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Cursos de Verano de la UPV
Las mujeres y el humor
en las Artes Escénicas
Con este título, coincidiendo con la Feria de Teatro de Donostia, y enmarcado en la programación de los Cursos de Verano de la UPV he tenido el placer de dirigir un curso que se planteaba reflexionar sobre el concepto de humor y sus tipos, introduciendo la variable de género en este análisis.
Allí nos dimos cita alrededor de 60 personas que partíamos de la idea de que el humor es referencial. Parece que lo que nos hace verdaderamente reír tiene que ver con la amplificación, la distorsión o la trasgresión de un referente previo. Las personas no nos reímos de las mismas cosas en función de nuestra cultura, nuestro origen geográfico, nuestra edad, nuestra etnia y religión, nuestra clase social o nivel cultural, y dado que históricamente los universos referenciales en los que nos hemos educado mujeres y hombres han sido muy diferentes, cabría suponer lo evidente. Que el humor también tiene género y que hombres y mujeres, no siempre queremos, podemos o sabemos reírnos de lo mismo.
La ponencia marco corrió a cargo de la antropóloga Teresa del Valle, que sentó las bases teóricas de la pertinencia de considerar el género como una categoría de análisis. Planteó el género visto como un sistema de relaciones sociales que consideraba la práctica y la historia y realizó una interesante aproximación desde esta óptica de género a la estructura que abarca el trabajo, el poder y las emociones.
Lourdes Bedia por su parte nos habló con la chispa que le caracteriza de los tipos y funciones del humor, ilustrando su discurso con chistes y relatos cómicos con diferentes tipos de humor.
La mañana de la primera jornada concluyó con mi propia aportación con la ponencia “Género y humor” donde intentaba introducir la triple vinculación de las mujeres con el humor: las mujeres como objeto de humor, las mujeres como receptoras de humor y las mujeres como creadoras de humor. Mi pretensión era visibilizar las dificultades que creo que existen en el acceso de las mujeres a las artes escénicas en general y a la comicidad en particular. Socializadas históricamente para la sumisión y la domesticidad, el humor se sostiene en la trasgresión de lo prohibido y en la irreverencia, entre otras cosas. Educadas para la “seriedad” de los cuidados, para la responsabilidad, la risa, el placer y el juego nos han sido más vetadas. Por otra parte la presión social para ser canónicamente bellas nos dificulta la búsqueda y la presentación del cuerpo grotesco.
El segundo día, moderadas por el colectivo Medeak, intervinieron Josune Muñoz, directora e investigadora de Skolastika, Elena Laurenzi, filósofa e Isabel Franc, escritora. Josune Muñoz trajo una sugerente investigación sobre el humor gráfico en femenino. Comenzaba planteándose ¿de qué nos reímos las mujeres delante de un papel? ¿Nos reímos de lo mismo en las distintas zonas del planeta? ¿Cómo lo hacemos? Es decir, ¿cuáles de las muchas herramientas para la crítica, la trasgresión, la subversión… que el humor nos ofrece hemos utilizado? Para ello aportó abundante material y propuso su análisis desde tres ejes. La mirada, las historias que se cuentan y el trazo que se utiliza para hacerlo.
Elena Laurenzi hizo una aproximación al humor desde la filosofía y presentó el lastre histórico que ha arrastrado la comicidad, tan poco seria en el mundo de los filósofos. La risa ha sido largamente considerada como un desafío impertinente a la especulación sobre lo verdadero, sobre lo importante cuando no era un pecado, una caída, el exponente de la degradación física y mental. Elena Laurenzi rescató a una extraordinaria pensadora de principios del siglo XX, María Zambrano y sus reflexiones sobre “el clown y la filosofía” a partir de haber visto actuar a Grok, un payaso. María Zambrano confesaba el asombro que le produjo la sonrisa que provocó su actuación. Para ella la sonrisa tiene que ver con el pensamiento, ya que nace de una intimidad que se comparte con el público y compara al payaso con el filósofo pues ambos inician su acto de pensar retirándose, alejándose de la circunstancia inmediata. Toman distancia del equívoco y del drama. Bucean en la duda como en un estado de gracia. Payaso y filósofo se mueven a la búsqueda de lo que no está al alcance de la vista. María Zambrano interpreta el gesto del payaso como un gesto filosófico que encarna la verdad, la libertad, el espíritu y la trascendencia. Hacer reír es un acto de compasión, es ofrecer una pausa, un tiempo de libertad al público prisionero en tanto que ser humano de un tiempo cadena y condena. La risa se revelaría entonces como una forma de conocimiento.
