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Gente de palabra: Antonio López
“Nada tendría sentido si no aprendía a manejar la palabra como lo había visto hacer”
Al principio de todo supongo que nací, aunque no me acuerdo ni tengo fotos. Más tarde fui niño, y era un niño zarrapastroso, flaco, y con el pelo que parecía cortado con una piedra afilada. De eso sí me acuerdo y tengo fotos. Cuando crecí un poco más me hice agricultor y cultivaba tomates y rosas. Después hice de zapatero, de diseñador para publicidad gráfica, delineante de edificios y obras, panadero, y por fin.... contador de historias.
Si viviera en un lugar donde los niños no tuvieran que comer hubiera preferido ser panadero, pero nuestros niños tienen de todo para comer y nadie que les cuente historias porque sus padres tienen poco tiempo y los amigos escasean. Por eso yo ahora soy de profesión amigo y contador de historias. Pero cuando sea más grande yo también quiero que me salgan mariposas y pompas de jabón por la voca. Dentro de las pompas estarán los cuentos que quiero contar y las mariposas harán cosquillas a quien escuche, y el mundo será más bonito y los seres humanos terminarán siendo humanos, y... y... y también me gusta soñar.
¿Qué es contar para ti?
Desde que conocí la experiencia de escuchar narrar historias o cuentos por primera vez, hace ya unos diecinueve años, narrar se convirtió en una necesidad. Me surgió una disyuntiva que fue sencilla de resolver; o contaba o me reventaba. Y entonces conté. Desde entonces no es sólo una profesión, sino me atrevería a decir que es una forma de vida. No podría desligarla de lo que soy. He crecido y madurado a través de este oficio y arte, y sin él no sería quien soy.
¿Cuánto tiempo llevas contando profesionalmente? ¿Cómo fue que comenzaste?
Llevo cerca de dieciocho años contando de manera profesional y exclusiva. No fue más que conocer el movimiento moderno de narradores y abandonar todo para dedicarme a la narración. Empecé a contar dedicándole todo el tiempo desde el principio. Recuerdo que el comienzo fue un enamoramiento en toda regla. El planteamiento fue claro. Asistí como espectador a escuchar cuentos en el primer Festival de Cuentos de Agüimes, y me impactó tanto la experiencia que me planteé que nada tendría sentido a partir de entonces si no aprendía a manejar la palabra como lo había visto hacer por aquellos días. Abandoné todo lo que estaba haciendo y me puse en camino. Desde entonces en él estoy.
¿Un narrador nace o se hace?
Es evidente que el narrador nace con unas cualidades innatas que lo impulsan, porque si yo llego a nacer con cuatro patas, dos orejas enormes y una tendencia natural al rebuzno, hay burros que tocan la flauta, si, pero no he oído jamás de ninguno que rebuznara cuentos. Si creo que el que nace con esas cualidades, debe terminar por hacerse.
?¿Es posible formarse para contar? ¿Cómo debería ser esa formación?
A pesar de la ayuda que puedas recibir del exterior a través de cursos específicos de formación en distintos apartados, el proceso de formación y crecimiento de un narrador es infinito y completamente personal e intransferible. Creo que el narrador debe tener conocimientos del proceso histórico de la herramienta que utiliza, debe dedicar tiempo de estudio al cuento y a la evolución del cuento, debe formarse también en técnicas para dominar el espacio escénico en el que se va a desenvolver, y debe también dedicar especial cuidado a la formación humana. El narrador de cuentos debe tener la aspiración seria y constante a la sabiduría.
¿Para quién prefieres contar?
Cuento para todo tipo de público y con cualquier edad porque disfruto con ellos de maneras distintas. Lo que no te da una edad, te lo da la otra, y todas me resultan indispensables. Lamento no manejar otra lengua que el español precisamente por la limitación que te impone para llegar al encuentro con más gentes.
¿Qué tipo de historias prefieres contar?
En la actualidad los cuentos que viven conmigo son en su mayoría de mi propia autoría, pero me encanta la tradición oral y siempre llevo alguno en el repertorio. De vez en cuando también algún cuento literario me toca en la puerta y se queda por un tiempo, pero son minoría siempre.
¿Cuál es la "cocina" de tus historias? ¿Cómo te preparas o preparas la historia para contarla?
Cada cuento tiene su proceso individual y misterioso. En ocasiones el proceso se acorta y es casi inmediato, pero lo realmente frecuente es que estés rumiando durante mucho tiempo una historia, y un buen día, por sí sólo se escapa de la boca. No suelo trabajar con textos. Después del proceso de maduración, un día, quien sabe si tomando un café, se la cuentas a alguien cercano, y esa es la versión que después va al taller de ensayo.
