Alfonso Sastre
Sombra.- Oiga, jefe, usted no disimule; que le han puesto una medalla el otro día aquí, en nuestro pueblo. Aunque la hayan traído de fuera, se la han puesto en Hondarribia, y con honores municipales.
Sastre.- ¿Y por qué voy a disimular? ¡Yo, encantado de la vida con mi medalla! ¿Que por qué? Porque es un acontecimiento agradable, y lo que nos sobran, en este nuestro como en otros oficios, son los acontecimientos desagradables.
Sombra.- A ver si es que se está haciendo usted un conformista.
Sastre.- Bueno, eso siempre lo he sido; y además creo que todo el mundo lo es.
Sombra.- (Sorprendida) ¿Conformista con lo que hay? ¿Y los revolucionarios también son conformistas?
Sastre.- ¡Claro! Los pocos que no lo son ‘se cuelgan de un pino’, como decía Rubén Darío, y a mí me repugna hasta la idea de colgarme de un pino ni de cualquier otro árbol. Sobre este tema ya me reí un poco escribiendo aquella obrita Alfonso Sastre se suicida, no sé si te acuerdas.
Sombra.- Sí, porque yo también me reí un rato.
Sastre.- Sí, claro que sí; yo soy conformista. Lo único que me pasa es que no estoy de acuerdo.
Sombra.- ¿En qué quedamos? ¿Está conforme o no está de acuerdo? No puede ser las dos cosas. O mucho me equivoco o eso es una paradoja, a no ser que sea una tontería o una broma.
Sastre.- La realidad está llena de paradojas. Allí donde deja de haber paradojas aparece la muerte. ¡Vivan, pues, las paradojas! ¡Viva Oscar Wilde!
Sombra.- Por eso no se preocupe. Usted mismo es una paradoja.
Sastre.- Sí que lo soy. Por ejemplo, me parecen una tontería los premios literarios, y me pongo muy contento si me dan uno. (Reflexivo:) Aquí no ha sido un premio. Ha sido una medalla. Y no cualquier medalla. ¡Una medalla del CELCIT, nada menos!
Sombra.- ¿Tan importante es eso del CELCIT?
Sastre.- (Afirmativo) ¿Y sabes por qué? Pues es tan importante porque no es nada.
Sombra.- ¡Otra paradoja! Me va usted a matar a paradojas. ¿Por qué es tan estupenda?
Sastre.- Porque trabaja por un teatro que recupere su importancia social y poética, y porque ahora está cumpliendo su trigésimo quinto aniversario.
Sombra.- A todo esto, ¿qué quiere decir CELCIT?
Sastre.- Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral. Luis Molina es su creador, un gran peregrino del mejor teatro en el mundo. Un combatiente por un teatro liberado tanto del viejo mercantilismo como del nuevo burocratismo, que tiene ideas muy claras y ha estado siempre al lado de la belleza en el arte y de la justicia en la sociedad. ¡Hurra por Luis Molina!
Sombra.- (Contagiada por su entusiasmo) ¡Hurra! (Lo piensa mejor) Bueno, no sé por qué he expresado tanto entusiasmo.
Sastre.- Has estado muy bien, sombrita.
Sombra.- Entonces vale: Bravo y Hurra. ¿Y en qué están ustedes tan de acuerdo, si es que es posible saberse?
Sastre.- Él dice con otras palabras lo que yo expreso siempre cuando hablo de la necesidad de que haya grupos que caminen hacia alguna parte, o sea, lejos de esta indiferencia mortal, en la que el teatro que se hace –¡y se hace mucho!– es una actividad errática, al servicio de la repulsiva ‘industria del entretenimiento’ de origen y esencia estadounidenses. El teatro, en sus grandes momentos, o en los mejores sin llegar a ser grandes, fue un factor importante –más o menos, sí– de la vida social. En los teatros ocurrían cosas que tenían resonancia en la vida de las gentes. Hoy, sin embargo, haciéndose más teatro que nunca –otra paradoja– en los escenarios no ocurre absolutamente nada que sea relevante en algún sentido, ni poético ni político. Bueno, sí; en ellos unas personas lucen sus talentos y se ganan la vida haciendo eso. Pues bien, el CELCIT trabaja por que el teatro vaya –¡otra cosa es que llegue o no– a alguna parte. Claro está que para eso el público tiene que resucitar.
Sombra.- ¿Es que está muerto? No me diga. ¿Esos públicos que van, son fantasmas?
Sastre.- (Afirmativo) Lo hemos matado. Bueno, yo creo que está dormido. Lo que le dan se lo traga y le da igual; y el CELCIT, que yo sepa, lucha por ese gran despertar. Mira, Sombra, la verdad es que –volviendo a lo de las medallas y los premios– hay medallas y premios buenos y malos, y no podemos olvidarnos de que en sus orígenes griegos, que culminaron en un gran resplandor que todavía nos ilumina, el teatro tuvo mucho que ver con la institución de los certámenes anuales.
Sombra.- Eso no lo ha dicho otras veces.
Sastre.- No siempre se va a decir todo. Pero es de recordar sobre ese comienzo ilustre, que el primer concurso dramático fue creado por un tal Pisístrato y lo ganó nada menos que Tespis (por algo el teatro se ha llamado el Carro de Tespis), y que ello ocurrió, en el año 534 antes de Cristo, con una de sus tragedias perdidas.
Sombra.- Ya hace algunos años de eso. Yo no había nacido. (Ríen. Pausa) ¿Sabe lo que pienso? Que hoy ha dicho usted ‘Sí’ en este ‘Rincón del No’.
Sastre.- (Sencillamente) Sí, sí... Pero un sí que es un no, siguiendo mi buena costumbre dialéctica.
Sombra.- (Suspira) O sea, otra paradoja.
Sastre.- ¿Y qué quieres que le haga si soy así?