El abordaje de Isabel Franc fue desde la literatura y su exposición fue tanto más hilarante en la medida que se reía de ella misma, especialmente de su vivencia como creadora de humor desde la literatura lésbica. Ella reflexionó sobre algunos de los aspectos físicos, psíquicos y sociales que intervienen en el humor. En el aspecto físico habría que destacar la intervención de las hormonas e Isabel Franc rindió un sincero tributo a las endorfinas, una especie de opiáceos segregados por el cerebro, con altos poderes analgésicos. En el terreno psicológico lo cómico sería todo aquello que nos ayuda a liberarnos de miedos y preocupaciones creados por la mente. El humor sería una estrategia para escapar del temor y del sufrimiento. Un componente imprescindible para sobrevivir. Un viaje hacia la autoaceptación. En lo social el humor sería una organización afectiva puramente subjetiva, algo que puede convertirse en una crítica contundente a todas las cosas de la vida, evidenciando lo ridículo que hay en ellas. En su opinión las mujeres no hemos sido tradicionalmente educadas para el humor, porque el humor ha de tener algo de descarado, trasgresor, provocador y sin prejuicios y estas características no son las que se le presupone a lo femenino; lo femenino es recatado, cerrado, obediente y discreto. Y si a las mujeres se nos ha vetado el derecho al humor, históricamente a las mujeres lesbianas se les ha relegado casi exclusivamente a la tragedia. Colectivo minoritario, estigmatizado y marginado hasta la invisibilidad, su existencia, de ser reconocida, viene marcada por el drama. Para hacer humor, partiendo del panorama trágico del que procede, la comicidad en femenino precisa de otra mirada. En la construcción del gag se parte de una forma diferente de ver la realidad en la que se le da la vuelta. El humor no deja de ser una buena estrategia narrativa. A través de ella, se introducen datos, se explica la realidad, se hace reflexionar y se planta (incluso germina) la semilla del deseado cambio social.
La 3ª jornada contó con la moderación de Ana Pérez, actriz y payasa con una dilatada trayectoria como creadora de humor y los contenidos de este día orbitaron sobre las mujeres cómicas en el cine y en la televisión. En primer lugar, Carmen Urruela, del grupo feminista Simona de Beauvoir que organiza todos los años en Bilbao un Festival de cine realizado por mujeres nos habló de la pasión que su colectivo siente por el cine y de su preocupación por dar a conocer las producciones fílmicas de mujeres, que a menudo se encuentran alejadas del circuito comercial. Los criterios de selección de las realizadoras invitadas en cada certamen tienen que ver con la creatividad y la originalidad y se desprende de su experiencia programática que muchas de las producciones son un cine muy duro, que cuenta dramas terribles. Apuntó que históricamente las mujeres ignoradas o silenciadas que entraron en la creación cinematográfica lo hicieron a través de la queja. Aunque ella cree que las mujeres creadoras se lamentan menos ahora que hace unos años, el humor sigue siendo aún una asignatura pendiente. Rescató a algunas creadoras, prácticamente desconocidas que hicieran humor aunque ella distinguía entre el humor y la comedia como género. El humor parece consistir en reírse de cosas que maldita la gracia que tienen. En una recopilación cinematográfica de la historia del cine que se titula 100 comedias, no había ni una sola mujer. En su opinión las mujeres y los hombres no nos reímos siempre de las mismas cosas, porque no siempre compartimos los mismos referentes. Le parecía que es vital reírnos de nosotras mismas y a nuestra manera, también en el cine. Y apostaba por hacerlo con una perspectiva feminista ya que el feminismo fue la primera corriente filosófica que “sospechó” de la cultura y el humor se nutre de este poner en cuestión lo “natural”. Se mostraba muy enfadada con el hecho de que el cine realizado por mujeres fuera considerado como cine “para mujeres”. Es como considerar que el cine realizado por mujeres es un género en sí mismo. Las realizadoras no quieren saber nada de este gueto, de este club donde la crítica masculina se empeña en meterlas.
Natalia Martín presentó un completísimo y desesperanzador estudio de las mujeres cómicas en televisión. La parrilla televisiva no está para el humor en femenino. Destacó el gran poder comunicativo que tienen los mensajes humorísticos en el medio televisivo, en los programas y en las series de entretenimiento, ya que muestran y configuran una manera de entender las relaciones humanas, en concreto, las relaciones entre hombres y mujeres. El humor crea límites entre lo permitido y lo prohibido, entre lo excluido y lo integrado, lo correcto y lo incorrecto. Nos reprograma en pautas de conducta discriminatorias pero también puede reconstruir estereotipos de género que generan realidades de injusticia social. Natalia Martín revisó en términos cuantitativos y cualitativos, desagregados por sexo, los programas y las series de actualidad categorizadas como de humor en el medio televisivo. Anotó las ausencias y las presencias y también dónde estábamos las mujeres cuando estábamos y haciendo qué. Dentro de un panorama extraordinariamente androcéntrico, cuando no claramente misógino, pudimos ver algunas propuestas de humor emergentes señaladas como buenas prácticas, que abordaban los aspectos referidos a la condición de las mujeres atendiendo a sus situaciones y necesidades.