¿Cuales son para ti las condiciones ideales para contar?
El momento perfecto para contar sería aquel en el que público se sentara a escuchar por que lo ha elegido libremente, en un espacio íntimo y sin ruidos en el que cuantos más seamos mejor, y si es posible, que no tengamos que usar megafonía. Pero esto es una ilusa ilusión.
Contar ¿arte, tradición, terapia, instrumento pedagógico...?
Contar cuentos es un arte tan antiguo como el propio ser humano. Y se mantiene por sí solo como arte porque es inherente al ser humano cualquiera que sea su edad, su raza o su cultura. Necesitamos escuchar cuentos. Lo demás es todo utilizar el arte como herramienta, que es perfectamente lícito e incluso aconsejable. Pero no debemos confundir el uso al que se destina con la definición de la narración, y narrar es un arte: el primero que creó el ser humano.
Contar con aliados (música, dibujos, títeres, objetos...)
Si no molesta al cuento, soy partidario de enriquecer con posibilidades escénicas.
¿Cómo ves este oficio de vivir del cuento en la actualidad?
Está en un momento fabuloso. Continúa creciendo el número de narradores, se publican más cuentos que nunca, siguen apareciendo encuentros y festivales nuevos y creo que va a continuar siendo así por mucho tiempo. Además, estoy ilusionado porque presiento que los narradores que pertenecen al movimiento moderno de narración han llegado a un momento de madurez en el que empiezan a tener la necesidad de razonar que ha ocurrido en los últimos veinte años y eso es bueno a la hora de teorizar. Soy bastante optimista.
¿Cuál es tu relación con el Festival de oralidad de Agüimes?
El Festival de Agüimes fue mi primera referencia. Soy hijo o producto de este festival. Durante años fue el único foco de perfeccionamiento y de contacto con el exterior en todo el archipiélago canario. Pero es que además el festival trasciende a lo personal, ya que estoy casado con la muchacha que vendía las entradas en taquilla para entrar, de forma que cada año, cuando se da el pistoletazo de salida, la vinculación sentimental provoca emociones fuertes.
Háblanos del proyecto Labrantes de la Palabra.
Pertenecer al proyecto Labrantes de la Palabra me llena de orgullo. Ellos son un grupo numeroso de personas mayores que cuentan desde hace ocho años. Y la relación con ellos me da más de lo que yo entrego. Envejecer es obligatorio, pero crecer es completamente voluntario. Pues imagina tener un grupo de abuelos que han elegido seguir creciendo y que te permitan participar de lo que hacen. Es un privilegio.
Como gremio, ¿cuáles serían nuestras prioridades en tu opinión?
La visión optimista que tengo sobre el buen momento que vive la narración en la actualidad, tiene que ver con la actitud y madurez generalizada de los narradores profesionales. Cada vez hay una mayor conciencia gremial, que nos impulsa a encontrarnos con la excusa de solucionar problemas comunes. Es la narración la que se va ha veneficiar de estos encuentros porque encontramos maneras de protegerla y de aumentar la estima y el respeto por este arte. Creo que mejorar la comunicación entre los narradores y alimentar y potenciar una visión gremial es ahora mismo la principal prioridad.
Anécdotas de cuentero...
Una anécdota que me resultó trascendental me ocurrió en los comienzos como narrador y fue realmente traumática porque me sucedió encima del escenario, y provocó que me quedara completamente en blanco y no supiera como reaccionar. Estaba contándole a un público adulto en una sala con unos trescientos espectadores un recuerdo de la infancia. Contaba la primera vez que me había enamorado y yo tenía diez añitos. Ella era mi profesora, y di todo lujo de detalles sobre lo que siente un niño de diez años que está enamorado. La describí físicamente, conté lo que me gustaba de ella, compartí con el público presente hasta lo más íntimo. Finalmente conté que en una fiesta de navidad en la que jugamos al juego del amigo invisible, le regale a la maestra un pañuelo oliendo a perfume que le había robado previamente a mi padre, y en el momento más poético de la historia, describí el pañuelo de seda con elefantes agarrándose de la trompa…pues bien…fue describir el pañuelo, y una señora mayor que estaba entre el público se puso en pié mientras gritaba ¡Mi niño! ¡Yo soy tu maestra! ¡Todavía tengo el pañuelo!. Era ella y se había reconocido. El público comenzó a aplaudir y a reír emocionado, mientras yo sufría y me quedaba en blanco, sin capacidad para reaccionar en el momento. Aprendí desde entonces que cuando se cuentan acontecimientos reales, hay que cuidar la información que se da.
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