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XIX Festival Internacional de Narración Oral - Cuenta con Agüimes
La palabra colocada a la altura del acto amoroso y pasional
De nuevo Agüimes nos proporcionó una de esas ocasiones en donde se cruzan en la misma sesión dos maneras singulares y complementarias de entender el acto de comunicación a través de la palabra, la narración oral, con más o menos trama, con artificios o simplemente desnuda de toda otra misión que la de convertirse en un instrumento capaz de crear imágenes, sensaciones, emociones o sentimientos.
La verbalidad entendida en su más majestuosa acepción, pero colocadas todas sus posibilidades al servicio del acto más puro, complejo por su misma sencillez, atractivo por el alcance de su vocación, colocado en el terreno de lo inmediato, como es la narración para contar, decir, arropar, acariciar, subvertir, contradecir, subliminar, provocar o simplemente acompañar a los que escuchan por los caminos deslindados de toda otra funcionalidad que la de hacer tiempo y espacio con una masa tan químicamente controvertida como son las letras que forman palabras que forman frases, y en donde la sintaxis, o el complemento más directo: el silencio, nos elevan a otra tentación intangible: la inteligencia, la complicidad y la solidaridad.
Esa sesión de la que hablo es la que juntó a Christian Atanasiu, un alemán de origen rumano y griego, afincado en Catalunya que ha hecho de la corporalidad de las letras y las palabras un monumento al sarcasmo, al dadaísmo, a la comunicación oral de manera corporal, física. Las palabras encadenadas, las palabras libertarias, las palabras salteadas o abrasadas, pero siempre palabras que llegan frescas, que se inventan a sí mismas.
Tras él, Félix Albo, otra tradición, otra actitud, otro tono, colorido mediterráneo, lo oral como fruta huertana, la ironía como abono para cualquier cultivo de narraciones que se van expresando recurriendo al “yayo” (abuelo), que nos van dibujando un mundo que existió, bastante más ingenuo y humano que el que ahora vivimos, pero que siendo en la casi totalidad de sus cuentos historias trágicas, introduce la mirada sarcástica, el teflón aislante de toda sentimentalidad como es un humor cirujano, una posibilidad de convertir al narrador en un médium instrumentalizado por el autor, porque existe un texto, asumido, metabolizado en una narración y contado a la manera sencilla para que sea más efectiva, para que escuchemos, nos emocionemos y sintamos los olores a pan tostado, a ajo restregado, a aceite verdoso como aliño de unas bellas, tristes, emocionantes historias inolvidables.
Habíamos visto antes a Maísa Marbán, brava, entregada, con muchos matices, colocada ella en primer término como avanzadilla de sus propias experiencias, contando vicisitudes, cuentos de la tradición, recogiendo voces de un arcano reconocible, haciendo declaraciones de principios contundentes, planteando muy bien las historias, pero tendiendo a una precipitación en sus fases finales, lo que le hace perder alguna efectividad, pero manteniendo siempre una buena comunicación y un uso del idioma florido resaltable.
A la cubana Mayra Navarro la vimos contando para niños y niñas y cerrando a la edición de este año. En ambos casos destaca su presencia escénica, su posición espacial, cómo marca espacios, y la manera en la que va desgranando sus cuentos, sus historias, siempre con una calma que en ocasiones parece vocación didáctica, aunque después descubrimos que se trata de una degustación calmosa de cada palabra, de cada imagen, de todas las posibilidades de amarrar en un guiño todo el misterio, logrando una excelente transmisión de sus energías hacia la platea y el rebote de las mismas para hacer conjuntamente algunos de los pasajes de sus contadas, sus juegos, sus alambicadas historias más textuales y literarias. Es la majestuosidad escénica, la narradora que se encarama conjuntamente con la actriz, que sabe trasvasar las claves entre ambas, que logra captar la atención a base de un constante acto de amor oral.
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