En la mesa redonda sobre estereotipos femeninos en el cine y la televisión de humor, contamos con los testimonios vitales, muy conmovedores, de Ana Pérez, Aizpea Goenaga e Iñake Irastorza, que compartieron con el público asistente la falta de referentes o el desconocimiento de los pocos que existen en cuanto al humor femenino en los medios, experiencias profesionales donde se habían sentido agraviadas en su dignidad de mu-
jeres, trayectorias vitales y familiares que parecían conducirles exclusivamente al melodrama y sus itinerarios de disidencia ética y estética.
La última mañana estuvo dedicada al escenario teatral. Arantza Iurre y Aintza Uriarte compartieron la investigación que están llevando a cabo desde el año 2005 para visibilizar la presencia de las mujeres creadoras en las artes escénicas en Euskadi. Han realizado ya dos encuentros con este tema, con la intención de sensibilizar a artistas y gente que programa sobre la desigualdad reinante y sobre la obligación por ley de introducir medidas correctoras donde la paridad constituya un criterio cultural.
Maite Bartolomé, programadora cultural del Ayuntamiento de Bilbao, con una amplia trayectoria en el servicio municipal de la Mujer de Bilbao desde donde impulsó programaciones de espectáculos creados por mujeres, introdujo reflexiones muy interesantes en cuanto a como han ido evolucionando los criterios de programación en los últimos 20 años. Ella consideraba que como gestora de cultura debía aspirar a programar para toda la ciudadanía y que en la medida que el teatro constituye una representación del imaginario colectivo, la importancia no sólo de programar espectáculos creados, dirigidos o interpretados por mujeres sino de dar cabida también a espectáculos creados desde una óptica feminista, que ofrezcan pautas de cambio social. Para lo cual el humor es una estrategia de primera magnitud. Tanto ella como Isabel Franc y Natalia Martín insistían en que el lenguaje no es inocente, expresa y representa el mundo y las producciones escénicas trabajan utilizando diferentes lenguajes.
Contamos también con el testimonio vital de Pepa Plana, payasa de reconocido prestigio a nivel internacional, directora artística del Festival Internacional de Payasas de Andorra que nos participó de sus inicios en el teatro trágico, luego de su andadura en la comedia y finalmente de su pasión por la payasa, por el teatro de máscara. Nos confesó sus dudas y angustias como creadora y el placer de jugar y de reírse de sí y rescató una genealogía de mujeres artistas que le sirvieron de ejemplo y la empujaron en esta trayectoria personal y profesional.
Todas las conferencias de las cuatro mañanas del curso acabaron con las clownclusiones a cargo de diferentes payasas y payasos del grupo de teatro Oihulari Klown que improvisaron una especie de relatoría humorística sobre los referentes previos.
Por las tardes se ofreció un taller de clown a la búsqueda de la propia comicidad, que se ofrecía segregado, dos de las tardes, las mujeres por un lado y los hombres por otro buscarían cómo desactivar las censuras habituales de cada género. La última tarde jugaríamos todas las personas asistentes juntas. Como sólo se apuntaron al curso 3 hombres, aunque el curso era abierto, el curso segregado de hombres no pudo realizarse, pero fueron invitados a improvisar la última tarde y su experiencia fue según su propio testimonio muy reveladora. La educación que hemos recibido tanto unas como otros nos castra, aunque sea de forma diferente, y limita nuestras posibilidades expresivas y nuestra capacidad de reírnos de nuestras propias autoimpor-
tancias. En cuanto al taller de las mujeres, macronumeroso, tal y como ya nos consta por experiencias previas, fue un canto a la sensualidad. Al no haber hombres parece que la sospecha de ser putas si nos jugábamos sexis se desactivaba. Se jugó desde las tetas y desde la pelvis, desde la dificultad para existir y la vulnerabilidad para encontrar un lugar en el espacio público de la escena. Y también hubo luminosas conquistas del placer y del juego. Muchas de nosotras exiliadas tempranamente de la infancia para un sinfín de tareas y de responsabilidades domésticas jugamos como si nos fuera la vida en ello. Y es que a las mujeres nos va la vida en este juego de aprender a reírnos de nosotras mismas. El curso fue un placer y un lujo desde el principio hasta el final. Una ocasión para aprender, para divertirnos, para reconocernos en las otras tan iguales y tan diversas y para empoderarnos desde y en este cuerpo de mujeres, porque sólo podemos reír desde este cuerpo que somos y sólo podemos hacer humor desde este cuerpo largamente colonizado por una cultura patriarcal hegemónica en la que ni siquiera se reconocen las nuevas masculinidades emergentes, que no nos deja ser y en consecuencia nos inhabilita para reírnos de quienes creemos que somos.
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