previamente se pudo contemplar una película documental que nos hacía un retrato bastante completo del artista, del hombre dedicado a la creación, de su manera de vida, de sus obsesiones y de sus inquietudes.
En el escenario del Teatro Liceo Wilson insistió en algunos de los motivos que coadyuvaron a su idea del mundo y de las artes escénicas, a su lucha interna y su relación con su padre, sus problemas escolares, su paso por un siquiátrico tras un intento de suicidio y el encuentro con dos personas, dos jóvenes, dos niños, uno al que la policía estaba deteniendo con violencia y resulta que no entendía porque sencillamente era sordo. Tras muchas dificultades Wilson consiguió su tutela y se convirtió en su colaborador en escena cosechando grandes éxitos. El otro, un muchacho con problemas cerebrales y de comunicación con el que acabó escribiendo y creando algunos de sus espectáculos más emblemáticos. Y son muchos, como uno que duró siete días, u otro que duraba menos, solamente siete horas, en el que hizo debutar a su abuela con noventa años. Todas estas circunstancias no forman parte de un anecdotario biográfico, sino que en el discurso de Bob Wilson demuestran que para tener una voz propia debe existir algo diferenciador del resto. |
|