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¿Un tercer lenguaje para
el Teatro?
Sombra.- Oiga, maestro: ¿Habrán despertado algún interés sus artículos sobre la prosa (y el verso, claro) en estas páginas en los actores y los directores de teatro?
Sastre.- Eso no sé.
Sombra.- Parece un poco escéptico; lo digo por el tonillo con el que ha dicho su respuesta más que por sus palabras en sí. (Reflexiva) ¡Que si la prosa, que si el verso...! Y eso ahora que se estiman tan poco la prosa o el verso que algunos de ustedes escriben, cuando buena parte de los espectáculos que se hacen en los teatros se fabrican sobre “guiones”, descuidadamente “escriboteados” (perdone esta palabra pero yo la he leído en alguna parte), o sin guiones previos (sobre “improvisaciones”), y cuando se trabaja sobre obras dramáticas se cometen las más irrespetuosas chapuzas. ¿Y a quién le va a interesar lo que sea o deje de ser la prosa o el verso y sus relaciones con las hablas corrientes? ¿O estoy equivocada?
Sastre.- No diría yo equivocada, pero algo exagerada sí eres. Es cierto que pasó la época de lo que se llamaba “autores consagrados”, que es una especie desaparecida después de un prolongado proceso de extinción. Pero también es cierto que se sigue escribiendo mucho y muy bien para el teatro, aunque luego generalmente esas obras no se pongan en los teatros, y se refugien en ediciones, como las de Hiru, porque, como dicen los compañeros de la AAT, “el teatro también se lee”. Hay muchas obras que siguen esa suerte del silencio, o sea, esa desventura, y ahora no me estoy refiriendo a las mías. El teatro va por un lado y la literatura dramática por otro, salvo algunas excepciones.
Sombra.- Pero a mí estos artículos sí me han hecho pensar.
Sastre.- En realidad los has pensado tú conmigo. ¿Qué sería de mí sin mi sombrilla?
Sombra.- (Ríe) No, yo sólo soy su sombra, aunque a veces, eso sí, una sombra asombrada. (Pausa) Prosa y verso, dice usted. ¿Es que no hay otras formas de escribir artísticamente? ¿Sólo la prosa y el verso?
Sastre.- (Con cierto misterio) ¡Acaso haya tres!
Sombra.- (Aunque lo sabe) ¿Y cómo es eso?
Sastre.- ¿Tú cómo dirías que se expresan los personajes de Thomas Bernhard, o, entre nosotros, los de ese maestro ignorado que es Vladimir García Morales? (ver en Hiru).
Sombra.- (Muy segura) En “renglones” que no llegan a ser versos pero que ya no son prosa.
Sastre.- (Asiente) O que han dejado de ser prosa pero todavía no son versos, al menos, propiamente dichos.
Sombra.- ¿Y eso no es lo que antes llamaban “versos libres”?
Sastre.- No, creo que no. Los versos libres son versos, por muy libres que sean. No riman (o incluso riman... libremente), pero hacen todo lo demás que es propio de los versos, sus medidas y sus ritmos.
Sombra.- ¿Entonces? Yo le he oído hablar en otra ocasión de una “prosa versiculada”; pero aún le pregunto cómo se come eso. Seré anticuada pero creo que en la literatura se escribe en prosa o en verso, y que no hay nada más.
Sastre.- Pero también hay esa especie de tercer lenguaje que es, digamos, prosa en verso.
Sombra.- (Aventura) O verso en prosa, ¿no?
Sastre.- Sí.
Sombra.- (Ahora más pensativa) ¿Un tercer lenguaje, dice usted? ¿Y cómo es eso?
Sastre.- Ese es un tema muy complicado, y lo planteó muy bien un colega árabe –cuyo nombre no recuerdo ahora– que trató de definir el lenguaje en el que tendrían que escribir los autores teatrales y, en consecuencia, hablar sus actores, interpretar sus personajes, en los países de expresión árabe, dada la situación lingüística, en la que hay una lengua literaria y distintas, diferentes, hablas locales y populares. ¿Cómo y para quién escribir obras teatrales, por ejemplo un autor egipcio? ¿En árabe culto que haría comprensibles sus obras en una gran extensión geográfica pero sólo para ciertas minorías de esos países, e inaccesibles para las mayorías populares de todos esos países? ¿O bien en el lenguaje popular de su propio país, y entonces las obras serían inaccesibles, o, al menos, muy difíciles para los públicos populares de los demás países, a cuyos lenguajes habría que traducirlas? La solución habría que buscarla, para este colega, en el uso de un tercer lenguaje? ¿Pero es posible tal cosa? ¿Cómo hacerlo? Yo he planteado esta cuestión de un “tercer lenguaje” en este sentido: que los personajes de mis obras hablen lejos de las arritmias, la zafiedad y la vulgaridad de las hablas corrientes, y así mismo distante de las bellezas –metafóricas o no– de la “gran poesía”.
Sombra.- A esa literatura es a la que usted llama “oratura”, que es, para usted, según suele decir, la literatura propia del teatro, o sea, una literatura –¡sí, una literatura y no una mera copia de la vulgaridad!– pero para ser “dicha”, aunque también sea agradable leerla, no solamente posible como lo es –cuando lo es– la de los guiones, tan sólo destinados a su realización escénica o cinematográfica.
Sastre.- Efectivamente, “el teatro también se lee”, pero no sólo porque se pueda o se deje leer sino porque el teatro es también literatura.
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